Atlántida Film Fest: The House I Live In

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La guerra contra las drogas según Eugene Jarecki.

La sociedad estadounidense acostumbra a señalar el consumo de estupefacientes como una de sus grandes lacras. Pero la realidad indica que lo que es un problema de salud pública se tiende a considerar un delito penal, y la guerra contra las drogas ha supuesto, desde los tiempos en los que Richard Nixon la usó como reclamo electoral, la utilización de toda la maquinaria legal y policial a su alcance para detener a los supuestos causantes de un problema que nunca ha interesado atajar de raíz y con el que sólo se ha obrado, de forma brutal y excesiva, sobre los síntomas.

Es la tesis que defiende The House I Live In, documental que Eugene Jarecki –hermano de Andrew, que alcanzó una gran repercusión en 2003 con Capturing the Friedmans– estructura a partir de las memorias personales de Nannie Jeter, trabajadora afroamericana con la que convivió durante su infancia y cuya existencia ha quedado marcada a fuego por los estragos de la droga en su familia. La historia personal de Nannie es una excusa para explorar la situación de inmensa desigualdad de la que parten los más desfavorecidos en el sistema establecido, cuya exclusión provoca la creación de economías subterráneas surgidas a causa de un aislamiento que genera la necesidad de ganar dinero ilegalmente ante la imposibilidad de conseguir un trabajo.

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Jarecki se sirve de su propia narración y de las magistrales aportaciones de entrevistados como David Simon –guionista de la serie The Wire y antiguo periodista de sucesos en Baltimore– para examinar en profundidad un sistema penal y legal que parece justificarse a sí mismo con la existencia de la guerra contra las drogas, auténtica persecución hacia unas minorías que soportan la losa de leyes infernales creadoras de un círculo vicioso del que las generaciones posteriores tienen complicado huir –1’7 millones de niños estadounidenses tienen un padre en prisión, circunstancia que multiplica las probabilidades de caer en las redes del narcotráfico–. Un problema que también posee tintes racistas, ya que parece existir más preocupación por encerrar a los culpables dentro de la comunidad afroamericana, a la que pertenecen la inmensa mayoría de los relacionados con este tipo de delitos, y que nace emparentado con la persecución que sufrieron en el pasado los chinos por el consumo de opio o los mexicanos por la marihuana. Lacras sociales asociadas a una minoría percibida como amenazante para el orden económico, que además justifican esa necesidad casi enfermiza de focalizar al enemigo, como demuestra la apabullante desigualdad penal entre el consumo de crack –asociado a los negros de los ghettos– y el de cocaína –propio además de blancos con poder económico–.

Pero The House I Live In no se conforma con apuntar las causas de esta lacra y profundiza en todas ellas, poniendo también en tela de juicio un sistema de prisiones de gestión mayoritariamente privada que dificulta enormemente la reinserción y necesita llenar las cárceles de presos. Resulta esclarecedor que Estados Unidos sea el país que más encarcela del mundo: con tan sólo el 5% de la población global cuenta con uno de cada cuatro prisioneros en el planeta, medio millón de ellos encarcelados por delitos relacionados con las drogas.

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Las imágenes de archivo y los testimonios son elocuentes, no necesitando recurrir a las socorridas pantallas con datos impactantes más que en contadas ocasiones. Se trata de un trabajo riguroso y excelentemente documentado, sólo frustrado por su excesiva duración y exagerada reiteración en aspectos suficientemente claros desde un magistral inicio. Supone un acercamiento más que interesante a una cuestión arrastrada durante décadas y en la que apenas se han notado vagos signos de cambio en los últimos años. Un problema percibido por buena parte de los propios estadounidenses como algo ajeno, localizado en México o Colombia, y por el que sin embargo sufren millones de familias en el país. Como sentencia Marnie al final de la película: “No entiendo la guerra contra las drogas, sólo que extraño a mi hijo”.

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