Atlántida Film Fest: Leones

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CAH Leones portada

Jazmín López y su película, protagonistas en una nueva jornada del Atlántida Film Fest.

Un grupo de jóvenes deambulan por el bosque. Van en busca de una cabaña, pero están perdidos. No parece preocuparles mucho, mientras juegan a juegos descontextualizados y recitan diálogos fragmentados, ciertamente extraños. Un tractor en medio del bosque, una laguna donde se detienen a bañarse, una pistola (des)cargada, una lluvia que nunca parece llegar… Y en medio Isa, el eje del relato. La única que plantea dudas, desconfianza y algo de miedo en el seno de ese grupo.

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Las imágenes que cimentan el edificio fílmico de Leones, debut en la dirección de la joven realizadora argentina Jazmín López, transitan por unos caminos referenciales que nos llevan desde el Lars Von Trier de Anticristo hasta el Gus Van Sant de Gerry (indisolublemente asociada, a su vez, al cine de Béla Tarr). Desde Lucrecia Martel hasta el surrealismo malsano de David Lynch. O incluso el Pen-Ek Ratanaruang de Nymph. Y si bien es cierto que estas aparecen todavía de forma demasiado evidente en esa construcción del yo autoral de la realizadora, resulta muy interesante la reflexión que late tras unas imágenes que sumergen al espectador en un estado catatónico, a medio camino entre la hipnosis y el tedio, el mismo que caracteriza el estado de ánimo de ese grupo de jóvenes sin rumbo. Y lo hace abrazando los tiempos muertos, explorando los caminos del género más de lo que tras una primera impresión podíamos intuir. Sonidos del mar en medio del bosque, una partida de vóleibol con un balón invisible, una grabadora que parece estar registrando el futuro (¿o es el pasado?) con hilo musical incluido, la muerte como tema recurrente en ese juego de palabras en el que insisten en llevar a cabo para desesperación del personaje de Isa… Evidentemente algo no encaja en la desbordada mente de un espectador que lucha por no perderse entre el afán contemplativo de una película que desmorona las expectativas formales del mismo. Porque tras esa búsqueda de la cabaña hierve algo más. Algo tan oscuro que permanece en el subconsciente de esa primera capa de representación cinematográfica, oculto, el armazón y coraza de ese primer relato, mientras un segundo lucha por salir a la superficie en forma de detalles de puesta en escena, violencia latente y diálogos que bajo su confusa pátina de intrascendencia quizás dicen más de lo que aparentan. El sonido y su importancia, el uso de la steadycam, los larguísimos planos secuencia de seguimiento y los morosos travellings circulares que rodean un claro en el bosque o un coche nos hace caer en la cuenta de que el tiempo, caprichoso, parece haberse detenido, como si ya no existiera, y que el espacio por el que vaga ese grupo de jóvenes no es más que la materialización de un estado psicológico donde la frontera entre realidad y ficción se difumina. Pistas que ponen al espectador en el centro del tapete, invitándolo a perderse en la contemplación pero siempre atento a los detalles que ayuden a desenmascarar lo que esconden las imágenes de una obra que, aún con todo, quizás no tenga mucho que contar.

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Sobre la imagen y el relato, sobre el sonido disociado de la imagen, sobre la construcción de un relato presente apoyado en voces de un tiempo indeterminado o sobre el relato superpuesto a otro relato en una película que parece construirse sobre un estado de ánimo, la imagen de una juventud a la deriva azotada por una naturaleza tan bella como inhóspita.

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