Festival de Málaga: Día III

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CAH Hijo de Caín portada

La idiosincrasia del Festival de Cine de Málaga no es perfecta. Nada es perfecto, pero la incoherencia puebla muchas de sus acciones. A todos los niveles, pero especialmente la organización. Cuando el presidente de los productores a nivel nacional, Pedro Pérez, hablaba sobre la caída de las recaudaciones en el cine respecto al año pasado, dos colas había en las taquillas del festival: una en la ventana de punto de venta con apenas un par de personas, otra en la ventana para canjear invitaciones que casi invadía otra calle. Esclarecedor.

CAH Diamantes negros

Pero centrándonos en el cuerpo del artículo (el cine) el tercer día volvió a presentar dos propuestas antagonistas. La primera de ellas fue Diamantes negros, del realizador Miguel Alcantud. Cinta social que relata con fidelidad casi documental la mafia que rodea el tráfico de jóvenes futbolistas africanos entre sus país de origen y Europa. El lado turbio del negocio del balompié, ese que todos los aficionados conocemos pero a ninguno le importa en pos de un espectáculo que mueve millones. La cinta se mantiene sin florituras pero no va más allá. Quizás el asunto que más discusión merezca sea si este tipo de historias es mejor tratarlas como una ficción o como un documental. El material de documentación empleado para construir era suficiente. Ya sólo con el testimonio de Alassane Diakite, maliense que padeció en sus carnes el tráfico humano, hubiera bastado para tirar del hilo. Es cierto que por el camino, tanto Real Madrid como Barcelona rehusaron a colaborar con información, pero no fue esa la razón que arrojó Alcantud, alegando que la ficción tiene más repercusión. Uno no deja de ser mal pensado y pensar que el documental puede tener repercusión e incluso recorrido económico (ahí está Searching for Sugar Men) pero entonces, puede que ni Willy Toledo ni Carlos Bardem (Intereconomía y La Razón se están frotando las manos) hubieran tenido cabida en este largo. Queda claro que Alcantud quiere mostrar la situación crítica de los chicos pero de ahí a que no reciban ayuda por parte de nadie, se antoja un poco decorosa a favor del drama. La conclusión se divide en dos caminos: uno demasiado cruel para ser cierto y otro peligrosamente idealista.

La otra cinta era una de las más esperadas del festival. Hijo de Caín, adaptación de la novela Querido Caín, con una premisa más que interesante y la presencia de José Coronado que daba el espaldarazo definitivo. Una familia de clase alta presenta desde el primer segundo un conflicto irreconciliable entre el padre y el hijo adolescente. Coronado y David Solans. A raíz de ello, entra en juego un psicólogo que conecta con el problemático niño a través del ajedrez, la pasión de ambos. “Una jugada maestra” era el lema promocional pero al acabar uno ve más movimientos erróneos que maestros.

CAH Hijo de Caín

Los dos primeros tercios de la película entretienen a pesar de que la parte psicológica, que parecía ser pieza clave de la obra, se limita a un puzzle y una adivinanza. Ningún reto para la audiencia en 60 minutos. El resto es todo ajedrez. No un ajedrez aburrido por supuesto, si no del que se enseña en academias ocultas al más puro estilo Kung Fú. Sobre el psicólogo (interpretado por Julio Manrique) podemos ver de primera mano que como no halla la respuesta al problema del crío, lo entretiene jugando al ajedrez. A lo que hay que sumar un pasado amoroso que no viene al cuento pero busca expandir la trama, mientras Nico sigue jodiendo a su padre a base de bien. Pero esas ligeras faltas no son nada con el supuesto giro de la historia. El planteamiento es erróneo cuando pretendes ofrecer un falso final, que la gente se lo crea y luego lo flipen con la conclusión, cuando restan 40 minutos de cinta. Sabes que algo más va a pasar. Y no sólo no sorprende el (evidente) giro, si no que plantea un tercer acto cimentado en el absurdo, donde un torneo de ajedrez es más importante que acudir a la policía a emitir una denuncia. Todo lo que ocurre no deja de ser un intento de conmover. Me sabe mal por las expectativas de lo que el público iba a tener en frente, pero la película de Jesús Monllao Plana, que presume de maestría, no alcanza a hacer ni un enroque.

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