Críticas: Una bala en la cabeza

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Bullet To The Head

El regreso a la gran pantalla de Walter Hill vuelve la mirada a las ochentadas y noventadas de acción de la que él mismo fue responsable. Una oda al tipo duro entrado en años que aún tiene mucho que decir en una orgía de tiros, hostias, sangre y chascarrillos… Bienvenidos al túnel del tiempo.

En una de las secuencias finales, dentro de una ruinosa fábrica abandonada, de Una Bala en la Cabeza, el villano del film interpretado por Jason Momoa, verdadera némesis del Jimmy Bobo compuesto por un entregado Sylvester Stallone, empieza una digresión al ver dos hachas conmemorativas en honor a los empleados que salvaron el recinto de un incendio a principios del siglo XX. Es la preparación de la batalla final que todos conocemos. Sin embargo, ante la tópica labia del villano, Stallone corta el momento con una punzante y divertida frase que resume perfectamente la filosofía del último film de un Walter Hill al que hacía mucho que no le veíamos el pelo. Y apelando a lo primario, a dejar de lado discursos que no interesan a nadie y pasar a los puñetazos, a las tetas y a los tiros a bocajarro, Hill reivindica un género al que intenta desposeer de la mojigatería y la falta de personalidad que han torpedeado su misma línea de flotación. El regreso a la gran pantalla de uno de los máximos exponentes del cine de acción de finales de los setenta, todo los ochenta y mediados de los noventa con El Último Hombre (Last Man Standing, 1996), quizás su última película ciertamente remarcable, convierte a Una Bala en la Cabeza en un evento a celebrar para los amantes del género en su versión sal gorda, a lo que hay que unir el loable empeño de un esforzado Stallone en su cruzada para reivindicarse como action hero perfectamente funcional en propuestas tan marcadamente nostálgicas como sus últimas cuatro películas como director.

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Basada en la novela gráfica de Alexis Nolent, Du Plomb Dans La Tete, el último trabajo del director de Calles de Fuego (Streets of Fire, 1984), sin dejar de ser ese ejercicio nostálgico que ha alimentado el propio Stallone, propone la interesante tarea de desnudar un género pervertido, dejando a los villanos sin ningún resquicio de tonos grisáceos, recuperando la esencia y dejando al descubierto, como esas monstruosas venas que recorren los fibrosos brazos del propio Stallone, la rugosidad y la aspereza de su textura originaria. Una noventada que se acaba erigiendo como una furibunda oda al tipo duro que nunca se retira, al antihéroe que a pesar de un pasado oscuro obedece a un irreductible código de honor regido por cierta moral, al alcohol, al rock sureño que remite la partitura de Steve Mazzaro, a los tatuajes, a una palabra que se pone al servicio de sudorosos músculos… En definitiva un combate en toda regla al nuevo cine de acción que, a pesar de ciertas y loables excepciones, parece estancado en la mediocridad. El regreso de John McClane a la gran pantalla es la muestra más reciente de ello. Que el villano pertenezca a esa nueva generación de actores que pone rostro a la actualidad del género no podría resultar menos casual. Porque a pesar de su alarmante previsibilidad o su celebración de lo superficial, del divertimento y de la violencia gratuita, sorprende la contundencia con que Hill arma unas enérgicas set-pieces de acción, verdaderos pilares maestros del film, que rebosan de una violencia y fisicidad sorprendentes, como si hubiésemos viajado a través del túnel del tiempo hasta aquel lugar en donde estupendos artesanos como John McTiernan, John Carpenter o el propio Walter Hill llenaban la pantalla de víscera y oficio. Fuera de ellas la película, obviamente, flojea. Sobre todo cuando en lo visual a Hill le da por imitar abominablemente el estilo del desaparecido Tony Scott, perdiéndose así en un mar de impersonalidad. Siendo una buddy movie, sin embargo, hay que reconocerle algo de química entre unos personajes antitéticos, pero profundamente simplones, dando pie a cierto humor autoconsciente (como por ejemplo, sea voluntario o no, los gayumbos de Stallone en los baños turcos). Eso sí, encargándose siempre de que el segundo en discordia, el policía que va tras la pista del reguero de sangre dejado por Jimmy Bobo, no le haga la más mínima sombra. Es el veterano tipo duro, los músculos y los métodos expeditivos los que van a llevar la voz cantante. Pero aún con esa huida de cualquier tipo de intelectualismo, resulta curioso que el marco escogido donde desarrollar la trama sea una Nueva Orleans post Katrina en plena reconstrucción, mientras en la pantalla se suceden fórmulas extemporáneas. ¿Simple divertimento nostálgico o intencionalidad en una reconstrucción del género desde el pasado para avanzar hacia el futuro?

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Derivas posmodernistas y líneas de sobreinterpretación aparte, los tiempos que corren parecen llevar a la propuesta de Hill a unos derroteros que seguramente no se haya planteado más allá de ese querer reivindicar una época y un género en un viaje temporal ciertamente conservacionista. No se le pueden negar entrañas y huevos a una propuesta que mira al pasado para divertir a las audiencias del presente. Viejos artesanos que vuelven para dar un golpe de autoridad en la mesa. El día que alguna distribuidora de este país se decida a estrenar las últimas obras de William Friedkin en la gran pantalla (o siquiera editarlas en formato doméstico) más de uno se podrá preguntar cómo un viejo puede facturar películas tan audaces, viscerales, arriesgadas y extremas en un Hollywood dominado por lo políticamente correcto. La edad da la sabiduría, supongo…

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