Críticas: Érase una vez en Anatolia

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CAH Érase una vez en Anatolia

Después de su particular cosecha de premios allí donde se ha presentado, por fin, después de dos años, se estrena en nuestras carteleras la hasta ahora última propuesta del realizador turco Nuri Bilge Ceylan. Un notable título que pasará a convertirse por méritos propios en uno de los estrenos más destacables de este 2013.

Las primeras imágenes de Érase una vez en Anatolia, cuento macabro sobre la condición humana, nos hunden en el desconcierto. El primer plano de una sucia ventana a través de la cual se vislumbran, en fuera de foco, tres hombres que parecen estar charlando amistosamente poco nos hace sospechar lo que va a suceder en una elipsis que va a terminar ubicando a los personajes y al espectador en los páramos de algún lugar de la península de Anatolia, la parte asiática (y mayoritaria) de la Turquía actual. Uno de los hombres se acerca a la ventana mientras un perro comienza a ladrar. El plano general del destartalado local iluminado por una triste farola y el perro guardián nervioso ante los truenos de una tormenta que se avecina dibujan una estampa inquietante, el prólogo de lo que va a ser un viaje a los rincones más oscuros del alma humana. Una procesión de luces rompe la oscuridad y el silencio de la noche. El espectador se encuentra desorientado, desconoce qué ha pasado y en qué lugar se encuentra. Se ha cometido un crimen y en él parecen estar implicados dos de los hombres que habíamos visto al principio. Aquel personaje que se acercaba a la ventana en el plano fijo que abre la película, Kenan (Firat Tanis), parece que va a ser el eje del relato, pero dentro de poco vamos a descubrir que las intenciones de su director van a ir por otros derroteros. En la procesión, acompañando a los dos sospechosos, se encuentra la policía liderada por el fiscal Nusret (Taner Birsel), el temperamental inspector Naci (Yilmaz Erdogan) el doctor Cemal (Muhammet Uzuner) y Ali (Ahmet Mümtaz Taylan), un lugareño encargado de guiar a esos personajes por unos senderos y caminos que conoce palmo a palmo. El objetivo es encontrar el cadáver cuya ubicación solo conoce el propio Kenan. Pero es de noche y todos los parajes parecen cortados por el mismo patrón. La frustración se traslada rápidamente a unos personajes apresurados en volver a una exterminadora rutina diaria llena de dolor y cuentas pendientes que rehuyen afrontar.

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Apoyándose en el plano fijo y en la morosidad narrativa, Nuri Bilge Ceylan arma una película cuyo detenimiento exhaustivo en el procedimiento de la búsqueda del cadáver responde al interés de su autor por unos tiempos muertos que revelan la verdadera naturaleza de todos sus personajes, siendo ésta la intencionalidad última de un film azotado por los vientos, los cielos grises y los paisajes ásperos, agrestes y desoladores. Un tempo que combina el hipnotismo y el afán contemplativo con un tono incómodo y agobiante del que resulta difícil escapar. Las figuras antropomórficas que adquieren rasgos espectrales a la luz de los truenos sorprendiendo al propio doctor, las digresiones de varios personajes, una manzana arrastrada por un pequeño riachuelo hasta un tronco donde otras ya se empiezan a pudrir, la onírica y un tanto espectral aparición de la hija del alcalde en la aldea donde la procesión se detiene a descansar… Puntos de fuga que se alejan del objetivo que arrastran a esos personajes a la inmensidad de un paisaje que adquiere aquí una importancia capital. Un espacio prácticamente en blanco donde abandonarlos a solas con unos fantasmas que, sutilmente, se van revelando progresivamente al espectador. Si a la aspereza de su textura se le añade una audaz mezcla genérica y un sentido del humor que se manifiesta de manera extrañamente natural, el resultado es el de una película ciertamente inclasificable. Poco a poco Bilge Ceylan saca a la luz el esperpento de la burocracia, exponiendo la ridiculez en las maniáticas y escrupulosas formas de proceder del sargento de policía que acompaña la búsqueda del cuerpo o ese llevar los trámites hasta niveles que se apartan de cualquier resquicio de sensibilidad en lo referente a la entrega de las ropas del cadáver, ensangrentadas y malolientes, a la viuda que espera tras la puerta.

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Con dos partes claramente diferenciadas, Érase una vez en Anatolia se erige, en su primer (y más extenso) tramo, como una road movie que no parece conducir a ningún lugar. Un viaje estéril cuya única finalidad es la de invocar unos fantasmas que vuelven para seguir torturando a personajes que andan a tientas entre la oscuridad y el vacío existencial. El macabro comentario de uno de los personajes sobre convertir esa frustrante noche en un momento para poder explicar a los nietos en forma de cuento, no es sino la perversión y verbalización de esa huida de cualquier atisbo de épica que el título del film y su duración podrían albergar. No hay lugares en los que asirse y cuando la búsqueda por fin da sus frutos, saliendo a la luz nuevos y escabrosos detalles, no hay liberación alguna, más al contrario. La vuelta al despacho y a las antiguas fotos del pasado del doctor, verdadero eje del relato en el segundo tramo del film, la autopsia al cadáver en un centro que carece de la instrumentación necesaria y el horror que ella revela hace volver la mirada, correr un tupido velo mientras de fondo la viuda y su hijo se alejan a través de la ventana. El miedo vuelve hacer acto de aparición y la cruda realidad, de nuevo, opta por hacerse desaparecer bajo una frágil capa de indiferencia. Único mecanismo de defensa de unos personajes vencidos. Mientras los fantasmas se van acumulando, la catarsis parece que nunca va a llegar…

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