Críticas: Hitchcock

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Sacha Gervasi presenta… Hitchcock.

La película muestra sus cartas ya desde el cartel: un Anthony Hopkins convertido en figura de cera con el cuchillo de Psicosis en la mano y agarrando a una elegante Helen Mirren por la cintura, sin que ninguno de los dos actores tenga primacía sobre el otro.

Anthony Hopkins calca la voz y el gesto públicos del maestro del suspense. Como en esos programas de la tele en que se imita a las celebridades, el camaleón escénico modela su actuación sin descuidar detalle alguno, pule pose y tono: de tanto cincelar compone una naturaleza muerta. Quizás el reto era excesivo. Hitch es, en sí, icono y mito; quizás por ello sea inimitable. Con él no sirve el karaoke. Para dar vida a Hitch en la pantalla, no basta con la copia, por muy exacta que ésta sea. Es necesario recrear el personaje.  No basta con reproducir la superficie y barnizarla. Sería preciso arrancarle la máscara al icono, zambullirse en su interior, asumir el riesgo de estrellarse.

La cinta es una pasarela por la que desfilan los lugares comunes que hay en torno al director: detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, ninguna rubia de Hitch está a la altura de su Alma (con y sin mayúscula), Hitchcock es Scottie (el personaje central de Vértigo), Psicosis cobró vida en el montaje, Hitch era un celoso compulsivo (la intensidad de Janet Leigh, en la famosa escena de la ducha, es provocada por un ataque de celos de sir Alfred), el orondo director fagocitaba a sus actrices, era un voyeur morboso y penetrante (¿qué gran cineasta no incurre en ese vicio?)…

HITCHCOCK

Por si la dosis de tópicos no fuera suficientemente generosa, James D’Arcy no representa a Tony Perkins: se limita a hacer de Norman Bates.  Scarlett Johansson nos ofrece una Janet Leigh ingenua y explosiva (“sus pechos son tan grandes que ha sido todo un reto no mostrarlos”, se dice ya en el mismo tráiler de la cinta). Como era de esperar, destaca Helen Mirren, por dos motivos esenciales: es una actriz extraordinaria y Alma Reville (la mujer de Hitchcock) era una persona no muy conocida para el público, por lo que el margen interpretativo/creativo es amplio y fértil.

El guión contiene réplicas y frases ingeniosas, sobre todo en boca del maestro (los diálogos, más que articular la relación entre los personajes, se dicen de cara a la platea; como en las sitcoms, a menudo dan ganas de poner aplausos y risas enlatados).  Pero a Hopkins –y a Sacha Gervasi– les falla la mirada. Y es que el genio de Hitch está en ese mirar que lo hace diferente. En el destello perverso y juguetón de sus pupilas, diminutas, en medio de su rostro ancho, redondo y adiposo. No hay, en esta cinta, atisbo de esa luz inigualable (no sé si por falta de talento o de bemoles). Ni un solo trazo de cine genuino, nada que nos haga sentir el instante de magia en que la idea se hace carne y se transforma en emoción estilizada; nada que conjure los momentos especiales de Psicosis, nada de su alquimia. Tan sólo retazos de cine complaciente, gotitas de arte sin espinas (o de espinas debidamente limadas y embotadas), algo así como pescar un tiburón en la piscina de un chalé.

En la película Remando al viento, de Gonzalo Suárez, Lord Byron le dice al personaje interpretado por  Liz Hurley: “En las profundidades del lago hay cieno y malas hierbas, pero cuando miras su superficie sólo ves tu propio reflejo. Así es exactamente  como tú eres, Claire.” Muy similar es la visión que tengo del Hitchcock de Gervasi. En vez de bucear por el pantano de sir Alfred (aun a riesgo de quedar atrapado en el limo y las arenas movedizas, como el automóvil en la marisma de Psicosis), Gervasi se conforma con nadar en la piscina de Alfred Hitch.

Hitchcock

Parafraseando a Umbral cuando habla de la prosa de Azorín, Sacha Gervasi no dirige mal ni bien, largo ni corto, claro ni oscuro, superficial ni profundo. Gervasi dirige cobarde. Un entretenimiento digerible, pero que nadie espere aquí el cuchillo verdadero de Psicosis.

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