Atlántida Film Fest: Otel·lo

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CAH Otel-lo

Shakespeare y los límites de la representación.

El año pasado nos llegaba uno de los mejores estudios sobre las fronteras que existen entre la verdad y la representación basado en una obra Shakespeare que hemos podido ver, como era César debe morir de los hermanos Taviani. Siguiendo esta línea, tenemos la oportunidad de ver en el Atlántida Film Fest la catalana Otel·lo, que fue presentada en la sección Las Nuevas Olas del pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla. Rodada en tono de falso documental, Otel·lo explora los límites del arte a través del rodaje de una nueva versión de la obra del autor inglés, protagonizada por una pareja en la realidad, que acabarán volcando, incitados por el director de la misma, sus propias experiencias y temores en el proyecto.

¿Hasta dónde puede llegar el cine para lograr alcanzar sus metas? ¿El fin justifica los medios? ¿En qué momento se cruza la línea entre lo real y lo ficticio? Todo esto se pregunta este notable ejercicio de metacine llevado al extremo en una estructura  mucho más compleja de lo que pueda parecer a simple vista, donde los actores se interpretan a sí mismos y a la vez, a los personajes de la tragedia, cuyos sentimientos se les acaban contagiando, y así se va trazando un círculo vicioso en el que distinguir realidad y ficción resulta extremadamente difícil. El debutante Hammudi Al-Rahmoun también se introduce en este juego, ya que no sólo es el director de la película, sino que también dentro de la misma interpreta al director sin escrúpulos, creando toda una red de intrigas y celos patológicos que saltan del papel a la pantalla, pasando por la vida real.

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Otel·lo tiene también, técnicamente, aspectos muy destacables que la elevan a una categoría superior que la de una obra amateur de escaso presupuesto. Dividida en actos, como bien le corresponde a toda tragedia, Al-Rahmoun demuestra un claro dominio de las características propias del género que está tratando, consiguiendo que todo resulte realmente natural y espontáneo, como en un auténtico documental. Se consiguen además planos muy bellos gracias a la iluminación tenebrista que le da a la película un carácter opresivo (transcurre todo el tiempo en interiores, la mayoría en el oscuro plató), donde lo que comienza como un juego o un divertimento se va transformando en algo mucho más dramático.

El director no deja intimidad a los actores, les persigue, les acosa con las cámaras. Les manipula como él quiere para conseguir sus objetivos, al igual que el propio Yago en la obra original de Shakespeare (a quien metafóricamente interpreta, como vemos en el último acto), que con sus palabras va envenenando la situación, poniendo a los actores al límite de sus posibilidades, exprimiendo sus interpretaciones hasta que llegan a una madurez inesperada, sí, pero a la fuerza. Youcef Alloui y Ann M. Perelló, es decir, Otelo y Desdémona, muy entregados a sus personajes, son títeres en las manos de Al-Rahmoun, que transforma la pasión y el amor al cine que veíamos en César debe morir en un deseo enfermizo y corrompido por la ambición de hacer lo que se quiere, por encima de todas las consecuencias (buenas o malas).

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La obra de Shakespeare, y todo aquello que nos contaba en sus historias es atemporal, puede trasladarse a cualquier época y en cualquier contexto, y seguiremos sintiéndonos identificados. En buenas manos, puede alcanzar cotas sublimes, y Al-Rahmoun demuestra con este ensayo experimental no sólo una gran respeto por la obra del autor inglés, sino un saber hacer cinematográfico envidiable. Esperemos que Otel·lo sea sólo la primera película de una prolífica carrera que podría depararnos cosas realmente interesantes.

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