Críticas: La venganza del hombre muerto

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El sabor amargo de la venganza.

Victor (Colin Farrell) pertenece a una banda liderada por un gangster latino llamado Alphonse que se dedica a especular con edificios, y que está recibiendo amenazas anónimas de un asesino que está matando uno por uno a los miembros de su banda. Mientras Alphonse busca a su enemigo en bandas rivales, Victor comienza a salir con una vecina a la que simplemente conoce de verla a través de la ventana y con la que comparte un secreto y una sed de venganza que les une irremediablemente.

Parecería que con una sinopsis como la de La venganza del hombre muerto nos vamos a encontrar con una película cargada de tópicos sobre la rivalidad entre gangsters o el “chico con problemas conoce a chica con problemas y los dos forman un problema mayor”, y aunque en algunos momentos se sucedan clichés de ese tipo, el director danés Niels Arden Oplev imprime a la película una atmósfera cargada y oscura que dota a la ciudad de Nueva York, donde transcurre la trama, de un color distinto al que estamos acostumbrados a verla como escenario de conspiraciones mafiosas, en el que se respira el olor de la venganza de los protagonistas, y lo cuenta con tal agilidad que no nos da tiempo a pensar en las situaciones o personajes que forman parte del habitual conjunto de tópicos del cine negro.

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Como ya hiciera en su personal adaptación de la novela de Stieg Larsson Millenium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres, Oplev repite no sólo esa inquietud que flota en el ambiente de La venganza del hombre muerto, si no que nos vuelve a presentar unos personajes con una frialdad emocional que en esta ocasión no casan demasiado bien con la historia que nos cuenta. Ese es el principal problema de La venganza del hombre muerto, por desgracia, ni Colin Farrell, que lleva todo el peso de la película, ni Noomi Rapace consiguen que el espectador empatice con sus respectivas ansias de venganza por las desgracias sufridas, tan solo nos conmueven de manera un tanto superficial cuando ambos muestran signos de flaqueza ante sus misiones. Aun con recuerdos del pasado que le mueven a planear su venganza en forma de videos caseros, Farrell no varía el semblante en todo el metraje, salvo en una escena donde se le escapa un intento de sonrisa, con su interpretación del atormentado Laszlo, nombre real de Victor…sí…Victor Laszlo, exacto. He intentado rebuscar en mi memoria para descubrir alguna similitud entre ambos personajes que revele algún tipo de homenaje, pero no lo he conseguido. Noomi Rapace por su parte tiene en sus manos un personaje especialmente interesante al que desaprovecha casi por completo llegando en algunos momentos a resultar grotesco y forzado, me inclino a creer que por exigencias de un guión un tanto deficiente en ese aspecto más que por la propia interpretación de Rapace o la dirección de Oplev, quien supo sacar de ella a un personaje tan inquietante y perturbador como Lisbeth Salander.

Mención aparte merece el reparto de secundarios más dispar de los últimos años, entre los que se encuentran F. Murray Abraham, la musa de Chabrol Isabelle Huppert o el otrora rey del mambo y actualmente carne de telefilmes Armand Assante, pero que entre todos ellos consiguen que la narración de La venganza del hombre muerto fluya de manera más convincente de lo que lo hace con la pareja protagonista.

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A pesar de ciertos planos demasiadas veces vistos en el cine negro actual, desde títulos como Drive o The Town hasta esa escena final al más puro estilo Tarantino, tanto la estética como el ritmo de un argumento que no decae ni incurre en giros incoherentes de guión, hacen de La venganza del hombre muerto una película que, si bien no será considerada de culto como aquellas precisamente por su falta de originalidad en el desarrollo de los personajes, sí cumple con creces con su objetivo de entretener y mantener la tensión al mismo tiempo que hace reflexionar sobre la venganza y la redención.

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