Críticas: La jungla. Un buen día para morir

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A GOOD DAY TO DIE HARD

John Moore es el encargado de llevar las andanzas de John McClane a una quinta entrega que, pese a su corta duración y su falta de pretensiones, representa un buen ejemplo de la impersonalidad y la apatía que vive en estos tiempos que corren, salvo contadas excepciones, el género al que se adscribe.

John McClane se nos va de viaje. A Rusia concretamente, donde acude tras la detención de su hijo por un feo asunto. Pronto se descubre que esa detención es tan solo una fachada en la que se ven implicadas la CIA, un valioso testigo y los poderosos que quieren silenciarlo. Y en medio, nuestro detective. Una relación padre e hijo hecha añicos que solo la testosterona, los cadáveres acumulados de terroristas, los balazos y las explosiones podría recomponer.

No es la primera vez que a McClane le buscan compañero. Aunque es en la tercera entrega cuando la saga adquiere tintes puros de buddy movie, esto es algo que desde su primera entrega se viene dando en menor o mayor medida y con mayor o menor implicación. Pero, ya sea por la edad del propio Bruce Willis o porque en Hollywood andan escasos de ideas (o las dos cosas al mismo tiempo), si es cierto que la dependencia  de este a un compañero de fatigas es cada vez más evidente. Esta quinta entrega resulta la más significativa en este aspecto pues en la totalidad del metraje no solo no van a separarse sino que van a funcionar como uno solo, no pudiendo hablar tanto de un protagonismo absoluto de McClane tanto como de un coprotagonismo junto a su hijo, Jack (Jai Courtney). Algo nada descabellado viendo la aparición protagónica que en su anterior entrega ya alcanzaba la hijísima de los McClane, Lucy (Mary Elizabeth Winstead). Sin embargo, aquella todavía tenía la virtud de no mezclar los asuntos familiares en el modus operandi del detective al no poner a su prole en el asiento del copiloto, siendo este ocupado por aquel pedante y soberbio geek de la informática al que McClane debía proteger del ataque de ciberterroristas y cuyo contraste de generación resultaba, en ciertos momentos, verdaderamente divertida. Siempre a años luz, eso si, de aquella estelar química con Samuel L. Jackson en su tercera entrega. Algo que, viendo esta quinta entrega, solo puede llevarnos a ponernos con la nostalgia subida. Porque si en aquella esa relación era terreno para el humor cínico y afortunados chascarrillos aquí todo eso, si bien presente (pero con menos, mucha menos gracia), se reconvierte, demasiado ocasionalmente, en conversaciones padre e hijo absolutamente vergonzosas, forzadas y subrayadas por la incesante partitura de Marco Beltrami (guiñando el ojo al espectador con las notas de la obra que Michael Kamen compuso para la primera entrega y que puntean la banda sonora de esta quinta entrega). Un terreno, el de lo sentimental, en el que esta Jungla se enmierda por completo en su traicionero y sonrojante epílogo final…

A GOOD DAY TO DIE HARD

Resulta curioso (que no gratificante) ver cómo los rasgos de antihéroe que un personaje capital en el cine de acción de los ochenta como John McClane en la fundacional Jungla de Cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988), han evolucionado (o reconvertido, prácticamente de golpe) hacia el abonado terreno del superhéroe puro. Por esa misma razón tiene gracia que con un título como el que secunda las imágenes de la quinta entrega de las andanzas de John McClane, este se nos presente a la audiencia como alguien cuyas elevadas propiedades de invencibilidad aparecen más desatadas que nunca. Cierto que con un título (en su versión original) como el que acompaña esta saga desde su presentación, la suspensión de credibilidad es un concepto de difícil manutención. Pero si esta cuestión que tan bien supo solventar McTiernan en la primera y tercera entrega, aquellas en la que McClane aún vivía entre el resto de los mortales por mucho que siempre se salvase de los insalvable, si no cayendo en un ejercicio de parodia autoconsciente presente incluso en la inferior (pero muy superior a las dos última entregas) La Jungla 2: Alerta Roja (Die Hard 2: Die Harder, Renny Harlin, 1990); a partir de la cuarta entrega el exceso de pirotecnia y la bayófila premisa del “más grande y ruidoso todavía” que parece haberse adueñado de hasta el más mínimo rincón de la saga desde que John McTiernan firmara la mejor secuela de todas en Jungla de Cristal III: la Venganza (Die Hard with a Vengeance, 1995), hace que la suspensión de credibilidad (absolutamente fuera de control) y, por lo tanto, la empatía con su personaje sea puesta más en duda que nunca. Y si lo segundo se mantiene, reconozcámoslo, es por un ejercicio nostálgico de los que hemos disfrutado con la socarronería de su personaje, indisolublemente asociado al rostro de un Bruce Willis que hace lo que buenamente puede. Aunque sobreinterpretando podríamos llegar incluso a poder justificar las hiperbólicas secuencias de acción en la cuarta entrega por un contexto en que las amenazas transitan bajo los canales de la informática, la globalidad de internet y de testigos adictos a los videojuegos a los que proteger; ver a McClane en esta quinta entrega en un más difícil todavía, embistiendo y tirarse por cornisas sin el menor reparo, sabiéndose inmortal y teniendo en mente lo que ya habíamos visto en su anterior interacción (sin la coartada argumental con la que apoyar sobreinterpretación alguna)  no es ya pasarse la suspensión de credibilidad por el mismísimo forro, es entrar directamente en el fantástico.

Y aunque su corta duración juegue a su favor y se recupere en parte una mayor violencia que en su más mojigata cuarta entrega, aquella tenía el gran añadido de ubicar un héroe analógico de los noventa en un contexto digital actual, aunque finalmente constituyera en su resolución una (falsa) reivindicación del prototipo del héroe que representa McClane. Además de contar todavía con un villano (descafeinado) con algo de envergadura y mínimamente identificable, aspecto que aquí se diluye por completo entre giros de guión y la poca entidad de los mismos. Por no contar no cuenta ni siquiera con scope, el formato con el que hasta ahora se habían rodado todas las entregas de la franquicia. Y aunque quizás esta cuestión sea algo baldía dadas las carencias en el encuadre por parte de Len Wiseman en la anterior entrega, al menos si se tenía en cuenta cierta continuidad en este aspecto. Aunque visto el alarmantemente impersonal resultado de John Moore en lo visual, artífice de esta quinta entrega, quizás hemos sido afortunados de ahorrarnos otra perversión de este formato.

A GOOD DAY TO DIE HARD

La Jungla: Un Buen Día para Morir, tan entretenida como mediocre, hija de estos tiempos en los que la personalidad y el oficio es un bien tan preciado y tan escaso a la vez, vuelve a poner de relieve lo mucho que se echan de menos artesanos tan solventes como John McTiernan, recordándonos una época que no va a volver jamás. Definitivamente McClane jamás tuvo que sobrevivir al siglo XXI…

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