Atlántida Film Fest: Post tenebras lux

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Carlos Reygadas sitúa la cámara a la altura de los ojos de los niños y ensaya, de ese modo, una manera distinta de mirar.

La secuencia inicial es pura vida: una niña pequeña (la propia hija del director) corretea entre los perros, los caballos y las vacas. La cámara se suma a la coreografía. Oscurece. La escena es misteriosa, extraña e inquietante: un rayo anuncia la tormenta. Sólo por ese arranque ya merece la pena ver la cinta.

Después, irrumpe Lucifer (demonio rojo y digital) en una casa. Lleva una caja de herramientas. En este caso, la idea es superior a la factura.

Hay quien advertirá en la cinta ecos de El espejo, de Tarkovski. Yo, salvando las distancias, la veo más cercana a El árbol de la vida. No es descabellado pensar en Carlos Reygadas como en un Terrence Malick mejicano.

Las escenas –veinticinco en total– se suceden en un orden de apariencia no lineal mientras la historia avanza a base de emociones. Los episodios parecen inconexos –una sesión de alcohólicos anónimos, la charla motivadora antes de un partido, celebraciones, una orgía…– pero el hilo de las sensaciones mantiene la tensión. Desconocemos si algunos episodios son imaginarios o reales. Tampoco se puede establecer exactamente su cronología. Post tenebras lux es cine de intuiciones. La narración avanza como a tientas, sin un guión de líneas rígidas. En este tipo de películas, el riesgo está en perder el hilo emocional. En mi opinión, visto desde el fin, lo que se cuenta es comprensible.

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No todas las escenas se sienten con igual intensidad pero se intuye gran implicación por parte de Reygadas: los bloques de emoción se antojan genuinos (sus hijos, el conocimiento de su tierra, sus vivencias personales con el rugby…). Dos episodios clave marcan, para mí, lo irregular del resultado. La agonía de Juan no acaba de alcanzar las cotas de emoción que pretendía. La canción, desafinada hasta lo bufo, no llega a funcionar. Sin embargo, la elipsis posterior (Reygadas deja en el lecho al moribundo y salta a una partida de ajedrez) resulta magistral: la muerte queda suspendida en el vacío.

La otra escena clave es la autodecapitación. Una escena valiente que, aderezada por el crujido y la caída de los árboles, nos pone un nudo en la garganta.

En la fiesta de la abuela rica, se nos muestra un mundo pijo, artificial; banal y fofo. Qué contraste con los pobres que viven en el campo. La película nos ofrece, como telón de fondo de la historia, un retrato preciso y acertado de las diferentes castas mejicanas. La familia protagonista proviene de la urbe y se retira a lo rural, en un intento de acercarse a la naturaleza. Pero mantiene todas las comodidades y permanece, en cierto modo, entre dos aguas.

En Post tenebras lux no hay música extradiegética ni actores profesionales. La imagen, en la mayoría de los planos, se desdobla cerca de los bordes del encuadre. Ese rasgo de estilo agudiza la impresión de que lo que vemos tiene un punto de vista inusual y estilizado. La altura de la cámara invita a verlo todo desde abajo, incluso en las escenas en que no hay niños presentes. El espectador participa de esa perspectiva, en contrapicado suave –sin ángulos que busquen el exceso o la deformación expresionista–, y siente la extrañeza de observar el mundo adulto con los ojos de una niña de dos años.

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Después de las tinieblas, la luz. La cita, de resonancias bíblicas, nos mueve a presentir la luz después de tanta oscuridad. Miramos hacia arriba con recelo y esperanza. Como en Sátántangó, de Béla Tarr, Satán ha culminado su trabajo. Pero la luz se filtra en la mirada de los niños.

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