Críticas: Días de pesca en Patagonia

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CAH Días de pesca

Sorín vuelve a encandilarnos desde lo pequeño.

El director argentino Carlos Sorín es un contador de historias pequeñas (mínimas), sencillas y sin pretensiones, un cine de autor que tiene su principal virtud en la belleza de su naturalidad, con personajes que buscan su camino (literal o metafórico) en la vida, tratando de recuperar lo que es realmente importante. Presentada en nuestro país en Septiembre del año pasado en la Sección oficial del Festival de San Sebastián, Días de pesca en Patagonia es el último trabajo de Sorin, sobre un hombre, Marco, que viaja hasta Puerto Deseado, para aprender a practicar la pesca del tiburón. Realmente Marco es un ex alcohólico recién rehabilitado que quiere empezar de nuevo, y reestablecer la relación que perdió años atrás con su hija, que vive allí.

Sorín vuelve a situar la historia en su localización fetiche, la región argentina de Patagonia, a la que sabe imprimir casi una personalidad, convirtiéndolo en un personaje más, como reflejo de la soledad y la melancolía del protagonista. El director huye del dramatismo artificioso en este contenido estudio de sentimientos, sólo subrayados a veces por un precioso y muy melódico tema principal compuesto por el hijo del director, Nicolás Sorín. En sus 80 minutos de duración, se configura un pequeño universo esperanzador, tierno y divertido, que sin saber cómo te acaba llegando al corazón. Cine humanista en el que Sorín nos transmite todo el cariño que siente hacia los personajes a través de los planos expresivos, que sabe utilizar para conmover y empatizar.

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La película empieza y acaba de manera abierta, muchos aspectos quedan sin cerrar, o a medio explicar. Sorín sabe que es espectador no es tonto, y por eso mismo deja en sus manos la labor de reconstruir y entender las piezas del puzzle que configura la historia, y que saque sus propias conclusiones. La película es un pedazo de vida, y en la vida no siempre se tienen las respuestas, ni se sabe por qué han empezado o cómo han terminado las cosas. Aquí es igual. El protagonista se va a encontrando con distintos personajes en la historia, cada uno con una personalidad diferente, que no son actores, sino gente real interpretándose a sí mismos, que le dan a la película un aspecto casi documental cuando salen, especialmente el instructor de pesca y su ayudante, y consigue momentos de enorme espontaneidad, como en el que el protagonista ve por primera vez a su nieto. Estos encuentros ayudan a configurar la historia y a cambiar la perspectiva del mundo que tenía el protagonista.

Además, la película está muy bien llevada de la mano de los que sí son actores profesionales, destacando a un Alejandro Awada que está de premio por su franqueza, su intento de sonrisa permanente y su mirada de auto reproche hacia su equivocado pasado. Un personaje que se niega a aceptar que sea demasiado tarde para arreglar las cosas y hacerlas bien. Por su parte, Victoria Almeida es la hija que quiere pero no puede perdonar a su padre, a pesar del esfuerzo sobrehumano que hace para lograrlo. Las heridas van saliendo a la luz a través de lo que no se dice, de miradas, de una canción… Y finalmente, pueden más que las buenas intenciones. ¿O no? Como digo, en esta película, como en la vida, nada puede darse por cerrado o acabado.

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Días de pesca en Patagonia es, en fin, una película sincera y bienintencionada, un canto a las segundas oportunidades y al deseo de seguir adelante con la vida y hacerla mejor, a pesar de los baches que te puedas encontrar. Un relato que atrapa y enternece. Una pequeña joya que no debería pasar desapercibida.

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