Críticas: Weekend

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CAH Weekend

Esta semana se estrena Weekend de Andrew Haigh, sobre la que ofrecemos una doble mirada.

El amor alienado por Daniel Jiménez

Hay un conjunto de planos que no paran de repetirse a lo largo del metraje de Weekend, segundo trabajo de gordiano título facturado por el británico Andrew Haigh. Y siempre con el mismo protagonista: el gris y gigantesco bloque de viviendas donde vive Russell (Tom Cullen), personaje sobre el cual vertebrar el punto de vista de un film que, como en la ópera prima de su máximo responsable, vuelve a la homosexualidad desde el naturalismo, la sensibilidad y la rabia de quien ve todo el camino que aún queda por hacer. Viva metáfora del mundo enclaustrado en el que Russell se halla inmerso, ese bloque de viviendas de hormigón, mole despersonalizada, testimonio silencioso de la presencia de la clase obrera y exponente de la alienación social; no va a ser el único muro con el que tiene que lidiar su protagonista. Los tabiques que habitan en el interior de la psique de Russell son también de hormigón y derribarlos cuando ya han empezado a consolidar sus cimientos se convierte en una misión compleja de llevar a cabo.

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Que Russell sea un nostálgico cuyo piso está decorado con objetos antiguos o que calce siempre unas antiguas zapatillas, en contra de otras relucientes que guarda receloso en su caja, no es nada casual. Hay en él un miedo a lo nuevo y una clara intencionalidad a no querer desentonar, a pasar desapercibido por la vida, de puntillas, por miedo a ser juzgado. Glen (Chris New), la pieza fundamental en el despertar del hermético Russell, es en apariencia todo lo contrario. Extrovertido, vital, quien vive su sexualidad de manera plena y con una seguridad en sí mismo, a ojos de Russell, ciertamente encomiable. La intensa relación de ambos personajes poco a poco va dejando de lado la superficialidad del placer de un polvo de fin de semana para dar paso a algo mucho más profundo, poniendo de relieve que las tan evidentes diferencias entre uno y otro no son tan grandes como imaginábamos. Así nos encontramos que los tabiques de hormigón que coartan la felicidad de Russell también parecen haberse consolidado en el interior de un atormentado Glen. Amores rotos, dolor, soledad, pasado traumático, miedo a la aceptación propia en un marco de presión social… son barreras demasiado altas para poder saltarlas uno mismo. Que el desnudo existencialista de ambos personajes tenga lugar en una larga secuencia bajo los efectos de la marihuana, resulta reveladora en cuanto a las dificultades de derribar unos muros autoimpuestos, ya sea por respuesta al dolor o por la presión de ciertas convenciones sociales.

Extraña, demasiado forzada a veces, pero interesante combinación entre cine social de denuncia, drama romántico y un esforzado trabajo de puesta en escena que va desde el empleo de la cámara al hombro, pasando por el primer plano hasta llegar al plano fijo (resulta muy interesante la combinación de esto último y el uso del encuadre en los breves momentos de la piscina, donde Russell trabaja de socorrista, valga la ironía), renegando además de la utilización de música que no sea diegética; Weekend lucha desde la honestidad y la valentía por la reivindicación de uno mismo en una sociedad alienadora donde absolutamente todos podemos sentirnos identificados.

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Durante el metraje de Weekend, los personajes son insultados por ser ellos mismos. Las palabras parecen despersonalizadas al estar en fuera de campo. Jamás vemos a los que las propinan. Hasta que en uno de esos momentos Russell, desafiante, mira a cámara. Es la primera reacción del personaje a unas palabras que hasta entonces siempre había evitado. Podría ser también el toque de atención hacia el largo camino que todavía queda por recorrer en el seno de la sociedad del siglo XXI, pero es también la reivindicación última del aceptarse uno mismo y vivir con libertad. De ahí la importancia que da Andrew Haigh a ese revelador plano general del bloque de pisos con una ventana abierta y una luz encendida, la del apartamento de Russell. Uno de los últimos muros, ha caído.

Soledades compartidas por MariFG

Russell sale una noche solo a una discoteca y acaba llevándose a su casa a un desconocido llamado Glen. Lo que en principio parece ser una relación sexual esporádica, se convierte durante un fin de semana completo en una ocasión para conectar y conocerse en profundidad.

Esta premisa tan sencilla es el punto de partida de Weekend, una película independiente británica que, si no se vuelve a aplazar, se estrenará en España el próximo mes de marzo, con dos años de retraso, avalada por los premios conseguidos en festivales como los de Toronto, Nashville y South by Southwest.

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El director inglés Andrew Haigh, quien ya exploró la temática homosexual en su anterior largometraje, Greek Pete, nos narra en esta ocasión un drama romántico intenso, honesto y realista, con el que cualquiera puede sentirse identificado, tenga la condición sexual que tenga. Weekend no trata sobre la homosexualidad, Weekend trata sobre la soledad, sobre la necesidad de pertenecer a un mundo propio, alternativo a todos los que rodean al protagonista y en los que no encuentra su lugar. Russell no encaja con su grupo de amigos de toda la vida, tampoco con sus compañeros de trabajo y ni tan siquiera con los ligues de una noche que puedan surgir. El fin de semana que pasa con Glen, le proporciona ese espacio íntimo de confianza mutua en el que sentirse completamente integrado, a pesar de sus diferencias.

El hecho de que esta historia de amor tenga lugar en un espacio reducido de tiempo y sabiendo de antemano que tiene que terminar, recuerda mucho a la película de Linklater Antes del amanecer, pero, a diferencia de ésta, los personajes de Russell y Glen son mucho más creíbles y sencillos, con unos diálogos menos trascendentes y pedantes que los que tienen Jesse y Celine, aunque con una intensidad yo diría que incluso superior a la de éstos. En Antes del amanecer el objetivo de Jesse es ligar con Celine utilizando todo su potencial elocuente, mientras que en Weekend no hay objetivo por parte de ninguno de los protagonistas, todo fluye de la misma manera en que fluye el amor entre dos personas en la vida real, con una naturalidad aplastante, sin artificios. Sólo hay que fijarse en la reacción de Glen cada vez que sale de la casa de Russell, en ese plano fijo que se repite en cada ocasión, para entender que el sentimiento está evolucionando espontáneamente ante nuestros ojos. Y es que, por encima de todo, Weekend habla de amor, de ese enamoramiento que surge sin proponérselo y que se convierte de repente en una necesidad vital de estar el uno junto al otro más allá del sexo.

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Sin duda el punto fuerte de Weekend es la gran interpretación de los dos protagonistas, Tom Cullen y Chris New, dos actores poco conocidos internacionalmente que realizan un trabajo actoral perfecto, intenso pero sin estridencias, emotivo sin sensiblerías innecesarias, realista sin caer en tópicos. Si a ello le añadimos la excelente dirección de Haigh, con una puesta en escena tan sencilla pero bella como la historia en sí, estamos ante una película que, al igual que pasó con la antes mencionada Antes del amanecer, puede convertirse en otra pequeña historia de amor de culto. Si hay que ponerle un pero, creo que abusa demasiado del consumo de drogas de los protagonistas, cuando podría perfectamente ser un tema superficial o incluso prescindible en algunos momentos. A pesar de eso, Weekend es una película muy recomendable para cualquiera que quiera ver una historia de amor no basada en la cursilería ni el melodrama.

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