Críticas: Un été brûlant (Un verano ardiente)

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La primera película de Philippe Garrel que se estrena comercialmente en España vuelve a girar la vista hacia las relaciones de pareja, el fracaso amoroso y un contexto metacinematográfico marcadamente autobiográfico.

Frédéric (Louis Garrel), un joven pintor, muere en lo que parece ser un accidente de coche. A partir de su desaparición, la voz en off de Paul (Jérôme Robart), un esforzado actor que vive de sus trabajos como extra, da comienzo a un relato que va a viajar hacia el pasado. A cómo Paul se enamoró de Élisabeth (Céline Sallette), una extra como él; a cómo conoció a Frédéric, y a la temporada que la pareja pasó en la casa del pintor en Roma junto a la bella esposa de este, Angèle (Monica Bellucci).

Entre las primeras imágenes del último trabajo de Philippe Garrel (a la vez final del relato) un poderoso plano general del cuerpo desnudo de Angèle (una frágil y espléndida Monica Bellucci) tumbada sobre una cama de sábanas azules, buscando a alguien con el brazo, recordándonos a la Brigitte Bardot de la gordiana El Desprecio (Le Mépris, Jean Luc-Godard, 1963), se intercala entre el primer plano de Fréderic conduciendo a toda velocidad mientras las lágrimas recorren sus mejillas. La materialización en imagen del mapa emocional interno del atormentado pintor nos revela un estado mental y las causas que van a llevar a ese personaje a empotrar su coche contra un árbol. Es una imagen onírica, idealizada, de la mujer con la que acaba de romper una relación y de la cual todavía se siente profundamente enamorado. La obsesión por su figura, el fracaso amoroso, la fugacidad del amor y la imagen platónica de la mujer que se dibujan en este prólogo, configuran algunas de las constantes del cine de un director hasta ahora invisible en los circuitos comerciales de este país. Entrar en el cine de Philippe Garrel es entrar en un cine de espejos, de dobles juegos, alteres egos y transmutaciones. El profundo carácter autobiográfico de su cine, la puerta abierta de par en par hacia la intimidad de sus pensamientos, inquietudes y obsesiones, lleva al autor a difuminar la frontera entre realidad y ficción, usando a su propio entorno familiar como reflejo propio. Louis Garrel, hijo del director, como el alter ego de su padre; las diferentes mujeres que han pasado por la vida del director, protagonistas de su cine, como los fantasmas que han llenado de amor y desamor la experiencia vital del autor; Maurice Garrel, su padre, como catalizador de la memoria histórica… La fragilidad del ser humano, la mujer como musa en el intento por capturar la belleza (acentuado aquí por la materialización pictórica en los cuadros de Fréderic) y el cine, siempre el cine, ocupando todos los rincones de la vida como acto de exorcismo existencial. El arte y el amor. El cine y la vida.

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Apostando por un curioso uso del color en contra del blanco y negro habitual, Un Été Brûlant recupera, como gran parte de su filmografía, cierta idea en la pureza del cine con una puesta en escena austera y tras sus imágenes de ecos bressonianos parece latir cierta reflexión sobre la representación. En una de las secuencias más hermosas y melancólicas de la película, Fréderic parte hacia los estudios Cinecittà donde Angèle, que acaba de dejarlo por un director de cine, está protagonizando el papel de actriz principal en una nueva película. Allí, en medio de la ilusión del decorado de la televisiva Roma de John Milius o unos renqueantes restos del Five Points de Gangs of New York que empequeñecen a un personaje sumido en un tormento interior, la fatalidad empieza a trazar su camino de no retorno. Incluso en una película narrativa como la que nos ocupa, más anclada a una estructura dramática convencional (aquí circular), el juego con lo experimental sigue cobrando especial importancia, ya sea por un deja vú teatral o un uso de la música que parece diseccionar los recursos del melodrama. La fragilidad del amor, siempre amenazante en su efecto contagio (y que,  en la actitud de Élisabeth ante su relación con Paul una vez tiene lugar la ruptura de Angéle con Fréderic, parece construir dos visiones en torno a la relación amorosa con la vertiente trágica en una y la vertiente platónica de la salvación y nueva oportunidad en la otra), las consecuencias de la ruptura con todo lo que ello arrastra o la constante presencia de una memoria histórica que pesa como una losa sobre una generación post-Mayo 68 a la deriva, tan llena de contradicciones, parece apuntar a un envoltorio melodramático que, sin embargo, pocas veces deja salir a la superficie una intensidad que suele mantenerse en la interioridad. Por esa misma razón la última película de Philippe Garrel, emocionalmente soterrada, puede aparecer como un trabajo de carácter hermético para aquellos/as que descubran la obra de su máximo responsable a través de su última película. Algo que será habitual por ser la primera vez que la obra de su autor aterriza comercialmente en las pantallas españolas.

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Resulta casi imperdonable que un autor de las características e importancia de Garrel haya permanecido en la invisibilidad durante tantos años. Y aunque la visibilidad ya ha dejado de estar reñida a los tradicionales canales de exhibición, una sala de cine, la liturgia colectiva que la rodea o el mayor alcance que ofrece sigue y seguirá siendo su medio natural. Sin embargo la casualidad (o la fatalidad, en el caso que nos ocupa) del estreno de Un Été Brûlant y la celebración por el arrojo en la decisión de dar resonancia a su autor en un contexto de crisis política, económica y social, prácticamente el mismo día que se conoce el más que posible cierre de su distribuidora en España, Alta Films (la principal exhibidora nacional de cine de autor), podría hacer que el primer Garrel que vemos en una sala de cine fuera de circuitos festivaleros y filmotecas, sea también el último. Esperemos que no.

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