Atlántida Film Fest: Después de Lucía

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CAH Después de Lucía

El acoso escolar también tiene su sitio en el Atlántida Film Fest.

Tras triunfar en su paso por grandes festivales como Cannes y San Sebastián, con premios y menciones, llega al Atlántida Film Fest Después de Lucía, la segunda película del mexicano Michel Franco, uno de los directores de su país con más proyección de futuro, muy influido por el cine europeo hiperrealista. La película nos cuenta cómo, tras la muerte de su mujer, Lucía, un cocinero y su hija, Alejandra, se mudan a vivir desde Puerto Vallarta a Ciudad de México, para alejarse de los recuerdos. En su nuevo colegio, Alejandra enseguida hace un grupo de amigos y parece que se integra muy bien. Pero un acontecimiento poco acertado hará que todo cambie…

Michel Franco recurre para contarnos la historia a un estilo neutral y directo, dominado por largas y rígidas escenas en las que parece que no está pasando nada, pero que poco a poco van configurando la narración. Franco se toma su tiempo para ponernos en situación: Después de Lucía es pausada, sosegada, y hasta bien entrada la película no se sabe muy bien qué nos va a contar. Pero, como una buena bomba de relojería, una vez que se centra, explota y lo hace arrasando desde una de las miradas más descarnadas que hemos podido ver en el cine hacia un tema por desgracia muy de actualidad: el acoso escolar.

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El término inglés bullying, como se le conoce cada vez más, significa literalmente eso, acoso, abuso, intimidación. Aplicado al ámbito escolar, hace referencia al maltrato psicológico y/o físico que sufren algunos alumnos por parte de sus propios compañeros, convirtiendo su experiencia estudiantil en un auténtico suplicio reiterado. Después de Lucía refleja con la mayor objetividad posible el absoluto desamparo ante el que se encuentra una persona en esta situación. No lo cuentas a tu familiares porque no quieres preocuparles (y en este caso más, ya que el padre aún no ha superado la muerte de la mujer, y muchas veces parece más la hija la que cuida de él que al revés), y porque estás avergonzado. Pierdes cualquier rasgo de personalidad propia y te vuelves un ser absolutamente sumiso, hasta dejar que los demás hagan lo que quieran contigo. Y llegas a creer que te lo mereces. Franco enfoca el tema para realizar una crítica hacia una juventud sin intereses más allá de emborracharse y practicar sexo, consecuencia directa de los valores que transmite la viciada sociedad actual.

Los silencios dominan toda la trama y se acaban convirtiendo en los protagonistas, demostrando lo que somos capaces, después de haber sufrido demasiado, de hacer para que la persona a la que más queremos no lo vuelva a pasar tan mal de nuevo, y si por algún casual eso sucede, las consecuencias pueden ser terribles. Unas consecuencias tan desprovistas de piedad, de lástima, que cuesta creérselas. Resulta terrorífico pensar qué es lo que va a ocurrir después, lo que se queda fuera de la pantalla y no vemos. Cómo se van a solucionar las cosas, si es que eso es posible cuando no se puede dar vuelta atrás. Y sobre todo ello planea un vacío, una ausencia, que es precisamente la de la madre y esposa, Lucía, que como un agujero negro va tragándose todo a su paso. Las víctimas del derrumbamiento son Tessa Ia, que interpreta a Alejandra de una manera maravillosamente sobria y contenida, absolutamente adulta, y Hernán Mendoza, el padre deprimido que tendrá que salir de su letargo a la fuerza.

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Después de Lucía es una película incómoda y difícil de ver. Una historia comprometida con lo que cuenta, una realidad que tiene que contarse y denunciarse. Porque, aunque pueda parecer extraño, ya bastante gente vuelve la cara hacia otro lado (y me refiero incluso a familiares, profesores…) cuando se trata de hablar de bullying, aunque se den cuenta de que algo raro está pasando. Son jóvenes, todos a su edad tienen problemas entre ellos y se pelean, no es nada del otro mundo. No parecen ser capaces de comprender cómo se le puede hundir la existencia a una persona, ya que las experiencias provocadas por esto pueden llegar repercutir para siempre en la vida. Le agradecemos a Michel Franco que no sólo sea capaz de verlo, sino de mostrarlo sin compasión, aunque para ello se valga de unas armas demasiado extremas hacia el final. Quizás el tema se le va un poco de las manos, pero desde luego su objetivo lo consigue. Y es que reto a cualquiera a ver esta película sin implicarse emocionalmente. Es casi imposible.

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