Críticas: Amor (Amour) (II)

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CAH Amor

Llevando a sus personajes y al espectador al límite de lo soportable, bajo un clima enrarecido, Michael Haneke elabora en Amor un magistral, sentido, lúcido y sensible retrato de la vejez. En él se pregunta sobre los límites del amor y hasta dónde es capaz de llegar el ser humano.

La solidez de un consolidado matrimonio burgués formado por George (Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva), antiguos profesores de música, será puesta a prueba cuando ella empiece a sucumbir ante los estragos de la demencia, acentuada por una fracasada operación que ha dejado paralizada una parte de su cuerpo.

Con su estructura circular, Amor empieza situando al espectador al final de un viaje, el de la vida. Una estampa realmente inquietante, profundamente instalada en los universos reconocibles de su máximo responsable, Michael Haneke. Es la de una muerte descontextualizada, sorpresiva tanto para quienes la descubren en la ficción como para un espectador todavía en fuera de juego. Esa casa, las paredes limpias, el minimalismo de las estancias, la luz que entra por las ventanas e incluso el inerte cuerpo de una anciana cubierto de coloridos pétalos de flores a la que el fin hace tiempo le llegó, parecen imágenes instauradas en un mundo onírico. Sin embargo, la violencia de los bomberos al entrar en la vivienda, el olor que se percibe observando los gestos de los personajes, una misteriosa puerta precintada con cinta aislante o los movimientos de esa cámara inquieta que descubre el cadáver de la anciana resalta el contraste entre lo que vemos y lo que realmente se esconde detrás de la escenografía de una supuesta muerte soñada. Sabemos el final pero, obviamente, no es eso lo que importa. A continuación, nunca de manera casual, el título de la película y el de su director, separados por ese prólogo, se visualizan en pantalla sobre un fondo negro. Sostenido en su duración, el plano fijo general de una platea repleta de gente que parece mirar directamente al espectador conduce, con cierto humor, hacia los terrenos de lo metacinematográfico cuando una voz recuerda a los asistentes silenciar sus aparatos móviles. Entre todos ellos se encuentran Georges y Anne, nuestro matrimonio protagonista, a quienes cuesta distinguir entre el gentío. Comienza la película y con ello, la obsesión por la interioridad, lo que se esconde tras las apariencias y las convenciones de una sociedad volverán a marcar las pautas identificables del nuevo film del director austríaco.

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Este nuevo experimento va a responder a la pregunta fundamental planteada por Haneke: ¿Cuáles son los límites del amor? ¿Hasta dónde es capaz de llegar alguien en su nombre? Por su tortuoso camino, su autor pone a prueba a sus personajes, pero también al espectador. Porque si Funny Games (Ídem, 1997) era una respuesta ante lo gratuito de la violencia de cierto cine procedente de Hollywood, Amor, parece ser la respuesta ante la sensiblería, la artificiosidad y la manipulación de cualquier producción mainstream que se atreva a adentrarse en los lugares que el director de La Pianista (La Pianiste, 2001) revisita bajo su prisma particular. Eludiendo la juventud, Haneke ubica su meticulosa lupa en la vejez, la parte final de la vida y se pregunta qué queda del amor cuando un inesperado drama sacude los cimientos de un aparentemente feliz y acomodado matrimonio. Pero también se permite focalizar su atención en la relación paternofilial con el personaje de Eva (Isabelle Huppert), la distanciada hija del matrimonio, un ente externo absolutamente ajeno a la cotidianidad de sus progenitores, cómo la situación afecta progresivamente a esta y cómo va evolucionando su personaje en función de su disposición en el plano, permitiendo revelar oscuros recovecos tras tantos años de matrimonio.

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Apoyado por un dúo actoral en estado de gracia y haciendo gala de una frialdad expositiva contundente en base a una planificación donde el plano fijo, el dominio del encuadre, las elipsis o el trabajo con el espacio (el protagonismo que adquieren las estancias y los objetos en una narración que no sale de ese piso) son la muestra palpable del reflexionado uso del lenguaje audiovisual que su autor despliega en cada una de sus obras; Haneke retrata el doloroso proceso de desintegración físico y mental en las carnes del octogenario matrimonio. De ella, obviamente, pero también de él, quien carga con parte del punto de vista del relato. El del miedo, el del calvario de alguien que ve resquebrajarse sin vuelta de hoja los sólidos pilares de su estabilidad emocional. Porque sin pretender serlo, Amor es a veces una película de terror. Los puntos de fuga oníricos integrados sin discontinuidad que se distribuyen a lo largo del relato constituyen la materialización fílmica del miedo atávico, la pesadilla, el inconsciente de George ante los primeros momentos en los que afrontar la nueva realidad de Anne para, acto seguido, actuar como la expresión del anhelo de un deseo. Una proyección que, finalmente, establece contacto con el personaje, interactúa con él y determina su nueva situación en la ficción. Haneke logra, sin embargo, capturar los instantes, los detalles y las miradas tras los silencios que configuran ese amor escondido bajo lo pequeño, lo cotidiano, la realidad de la verdadera esencia del amor, construyendo así una película repleta de ternura y lúcida sensibilidad sin que por ello deba renunciar a sus constantes como autor. Porque aunque parezca mentira leyendo su sinopsis, Amor vuelve a violentarnos tanto como las inquietantes y misteriosas cintas de video de Caché (Ídem, 2005) o los extraños incidentes de La Cinta Blanca (Das weisse Band, 2009), compartiendo con ellas un reconocible clima opresivo, malsano, enfermizo y de una violencia contenida que amenaza con estallar en cualquier momento.

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Lejos de afanes tremendistas y libre de juicios morales, el llevar tan al límite sus personajes, el tratarlos con escrupulosa verosimilitud, en el que el gesto y la mirada sustituyen las vacías palabras; le permite al director indagar con profundidad en el interior de la psique humana y, sin temblarle el pulso, enseñarnos al ser humano en su delicada complejidad y contradicción, absolutamente desnudo, desbordado, temeroso, inseguro y sorprendido ante actitudes que afloran con violencia en aquel que está en el límite, a un paso de perder la cordura, puro instinto de supervivencia. Por esa misma razón, Amor resulta una película tan estimulante e intensa como profundamente dolorosa de ver. El distanciamiento y el escrupuloso alejamiento de cualquier tipo de efectismo no producen en el espectador, sin embargo, una antipatía por sus personajes. Más bien al contrario, siendo doblemente loable la empresa de su autor por la sinceridad y la inteligencia con la que es abordada. Y muestra que algo tan insondable como el amor y la muerte no entienden de clasismos. De ahí que un drama como el que torpedea la línea de flotación de este matrimonio, se instale en el seno de un matrimonio burgués, ambos profesores de música en una película sin música, dolorosa y compleja, bella y tierna, desde la honestidad, como la vida misma.

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