Críticas: El vuelo (Flight)

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CAH El vuelo portada

¿Conseguirá Denzel Washington aterrizar la nueva película de Robert Zemeckis?

Un avión que se deshace a pedazos y vuela boca abajo cae del cielo. Lo que podría ser una tragedia se convierte en un aterrizaje milagroso en el que apenas hay fallecidos. ¿Obra divina? No, más bien obra de Whip Whitaker, el piloto, que con sus maniobras es quien consigue tal proeza. Pero poco tiempo tendrá Whip de disfrutar de su papel de nuevo héroe americano, ya que al poco tiempo del accidente se descubre que había bebido antes de ponerse a los mandos del vuelo. Y tal vez no es la primera ocasión. Tras 12 años, concretamente desde que rodara Naúfrago, dedicándose al campo de la animación, el director Robert Zemeckis vuelve al cine de carne y hueso con un melodrama hecho a la medida de su protagonista, Denzel Washington. Una historia de autodestrucción y redención bien llevada pero bastante tópica, que empieza bastante mejor de lo acaba.

Y es que el comienzo de El vuelo nos hace pensar que Zemeckis ha vuelto al cine “real” por la puerta grande en lo que a realización se refiere, abriendo su película con una de las escenas aéreas más espeluznantes de todos los tiempos, con gran manejo de la acción, y un increíble realismo, no se notan en absoluto los efectos digitales. Sin embargo, cuando este momento pasa, durante el resto de la película, exceptuando alguna escena aislada, como el angustioso plano fijo de la botellita del minibar del hotel, la realización de Zemeckis es más bien comedida, no se luce en ningún sentido. Tal vez su mayor logro sea la eficaz utilización diegética de la estupenda selección de temas musicales, entre los que encontramos Joe Cocker, Barenaked Ladies, Red Hot Chilli Peppers, los Rolling Stones o Bill Withers, pensado para definir situaciones, personajes y estados de ánimo. Más convencional es la música original de Alan Silvestri, que queda reducida a los momentos más trágicos.

CAH El vuelo 2

Al principio también parece que la película va a tratar temas morales y éticos de manera ambigua y compleja, pero acaba siendo un drama rutinario sobre la adicción. No resulta tan sorprendente si tenemos en cuenta que su guionista, John Gratins, ha escrito Hardball, Coach Carter o Acero puro, películas todas con el mismo mensaje de superación personal, plagadas de tópicos del género. El vuelo sigue esa línea, aunque destaca en un principio sobre las otras por ser más dura y desencantada, sin mostrarse lastimera ni compasiva con un protagonista inmerso en una espiral de autodestrucción en la que él mismo se ha metido, y de la que, por mucho que proclame lo contrario, no puede salir. Más bien le obliga a enfrentarse a sus demonios y a asumir las consecuencias de sus actos (aunque al final lo acabe haciendo con una declaración francamente previsible y manida). Ese poso de amargura es la peculiaridad de la película, y por ello su moralista conclusión vendida a la sensiblería más rancia, buscando la lágrima fácil del espectador, resulta tan decepcionante.

La historia está hecha por y para el lucimiento de Denzel Washington, que hace un buen trabajo, pero eso ya no es una sorpresa, él es un buen actor, y aquí al menos podemos verle en un papel un poco diferente al que lleva interpretando desde hace por lo menos diez años. Pero de ahí a entrar en el quinteto de nominados al Oscar en un año como este, plagado de interpretaciones brillantísimas, resulta exagerado. Por lo menos podemos decir que Washington representa a una persona adicta al alcohol de manera muy contenida, como él suele hacer, sin excesos. Junto a Washington, tenemos todo un elenco de secundarios de categoría, empezando por Kelly Reilly, posiblemente la actriz más desaprovechada actualmente. Todo lo que tiene que ver con su personaje, que además al principio desvía de la trama principal de manera innecesaria y molesta, sobra, incluida la (cómo no, obligatoria) historia de amor con el protagonista. Mejor parados salen el siempre correcto Don Cheadle, un John Goodman perfectamente divertido en sus dos apariciones, o Melissa Leo, que nos ahorra por una vez su insoportable histrionismo y está absolutamente comedida es su corto papel.

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El vuelo se ve bastante bien casi todo el tiempo, ya que estamos esperando que nos ofrezca algo diferente, pero cuando, en su último tramo, descubrimos que no va a ser así, todo el engaño se viene abajo. Es una película que quiere ser profunda, y que resulta ser de lo más superficial en su simplista lección de que las drogas y el alcohol son muy malos, y que para encontrar el buen camino debemos buscar la ayuda de Dios. Ese Dios al que habrá que encomendarse cada vez que subamos a un avión, porque está visto, y ese es el mensaje que a mí más me llegó tras ver la película, que en las personas y en las máquinas poco se puede confiar.

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