Críticas: Efectos secundarios

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¿Film de denuncia médica o thriller desbocado?

Cuando su marido sale de prisión después de cumplir cuatro años por traficar con información confidencial, Emily vuelve a recaer en una depresión anteriormente superada. Después de un fallido intento de suicidio, el psiquiatra que la atiende en el hospital, Jonathan Banks, se hace cargo de su caso, recetándole un nuevo medicamento antidepresivo con graves efectos secundarios.

Dichos efectos son la base de una película que en su primera mitad se desarrolla como un drama social, ahondando en lo terrible de una enfermedad, como es la depresión, que en la mayoría de los casos sus síntomas solamente pueden paliarse mediante medicación. Pero lo que empieza como una historia sobre la depresión clínica y las formas de afrontarla, pasando por el papel devastador que juegan las compañías farmacéuticas en su carrera por vender a costa de la salud de los pacientes, deriva en un thriller policiaco tópico y efectista que termina por desconcertar al espectador, y convertir una gran idea en un desatino inverosímil.

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Presentada en el pasado Festival de Berlín, la última película del prolífico e irregular Steven Soderbergh, se desinfla con un guión firmado por su colaborador en El soplón y Contagio, Scott Z. Burns, que durante la primera hora se presenta fascinante y turbador y que de repente gira en un efecto de suspense ilógico y con recursos más que manidos en el cine con este tipo de “sorpresas”, que no hace sino echar por tierra el interesante argumento que hasta ese momento tenía lugar. No consiguen remontar la atención sobre la historia ni la buena dirección y fotografía de Soderbergh, y ni tan siquiera las interpretaciones de un reparto que a priori debería aportar mucho más a ella.

Cabe destacar entre todas la gran interpretación de una Rooney Mara en el papel de la depresiva Emily, muy distinta de cómo la vimos en la versión estadounidense de Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres. Mara nos regala una Emily etérea, frágil e inquietante, cargando sobre sus espaldas con prácticamente todo el peso de Efectos secundarios, compartido con un Jude Law impecable mientras ejerce de psiquiatra ambicioso, más preocupado por ganar dinero recetando medicamentos que por los efectos que éstos puedan producir en quien los toma, pero que resulta demasiado desquiciado y disperso cuando juega a ser investigador privado.

El resto del reparto sucumbe ante Mara y Law, dejando a Channing Tatum como simple comparsa y a Catherine Zeta-Jones defendiendo un personaje que raya en lo ridículo tanto por lo absurdo de su premisa como por la propia interpretación de Zeta-Jones en algunos momentos.

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A falta del estreno en el próximo Festival de Cannes de la película que Soderbergh ha rodado para la cadena de televisión HBO, Behind the Candelabra, Efectos secundarios podría haber sido la gran película con la que el director se despidiera de la gran pantalla, puesto que, según sus propias palabras, pretende retirarse de la dirección no sabemos si para siempre, pero por desgracia se queda en un mero thriller sólo apto para amantes de los giros inesperados y de los finales felices, pero no para quienes esperan sorprenderse de verdad con un guión interesante y original.

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