Atlántida Film Fest: Keep the Lights On

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Ira Sachs y la desolación del amor.

Hay muchas formas de contar una historia de amor en cine. Se puede entender como el sentimiento positivo que nos salva de la autodestrucción. Pero, por otro lado, también puede ser interpretado como la propia arma de esa destrucción, un sentimiento dañino y obsesivo que arrasa con todo a su paso, que nos lleva a hacer cualquier cosa, lo más impensable, lo más terrible. Entre estas dos tendencias se sitúa Keep the lights on, la cuarta película del director Ira Sachs, en la que nos da su propia visión objetiva y desmitificada del amor.

La acción se sitúa en Nueva York, que en esta ocasión no se presenta como la ciudad del amor, las luces y las oportunidades, sino como un páramo desolador en el que uno no puede encontrar la felicidad, sólo vías de escape temporales contra la soledad. Allí Erik y Paul se conocen a través de una línea telefónica de contactos. Enseguida se enamoran y comienzan una tormentosa relación de diez años en los cuales les veremos pasar por altos y bajos, unos bajos que llevan a niveles de la más absoluta degradación, y que pueden parecer exagerados, pero sirven para ilustrar el poder devastador del amor que el director quiere transmitir.

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Figura destacada del cine independiente norteamericano, Ira Sachs, uno de los habituales en el Festival de Sundance, en esta ocasión nos presenta la que probablemente sea su película más personal, ya que se trata de una historia autobiográfica. Sachs rueda con muchísima sensibilidad, y sabe combinarla con un estilo muy seco y directo, sin forzar pero sin ocultar nada (tiene algunos momentos realmente duros), por lo que la emoción, que sobre todo te embarga en su última media hora, acaba llegando por sí sola, de manera natural, y no de forma impuesta. Las situaciones están tratadas con gran realismo y a través de ellas, Sachs realiza un intenso estudio de los celos, las adicciones, y el conformismo y la sumisión, que en ocasiones pueden parecer una alternativa mejor a la de quedarse solos.

Hay un interesante aspecto metacinéfilo en la película, ya que el propio protagonista, como alter ego de Sachs, es también director de cine, y en ocasiones le vemos trabajando en su documental. Incluso, como dato curioso, gana el Premio Teddy para películas de temática homosexual en el Festival de Berlín, que posteriormente fue el premio que se llevó Keep the lights on en la propia Berlinale 2012. Sin embargo, este interesante tema queda finalmente en un mero elemento complementario de la historia (al director lo que le importa es centrarse en la relación de los protagonistas, lo demás está tratado de forma más trivial), poco desarrollado y no se aprovechan las posibilidades que podría dar.

Aunque sea una película sobre una pareja (o más bien sobre dos personas), el director decide dejar en un segundo plano a la parte conflictiva de la misma, Paul (Zachary Booth), para centrarse en el personaje de Erik, interpretado por el danés Thure Lindhardt, uno de los actores más reconocidos y considerados de su país, a quien se le dedica una pequeña retrospectiva en el Festival con ésta y dos películas más protagonizadas por él. Erik es quien lleva el peso de la historia con un sufrido personaje, sensible y humano, con sus defectos y sus virtudes, mientras que el resto de personajes quedan poco más que esbozados. Pero a pesar de la profundidad del personaje, le cuesta resultar cercano. El espectador por tanto se puede sentir más identificado con las situaciones que viven los personajes en general que concretamente con ellos mismos. Aun así, todas las interpretaciones son muy correctas.

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Keep the lights on no es una película sobre las relaciones homosexuales, sino sobre las relaciones en general, y cómo pueden pasar de ser lo más maravilloso a lo más horrible de nuestras vidas, y convertirse en un círculo vicioso que no te deja avanzar ni evolucionar, y del que es muy difícil salir. Puede parece un punto de vista muy negativo, pero en el fondo, se trata de una película optimista sobre madurar y seguir adelante sin depender de otra persona, por mucho que cueste. Así son las cosas.

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