Sirens

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En estas fechas tan señaladas y ahora que he regresado a Sevilla, toca sumergirse en el mundo de las series olvidadas a las que no he dedicado mi tiempo durante el resto del año.
Como intento ver el mayor número de series me suelo decantar por producciones más bien cortas, por lo que es inevitable acabar saciando mi curiosidad fílmica mediante Inglaterra, con la BBC o el Channel 4 a la cabeza.

Lo bueno de las amistades es que cada amigo ve las series que le definen y uno acaba robándole sus pequeñas joyas escondidas. No es que sea un explorador de las maravillas que no llegan a grandes públicos, pero por suerte tengo un par de colegas que están todo el año en busca y captura de lo más reseñable de las mejores televisiones del mundo, por lo que en las fiestas de invierno toca la llamada de rigor y apuntar las recomendaciones varias que escupen dichas amistades. Y si dos entusiastas de la televisión inglesa recomiendan una misma serie en la interminable lista de las que muy pacientemente me proporcionan, pues la cosa es fácil, vaya. Así llegué a Sirens.

Sirens, de Channel 4, es una serie cómica de una única temporada de tan sólo 6 episodios de 45 minutos de duración. Debiera haber durado más, pero el proyecto fue vilmente cancelado. Ni siquiera el Jerusalén de las series se salva de eliminar de la parrilla grandes obras de vez en cuando. Pero bueno, una propuesta como la presente es simplemente inviable en cualquiera de las televisiones que pululan por la Península.

En Sirens seguimos la vida de tres paramédicos que recorren la ciudad de Leeds recogiendo  borrachos mientras combaten al aburrimiento con cualquier idea por loca que sea que se les cruce por la cabeza. En sus idas y venidas tienen tiempo para cualquier disparate a la vez que se relacionan con sus aliados pertenecientes al cuerpo de bomberos y de la policía. Todos comparten, a parte de llevar sirenas en sus vehículos, la sensación de encontrarse igual de perdidos y a la deriva en sus vidas cotidianas.

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El gusto por un humor negro y en ocasiones surrealista, con unos personajes bien definidos que evolucionan en los pocos capítulos de los que consta la serie a los que es fácil conseguir afecto a pesar del patetismo que desprenden (o tal vez por ello mismo) es lo que lleva al Olimpo de las series a esta propuesta. La policía poco femenina que no consigue un ligue ni a la de tres, tan aplicada y dura en su trabajo y tan sola en su casa, su compañero negro y homosexual harto de que se les describa precisamente por esos dos rasgos tan definitorios en una primera mirada y en el fondo tan poco relevantes, o ante todo esos tres mosqueteros que se meten noche tras noche a recoger la escoria de la sociedad (en sus propias palabras) mientras parecen comportarse más como adolescentes en la edad del pavo que como supuestos profesionales,  entre los que encontramos al protagonista principal, un maravilloso cínico, sarcástico y perdedor de mirada aguda que se mueve por el mundo como un elefante en una cacharrería, acompañado de sus dos particulares mosqueteros que terminan por complementar a un trío maravilloso y que nos sacará más de una sonrisa con su actitud, o la falta de ella, ante la vida y la muerte.

Intentando huir de las tropecientos mil series que versan sobre médicos, policías y bomberos que tanto furor causan, la estructura de la serie suele comenzar con un caso profesional y como éste de alguna manera deriva en la vida de cada uno de ellos o viceversa. El caso es que no estamos siempre en la ambulancia persiguiendo borrachos o llevando al hospital gente que se ha introducido una zanahoria en el recto o disparates por el estilo. Incluso se desprende que eso no es el motor de las historias que suceden en los escasos capítulos. Cada personaje tiene su vida del revés y de alguna manera la cosa evoluciona hasta el enfrentamiento inevitable con ello, maravillosamente mostrado en el último episodio.

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Todos son, a su particular manera, unos perdedores natos. No tienen ni atisbo de glamur ni son héroes, tan sólo hacen su trabajo con cierta eficiencia mientras pasan el rato como mejor pueden. Y a pesar de su humor socarrón en ocasiones y otros tan negro, los mejores momentos son aquellos en los que se aprecia  una mirada tierna por los personajes. Ellos, que miran con asco y desprecio al mundo, lo único que quieren es encajar de alguna manera en él.

Tan divertida como tierna, es difícil olvidar a sus principales protagonistas. El trío de paramédicos y la policía son de esos personajes tan patéticos y graciosos a su pesar que uno acaba por sentirse identificados con ellos.

A la deriva, deseando encontrar la felicidad como meta y no como camino, pasando el rato y tratando de no tomar ninguna decisión que pueda resultar peligrosa o dolorosa, así son Stuart, el cínico y perdedor protagonista, Rachid, el novato paramédico de origen alauita en prácticas (grande como siempre Kayvan Novak, uno de los grandes cómicos británicos, aunque encasillado desde Four Lions), Ashley (Richard Madden, Aka Robb Stark), mejor amigo de Stuart con miedo al compromiso siempre de cama en cama de hombres negros o arquetipos homosexuales y Maxine, la dura policía deseosa de que alguien la quiera. Siempre dando vueltas por la ciudad esperando algún milagro. Como todos.

Una serie genial en su humor y maravillosa en cuanto a personajes. Unas pocas pinceladas para definirlos, un poco de patetismo con unas gotitas de ternura y ya lo tenemos. La serie ideal para ver en las fiestas de invierno.

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