Críticas: Siete psicópatas

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Martin McDonagh trae una ración de balas y metacine.

Desde que a principios de los años 90, Quentin Tarantino volvió a poner de moda el género Exploitation, incidiendo principalmente en la magnificación de la violencia extrema estilizándola y presentándola en clave de humor, muchos directores han incluido esa misma forma de entender la agresividad y el ensañamiento para subrayar sus comedias negras. Es el caso también de los hermanos Coen, que a menudo emplean escenas ultraviolentas en momentos imprevistos para provocar un shock al espectador y conseguir la risa espontánea en situaciones accidentales.

Precisamente más cerca de los Coen que de Tarantino se sitúa el director de Siete psicópatas Martin McDonagh, con una película de enredo plagada de humor negro y personajes desquiciados, mostrando paisajes y caracteres típicamente americanos y con una banda sonora compuesta por piezas clásicas y operísticas combinadas con canciones de estilo más folk, características todas ellas que los Coen suelen aplicar en sus películas. Pero a diferencia de aquéllos, McDonagh utiliza en Siete psicópatas la violencia de forma más descarnada, gore y descabellada, desencadenando una carcajada tras otra en las secuencias más enloquecidas.

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Al igual que en su anterior trabajo, Escondidos en Brujas, McDonagh vuelve a contar para su personaje principal en Siete psicópatas con Colin Farrell que, en esta ocasión, se mete en el papel de Marty, un guionista de Hollywood que encuentra la inspiración para su nuevo trabajo en la gente que le rodea. Pronto el guión comienza a confundirse con la realidad en todos sus aspectos, llegando a superar ésta a la ficción de una manera enloquecida y disparatada. Poco más se puede contar del argumento sin desvelar las sorpresas que nos deparan los personajes de Siete psicópatas, interpretados por un elenco excepcional entre los que se encuentran Sam Rockwell, Christopher Walken, Tom Waits, Woody Harrelson y Zeljko Ivanek entre otros, todos y cada uno de ellos verdaderamente brillantes en su interpretación.

A pesar de esto, Siete psicópatas tiene algunos altibajos en su planteamiento. Con un arranque brutal, a cargo de Michael Pitt y Michael Stuhlbarg (véase el guiño a Boardwalk Empire), la película pasa de tener momentos de auténtico delirio a otros un tanto tediosos que distraen la atención de ella. Es cuando intenta ponerse trascendental cuando la película pierde esa fuerza que le confieren unos diálogos y unos personajes a cada cual más desequilibrado y, sobre todo, las historias en las que el personaje de Farrell intenta encontrar inspiración. Destaca entre todas ellas la del cuáquero psicópata, con una exquisitez en su ejecución y una sobriedad en la actuación de Harry Dean Stanton que proporcionan una atmósfera sobrecogedora y terrorífica.

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Hay un paralelismo evidente entre Siete psicópatas, la película que nos ocupa, y Siete Psicópatas, el guión que trata de escribir Marty (Farrell). De hecho la película va tomando forma ante nuestros ojos a medida que el guión de Marty se va desarrollando, explicando muchas de las preguntas que se van quedando en el aire mientras vamos viendo la película. Es maravilloso ese punto y aparte que sucede cuando comienzan los títulos de crédito finales (prohibido irse en cuanto empiecen), atando así todos los cabos sueltos de una manera tremendamente ingeniosa y dejando al espectador con ganas de más. En definitiva, Siete psicópatas, sin llegar al nivel de genialidad del que habitualmente hacen gala las películas de los ya mencionados Tarantino o los hermanos Coen, es ideal para todos aquéllos que disfrutan con las historias de personajes tarados, mafiosos agresivos y tiernos a la vez y cine dentro del cine con gran dosis de humor.

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