Atlántida Film Fest: Sonidos de barrio

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Ruido blanco en la clase media brasileña.

En nuestra vida diaria percibimos a través de los sentidos todo estímulo que nos rodea. En lo referente al cine, sólo contamos con dos de ellos (por ahora): lo “audio” y lo “visual”. Sobre lo audible, existe un fenómeno llamado ruido blanco que, de forma muy resumida, consiste en una señal aleatoria de audio con todas las frecuencias y a la misma potencia. Es lo que escuchamos cuando, por ejemplo, se va la señal de televisión. El ruido blanco puede incluso llegar a ser útil como relajante, pero acabaría integrándose en nuestras vidas poco a poco, invisible, imperceptible, contemplando las miserias del día a día en la clase media sin que nos percatásemos. Reflejar ese día a día en el marco del Brasil actual es el objetivo de Kleber Mendoça Filho en Sonidos de barrio.

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Partiendo con una visión claramente social, Mendoça contrapone viejas fotografías de la vida en las favelas con una urbanización modelo que se erige en medio de la pobreza. Un reducto de la clase media brasileña, un grupo que aún crece con paso lento. A partir de ese momento, el realizador comienza un drama coral con tres puntas no necesariamente representativas: la soledad de la ama de casa, la vacuidad del soltero de oro y, un elemento menos habitual, el vigilante de seguridad. Todas las historias convergen y tocan diferentes puntos dentro de las viviendas acentuando una cosa: el aislamiento. Cada uno de ellos habita un mundo en el que, a pesar de estar continuamente acompañados y protegidos, se muestran inseguros y solos.

La edición de sonido torna más esencial si cabe como hilo conductor que turba a los personajes. Ruidos con los que vivimos las 24 horas, como el ladrido de un perro, presentados de una manera capaz de desquiciar al más paciente y la escasa presencia de diálogos acentúan esa decisión. Técnicamente, abunda la presencia del zoom in, como para indicar al espectador que se fije, que si entrecierra sus ojos y contempla la escena verá realmente qué grotesca y vacía de significado es su existencia y qué ridícula es la obsesión por la seguridad, idea que se muestra de forma tosca e innecesaria en los minutos finales. La trama del soltero es una vuelta atrás, con nostalgia, a esa infancia que desaparece con el avance de las nuevas edificaciones. Como si la memoria se fuera borrando entre comodidades y la humanidad se pierde para caer en la intrascendencia que mismamente se muestra. Más acertado es el retrato del aislamiento en la ama de casa, que incluye las dos secuencias más impactantes de la cinta, dando una nueva finalidad a los electrodomésticos como complemento (e incluso sustitutos) del vicio y el placer. Una deformada visión de los avances para hacernos la vida “más fácil”.

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La propuesta de Mendoça es demasiado irregular debido al engranaje coral que no gira. Como todo ruido blanco, al cabo del tiempo nos hemos acostumbrado a él y la única sensación que nos transmite es la del tedio, justo antes de desaparecer delante de nuestras narices. Es ahí cuando nos damos cuenta de que la cinta se acaba y que realmente no ha logrado removernos en nuestros asientos tanto como esperábamos. De cualquier forma, el cuidado empleo del sonido así como una fotografía más que digna hacen de esta cinta una película que merezca la pena y que hacen pensar en un director con potencial para engrasar la maquinaria y revolvernos en nuestras butacas de la manera más dolorosa posible: colocándonos frente al espejo.

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