Críticas: 360 – Juego de destinos

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“En un bosque se bifurcaron dos caminos, y yo… yo tomé el menos transitado. Eso marcó la diferencia” – Robert Lee Frost.

La afición de Fernando Meirelles de llevar a la gran pantalla adaptaciones de obras literarias vuelve de nuevo a tomar forma en su nueva película, 360 – Juego de destinos. En esta ocasión, Meirelles toma como referencia La Ronda de Arthur Schitzler, que ya fuera adaptada para el cine en 1950 a cargo de Max Ophüls. Situada en Austria a principios del siglo XX, La Ronda consta de diez piezas de un solo acto en las que aparece una pareja de amantes pero uno de sus miembros se repite en la escena siguiente, de tal forma que la última esté protagonizada por el otro miembro de la pareja inicial, cerrando así el círculo metafórico de la vida y las relaciones, donde todo acaba en el mismo punto de partida desde el que empezó.

Son muchas las películas que han tomado la premisa de La Ronda de crear una historia a partir de otras paralelas que acaban convergiendo en uno o varios puntos sin por ello perder la esencia de cada una de ellas. No es por ello difícil ver en 360 – Juego de destinos inspiración de obras como la magnífica Vidas cruzadas de Robert Altman, de Babel de González Iñárritu por aquello de la multiculturalidad y el estar rodada en varios países e idiomas, o incluso de Love Actually en cuanto a que las historias de la película de Meirelles giran en torno a las relaciones de pareja.

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Sin embargo, hay una clara diferencia entre 360 – Juego de destinos y las anteriormente mencionadas, y es que, a pesar de que a nivel narrativo Fernando Meirelles sabe darle la agilidad precisa sin por ello renunciar a la estética elegante a la que nos tiene acostumbrados, no profundiza en las historias y sobre todo en sus personajes y los presenta como meros vehículos narrativos carentes de emoción. El hecho de tener entre manos una película coral, no implica que no se puedan crear personajes intensos y perdurables en la memoria a pesar de su corto espacio de tiempo o su poca importancia en la misma, pero en 360 – Juego de destinos ningún personaje y ninguna interpretación destaca por encima de otra, aun contando en el reparto con actores de la talla de Anthony Hopkins, Jude Law o Rachel Weisz. Da la impresión de que el hecho de incluir actores de renombre como estos, sea más fruto de concesiones de coproducción para la comercialidad de la película que para el desarrollo de la misma.

La idea que subyace en la película de que cada persona que te encuentres en el camino de la vida te puede llevar a una bifurcación y a una decisión que confluya en una consecuencia inesperada pero que irremediablemente está destinada a girar esos 360 grados para volver una y otra vez al mismo punto en el que todo empieza, comienza en 360 – Juego de destinos de una manera muy potente, con una primera presentación de Blanka (Lucia Siposová) una joven eslovaca que cruza todos los días la frontera con Austria para prostituirse en busca de un golpe de suerte que le haga toparse con un cliente rico, pero que en su lugar y sin pretenderlo, provoca que un comercial inglés a quien da vida Jude Law tenga que tomar una decisión profesional que cambiará su proyecto de vida. Si bien esta primera historia hace que nos metamos de lleno en la película, el corte que da paso a las siguientes se hace de manera un tanto radical que origina que el resto de tramas vaya decayendo, no sólo por el escaso interés de las mismas que únicamente vuelve a incrementarse con la última en la que volvemos a seguir a Blanka, sino también en la conclusión de cada una de ellas que acaban siendo insustanciales e insatisfactorias.

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Hay un momento en la película en la que un personaje le dice a otro algo así como “para poder avanzar, primero tienes que decidir qué quieres olvidar”. Por desgracia Meirelles se ha olvidado de dotar a 360 – Juego de destinos de un interés más allá del envoltorio en el que tiene metidos a sus personajes y situaciones, que no acaban por tener la identidad propia que se les exige en este tipo de películas. Entretenida e interpretativamente correcta sí, pero vacía.

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