Cannes 2013 (V)

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Michael Douglas se perfila como favorito al premio a mejor interpretación en Behind the Candelabra.

Como siempre en esta cobertura queremos iros descubriendo poco a poco pequeños secretos de todo lo que complementa al Festival, hoy os hablaremos de las salas de prensa, casilleros, etc. Hay dos grandes espacios para los medios en el Palais, uno con ordenadores puestos por el propio Festival y que casi siempre está lleno, además resulta un incordio porque los teclados franceses impiden muchas veces la redacción rápida que se precisa, la conexión, eso sí, es muy rápida. La segunda sala, también llamada Café Wifi, tiene varias mesas y sofás bastante cómodos para escribir nuestras crónicas, la organización te cede una clave personal que a través de la red de Orange en el Palais te permite la comunicación, también puedes tomar cafés, refrescos o agua invitado por la organización (bollo no hay, tragones). Lo malo que tiene esta sala es su reducido tamaño en función con el número de medios acreditados que hace que muchas veces tengamos que sentarnos por el suelo pero, oigan, conocer gente se conoce.

Behind-the-Candelabra

Steven Soderbergh, ese extraño tipo cuyo cine transpira frialdad y alejamiento de las criaturas que ha creado, que alterna productos muy comerciales con otros fervorosamente personales y heterogéneos y que posee cierta facilidad para anunciar su retirada del mundo de la realización fílmica cada poco tiempo presentaba lo que, a priori, es su última película, Behind the Candelabra, un biopic del pianista Liberace, una crónica del ocaso de la utopía sexual de los 70 vencidos por la castradora llegada del SIDA, una reivindicación de la estética glam y una recuperación del mejor Michael Douglas que le sitúa entre los favoritos para llevarse el premio a la mejor actuación masculina gracias a su composición de un Liberace para el cual todo el universo era un objeto que manejar o regalar. Puede que Behind the Candelabra siga el camino ya marcado por Boogie nights y otras cintas similares pero en un mundo donde los biopics adocenados son la norma, se agradece todo aquello que se atreve a ir un poco más lejos. Y Steven, deja de montar pollos y haz más pelis, hombre.

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Hoy teníamos triple de sesión de Sección Oficial a concurso y si seguís con cierta frecuencia las crónicas de esta web habréis comprobado que tendemos más a destacar aquellas películas que nos interesan que a recrearnos en el castigo de las fallidas pero cuando en la lista importante se cuela una cinta como Un château en Italie, dirigida por Valerie Bruni-Tedeschi tan pagada de sí misma, tan diletante en su insoportable esnobismo aristócrata, tan tercamente alejada de la realidad, es casi una obligación situarla en el lugar que se merece. Si hay un componente de autocrítica o al menos de fascinación visual en las recreaciones priápicas de nuestros adinerados amigos nos parece bien que las realicen, si no que se vayan al cuerno. Soy tan insensible que vender un cuadro por tres millones de euros no me parece una tragedia, vaya por Dios. Esperemos que Valerie siga contándonos sus dramas en una nueva película, le propongo como tema aquella vez que una inoportuna tormenta de nieve le impidió disfrutar de su cabaña en St. Moritz o cuando se rompió una uña jugando al squash, un Monte Olimpo del dolor y la conmoción, o sea ¿vale?

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El trío de la Sección Oficial lo completaba GriGris, dirigida por el chadiano Mahamat-Saleh Haroun. En ella se cuenta la historia de un muchacho de ese nombre cuya obsesión por el baile se verá dificultada por las realidades propias del país africano. Sin cargar mucho las tintas en las miserias del país, es decir, sin convertirse en una crónica social al uso, el film sí deja ver indirectamente las trabas para llevar una vida digna y más siendo una especie de paria poco apto para labores tangentes con la legalidad. El predecible tono naif de GriGris no hace más que funcionar como un tolerable barniz de verismo, lo que en otra película resultaría molesto aquí parece adecuado y es que estamos convencidos que las necesidades en esta sociedad son tan primarias como podría esperarse: comida, un techo, amor. Sacudidos por esta corriente que nos pone en contacto con la realidad, olvidamos los defectos (que existen) de GriGris y le otorgamos un notable en el cual no interviene la condescendencia occidental, o eso nos parece.

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