Cannes 2013 (III)

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CAH Borgman

El equipo de Borgman, la sorpresa agradable del día.

Seguimos aprovechando este repaso diario a lo mejor que hemos visto en Cannes 2013 para desvelar algún que otro aspecto del Festival, hoy toca hablar de las salas, de la mastodóntica del Gran Teatro Lumiere, donde gozamos de nuestros pases mañaneros, para luego ceder paso al glamour de las tardes en la pequeña Sala Bazin, donde sufrimos con más frecuencia de la deseada la maldición de los “badges” amarillos (otro día hablaremos de los badges, prometido). Si uno se da un paseo por la Croisette llegará al JW Marriott y al Miramar, sedes de la Quincena de los realizadores y de la Semana de la Crítica respectivamente ¿y si consideramos todas las pequeñas salas de proyección del Marche du film o las de Cannes La Bocca? ¿Habría más de 100 películas proyectándose al mismo tiempo en toda la ciudad? No me parece una cifra descabellada, háganse una idea.

CAH Borgman

Pues ya os decimos que el Lumiere es el hogar de nuestros pases mañaneros y hoy era el turno de Borgman, dirigida por el holandés Alex Van Warmerdam y trata de… bueno, en realidad el argumento es demasiado disparatado para que les dé detalles y no piensen que el café que nos dan en la sala de prensa viene aliñado con psicotrópicos. El caso es subvertir los pilares burgueses, algo tan frecuente en el arte como casi la propia idea de arte, por no remontarnos demasiado en el tiempo piensen en Lanthimos o en Ozon, cierto es que en el film holandés las tintas se cargan de manera aún más mordaz y “epatar” se transforma en “patear”, bello cambalache conseguido gracias a la transmutación de una sola letra. Jardines saqueados y piscinas vaciadas por una suerte de druidas surgidos de la propia tierra, una moral propia no coincidente con los preceptos judeocristianos y mucha diversión cruel asegurada, ésos son los ingredientes que maneja Van Warmerdam. Yo compro.

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Por la tarde tocaba triada de campos de concentración y similares relatos sobre lo cruel de la naturaleza humana, un viaje al genocidio tan atractivo en su propuesta como variado en su origen y resultado. La primera parte de la trilogía sufriente era la filipina Death March y como hemos venido a esta ciudad con la sana intención de prestar más atención a lo hermoso que a lo detestable no vamos a detenernos mucho tiempo en esta especie de Teo va al campo de concentración que es el film filipino, entendemos que su tufo naïf es algo en parte buscado ya desde esos decorados de cartón piedra o ese agua de pvc pero llega un punto en que categorizar con un trazo tan grueso provoca más risas que cualquier otro sentimiento y eso, hablando de una película en la que se cuentan hechos tan dramáticos como la marcha de los soldados norteamericanos y filipinos tras rendirse a los japoneses en la península de Bataan, justo al inicio de la guerra en el Pacífico, resulta lamentable. Del peripatético plantel actoral o de los chistes de pedos (true fact) que se intercalan entre lamentos en reproducción continua les hablaré otro día. Bueno, mejor no.

CAH L'image manquante

Aprovechando el comentario de la segunda película que conformaba este especial genocidio en Cannes, déjenme que les haga un pequeño inciso sobre las ovaciones en este certamen. Está el aplauso de “voy a quedar bien con el director que tengo al lado”, generalmente esta salutación dura un minuto escaso, el tiempo preciso para que alguien deje de aplaudir y todos puedan imitarle sin temor a ser acusados de poca educación. Luego está el más prolongado en el tiempo que tiene lugar cuando buena parte del equipo, las amistades o la familia forman parte del público presente en la sala, ya imaginarán que ambos, los aplausos y los allegados son directamente proporcionales. Por último está el aplauso sincero, el que tiene su génesis en la emoción que se transmite como una corriente eléctrica entre los que asistimos al viejo ritual de las imágenes proyectadas en una sala a oscuras y éste, sí, es el caso de L’image manquante del director camboyano Rithy Panh, un relato en primera persona del terrible periodo de los khmeres rojos. Cruce de caminos del cine animado, el documental de archivo y la elegía doliente de los que ya no están, L’image manquante transmite con veracidad y lirismo la anatomía misma del corazón de las tinieblas. Extraer el aliento poético de lo más oscuro de nuestra naturaleza, algo que muy pocos consiguen, Rithy Panh lo hace y también el autor con el que cerramos la jornada y del que les hablamos a continuación.

CAH Le dernier des injustes

En el arte y en la vida hay veces que una obra de un creador determinado adquiere tal relieve que el resto de sus criaturas palidecen ante su luz, algo así pasa con Claude Lanzmann, director de una de las creaciones documentales más relevantes de la historia del Siglo XX, Shoah, un fascinante compendio de los dolorosos recuerdos de víctimas y verdugos supervivientes al holocausto judío durante la II Guerra. Lanzmann, venerable anciano ahora pero siempre con ese brillo de fiscal en su mirada, presentaba El último de los injustos, una especie de spin off de Shoah centrándose en la figura de Benjamin Murmelstein, llamativo y contradictorio personaje, último mandatario judío del ghetto de Theresienstadt, escaparate nazi ante el mundo del trato supuestamente humano que se le otorgaba a la raza hebrea. Murmelstein, atrapado entre la Escila de favorecer la propaganda nazi o la Caribdis del exterminio total, se nos presenta como un hombre esclavo de su época pero firme en sus convicciones que raramente se permite a si mismo ceder ante el peso del recuerdo. Si la película de Panh conquistaba desde lo emocional, la de Lanzmann lo hace desde lo intelectual, en ambos casos el resultado roza el sobresaliente.

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