Críticas: La cocinera del presidente

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Tournage Les Saveurs du Palais

¿Delicia culinaria o fast food?

Cuando te sientas ante una película sobre las vivencias de la prestigiosa cocinera Danièle Delpeuch durante los más de dos años en los que fue la chef privada del presidente de la República Francesa François Miterrand, no puedes evitar preguntarte qué tendrá esta historia de realmente interesante, que la haga extraordinaria, o distinta a otras películas de temática culinaria. La decepcionante respuesta, tras el visionado, es nada. La cocinera del presidente es una película algo insulsa que no deja satisfecho al espectador por disfrazar de sencillez la banalización de temas y problemas reales.

Se trata de una película clasicista en todos sus aspectos, desde la elegante pero impersonal realización de Christian Vincent hasta la banda sonora de un Gabriel Yared como alumno aventajado de Mozart, pasando por su cuidada ambientación. Lo que falla en el conjunto es el trabajo de Etienne Comar, coguionista de De dioses y hombres, que nos cuenta una historia en la que, realmente, no pasa nada. La protagonista tuvo problemas para introducirse en el mundo del Elíseo por su condición de mujer, y además por ser considerada demasiado pueblerina. Dos aspectos interesantes que no están bien explotados, y que por tanto se quedan en unas cuantas anécdotas descafeinadas y sueltas mientras se suceden los (por otro lado, deliciosos) platos que prepara. En general, lo que más vemos es la buena relación que tiene la cocinera con su equipo directo, y también incluso con el Presidente. Entonces, ¿cuál es el conflicto? ¿A qué viene tanto drama? Además, se supone que la protagonista tendría que resultar cercana y sencilla, pero parece igual de orgullosa y poco empática que casi todos los jefes de cocina que podemos ver en otras películas, sólo que aquí no era esa la intención. Y partiendo de esa base, la película no logra conectar con el espectador.

Tournage Les Saveurs du Palais

A veces se pretende hacer un símil entre el mundo de la política y el de la cocina, pero resulta algo muy gratuito y cogido por los pelos, ya que los temas políticos en la película son prácticamente inexistentes, como si pudiera estar igual contada en esta época y lugar determinados como en cualquier otro. En este sentido, podría tratarse de otra película gastronómica y divertida sin más, si no fuera porque se toma demasiado en serio para lo que realmente tiene que contar, y la falta de libertad por tratarse de una historia real para introducir situaciones imaginarias es un lastre. Sólo el episodio en la Antártida, que es según ha dicho el propio guionista totalmente inventado, consigue transmitir algo de emoción, aunque su falta de atractivo sea la misma que la de todo el relato.

Todo es artificial, incluida una demasiado afectada Catherine Frot, correcta pero con una interpretación que se ve demasiado “pensada”, nunca acaba de soltarse del todo, o el escritor y filósofo Jean D’Ormesson, que debuta como actor en la película. D’Ormesson llegó un poco de rebote al proyecto, sustituyendo al actor Claude Rich, que finalmente no pudo hacer el papel del Presidente, y en sus pocas apariciones la falta de experiencia y la rigidez que eso conlleva se notan demasiado. La relación entre ambos está desarrollada de formar prácticamente nula, de modo que son los secundarios, como Arthur Dupont, Arly Jover o los compañeros de la base en la Antártida de la protagonista, los que aportan algo de frescura a la película.

Tournage Les Saveurs du Palais

No nos engañemos, aquí la comida es la protagonista, lo importante es cómo se preparan y se presentan los platos, con una defensa de la cocina tradicional, de esas que hacen o hacían nuestras abuelas, de fondo. Lo demás es secundario. Pero una película no puede sostenerse sólo con eso, y a La cocinera del presidente el problema ya le viene desde su origen, con una historia a la que le falta fuerza y agudeza necesaria para hacerla, como mínimo, medianamente interesante.

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