Críticas: Tabú

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Miguel Gomes firma con Tabú una desafiante, compleja, sensible y sentida historia de amor y desamor en dos marcos temporales y espaciales. Mirando la pureza del primer cine pero yendo más allá de un simple ejercicio de forma.

Con la mirada perdida, un explorador colonial permanece inmóvil en medio de una selva mientras varios indígenas pasan a su lado. La huida hacia adelante de un hombre atormentado por la trágica muerte de su joven esposa, viajando por medio mundo, adentrándose en territorios inhóspitos en donde encontrar la muerte que lo reunirá con su amor eterno es narrada al espectador mediante una voz en off que pone las palabras a lo que esconden unas evocadoras imágenes. Las mismas que parecen arrastrarnos a otro tiempo y otro lugar. Al de un tiempo histórico, obviamente, pero también al de un tiempo cinematográfico. La textura de la imagen, el blanco y negro o el formato 1.37:1 coquetean con el primer cine desde la distancia y la autoconsciencia del posmodernismo. El de la aventura, las grandes pasiones y los grandes géneros cinematográficos. Aquel que apela a los territorios de la imaginación, a la capacidad de transportar al espectador a otros momentos y espacios, haciéndole fantasear con apasionadas historias de amor o reflejarle, en última instancia. El del romanticismo y el exotismo de la propia Tabú (Tabu: A Story of the South Seas, 1931) de Murnau,  referencia directa en la nueva película de Miguel Gomes. En definitiva, el de un paraíso cinéfilo y vital. El suicidio en fuera de campo del explorador en las fauces de un cocodrilo y la espectral y romántica imagen del espíritu de la esposa junto a éste permanecen a la espera, en letargo, en ese salto hasta la Lisboa actual, aguardando a que Gomes los vuelva a recuperar, en espíritu, para la segunda parte de su Tabú particular.

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El paraíso perdido, el de la alienación vital, el de la pérdida de la ingenuidad y el de la crisis política, económica y social es el que va a vertebrar un presente gris protagonizado, apática e inexpresivamente en dos de sus componentes representantes de esa contemporaneidad, a través de nuestro trio femenino. Por un lado Pilar, una solterona de mediana edad que rehúye el amor a la vez que experimenta una tremenda necesidad de cariño; por el otro Aurora, una misteriosa anciana de oscuro pasado, vecina de Pilar; y en medio, el desubicado y un tanto anacrónico personaje de Santa, una mujer de procedencia africana que está al cargo del cuidado de Aurora. Sin embargo, la continuidad en la utilización del formato, el blanco y negro y ciertos detalles diseminados por el relato (la decoración del piso de Aurora, las palmeras de un parque de Lisboa, la hiedra que decora el aeropuerto, los extraños sueños que Aurora narra a Pilar…) subrayan un diálogo directo entre pasado y presente. Entre el colonialismo y la decrépita y actual realidad de occidente, entre el primer cine y su forma de entenderse hasta la autoconsciencia de la contemporaneidad. Así, el personaje de Pilar y su drama existencial parece anclado a los relatos de la posmodernidad y su interés por los tiempos muertos, la de la cotidianidad, el de la ciudadana de a pie o el de la simple espectadora; mientras que Aurora parece representar un personaje delimitado por los puramente clásicos cánones cinematográficos. Su pasado marcado por la magia de un lugar exótico y las pasiones y sufrimientos de un amor prohibido constituyen los pilares del melodrama por excelencia. La aparición de otro misterioso y anciano personaje que parece conocer muy bien a Aurora, el señor Ventura, va a ser clave para descubrir el pasado de ambos personajes en los exóticos parajes de las colonias portuguesas de África en Cabo Verde. En brillante momento clave de la película, apelando a los mecanismos de la memoria, Ventura empieza a evocar la misteriosa y desconocida historia de amor y tragedia que unió a la pareja. Ella, una joven aventurera, eminencia en la caza mayor y bien posicionada económicamente. Él, un joven trotamundos miembro de un grupo musical en plena ascensión. Sentados en un café de un centro comercial, en sillas que parecen remitir a un pasado colonial y rodeados de un escenario selvático de cartón piedra, el ruido de la urbe contemporánea se enmudece bruscamente para dar paso a los sonidos de la jungla. Casi sin darnos cuenta, con un ligero travelling lateral, el primer plano de un anciano Ventura y el trabajo con el sonido y la escenografía, el pasado se ha adueñado progresivamente del presente. A partir de aquí, su autor, propone la recuperación de ese pasado a través de lo cinematográfico. Con formas que remiten al cine mudo, sin serlo, los personajes hablan, pero no los escuchamos. Sus palabras son sustituidas por la delicada y lírica narración del señor Ventura mientras imaginamos a Santa y Pilar escuchando con escrupulosa atención. Tan solo un caprichoso sonido ambiente prevalece sobre las imágenes. La evocación de un recuerdo tiene algo de cinematográfico, lo ficcionado siempre juega su papel y la frontera entre realidad y ficción se vuelve difusa.

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Así, Tabú se configura como un espejo desde donde el pasado refleja el presente y el presente refleja el pasado. Desde un lado del reflejo, Pilar llora desconsoladamente mientras visiona una película que nunca vemos al ritmo del Tu serás mi Baby de Les Surfs. Al otro lado del espejo, la de la segunda parte de Tabú, la escena se explicita mientras una joven Aurora llora por ese amor que desafía todas las convenciones sociales mientras escucha esa misma canción en un viejo tocadiscos. Gomes, en su reivindicación por lo ingenuo, la magia y el fascinante poder del relato y de la ficción mirando al cine de los pioneros, termina defendiendo la necesidad de recuperar parte de esas constantes en un marco actual representado en esa pérdida del paraíso que protagoniza Pilar, viva metáfora del presente. La insistencia de Aurora en inducir a Pilar para que ésta cambie un cuadro abstracto (regalo de su eterno pretendiente) que cuelga de su pared por una pintura paisajística, figurativa y un tanto naïf subraya parte del aparato discursivo del film. Por eso no es casual que la película termine con ese primer plano de un cocodrilo. El mismo que reunió a aquel explorador con su desaparecida esposa. El mismo que dio lugar a esa apasionada historia de amor entre Aurora y Ventura. El mismo que hizo resucitar ese paraíso perdido.

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