Especial Críticas: The Master (y III)

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CAH The master

Ponemos fin a nuestro viaje especial por Paul Thomas Anderson y The Master.

El Maestro, La Causa, El Libro I, El Libro II… Así de simple es la retórica de la secta fundada por Lancaster Dodd, el pope retratado en esta cinta. Un desfile de mayúsculas enmarcadas en una sonrisa Profident. Philip Seymour Hoffman borda el personaje, con su presencia a un tiempo encantadora y repulsiva, y, sobre todo, usando los recursos de una voz excepcional.

Joaquin Phoenix, por su parte, da vida a Freddie Quell. Se zambulle tan de lleno en su papel que cuesta distinguir si lo que vemos es persona o personaje. Más que interpretar a Freddie, es Freddie. Sentimos sus angustias y ansiedades a golpe de primeros planos brillantes e invasivos.

Paul Thomas Anderson aborda el espinoso tema de las neo-religiones. Aunque no llega a mencionarse expresamente la Cienciología, es un secreto a voces que Lancaster Dodd se inspira en L. Ron Hubbard. Inquieta (pero no llega a sorprender) que un hombre con tal temperamento haya sido el guía de una institución con miras espirituales. Hay quien sostiene que el director elige ser equidistante y objetivo, pero para mí resulta obvia su mirada acusadora: Dodd pierde los papeles a menudo y se nos muestra como un charlatán de inspiración irregular. Sus terapias rituales recuerdan, por lo disparatado, a la psicomagia de Alejandro Jodorowsky. Ambos ensalzan la risa –en eso coincidimos– pero no sé si hacen gala de tan buen humor como predican. Desde luego, parece que se toman a sí mismos muy en serio.

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Formalmente, abundan los planos cenitales, pausados, virtuosos, tan acordes con el estilo solemne del cine de Paul Thomas Anderson. La presentación de Freddie Quell es excelente: un trozo humano de carne roto por la guerra, obsesionado por el sexo y alienado, cuya tópica vía de escape es la bebida. Perdido, derrotado, se encuentra con Lancaster Dodd. Advierto en la construcción de ambos personajes una simbiosis más allá de la relación entre discípulo y maestro, como si Freddie fuera el álter ego desatado e indomable de Lancaster. La comunión entre los dos es mucho más profunda que la que existe, por ejemplo, entre Lancaster y su hijo natural. En cualquier caso, con ese par de monstruos en escena, el drama está servido.

Freddie elabora (y consume) un cóctel explosivo (da la impresión de que improvisa la mezcla cada vez, igual que Dodd cuando plantea preguntas y ejercicios de psicoterapia) y se dedica a hacer fotografías en un centro comercial. En cierto momento, al disponerse a retratar a un típico burgués, le acerca más y más los focos, hasta casi achicharrarlo. La cosa acaba en bronca, por supuesto. Pero lo que me interesa de la escena, es que lo que hace Freddie con su cliente se asemeja a lo que hace P. T. Anderson con el propio Freddie. La cámara carece de pudor y lo arrincona de forma compulsiva. Nos enseña, muy de cerca, su alma desquiciada.

Freddie, además, retrata a Dodd. No sólo lo fotografía: él mismo es un espejo sucio delante del Maestro. Este juego de retratos y reflejos me parece esencial en la película. Más allá del contexto –la secta–, la clave está en el intercambio de miradas entre los dos protagonistas, que configuran un personaje doble excepcional: Dodd y Freddie se desnudan mutuamente.

Los secundarios cumplen –Laura Dern y Amy Adams lucen con especial intensidad. La fotografía raya a gran altura. La narración avanza con medida parsimonia. Todo está cuidado hasta en el mínimo detalle. Dos escenas paralelas subrayan el camino circular de Freddie en la película: el primer interrogatorio que le hace Lancaster Dodd en el barco (ahí, el gurú desborda de carisma) y la parodia de esa misma escena, en la que es Freddie quien repite las preguntas a un ligue ocasional. Las enseñanzas del Maestro han pasado de ser promesa curativa a mero juego erótico-festivo. Alcohol y sexo, antes y después de su periplo por La Causa. ¿Acaso hay redención?

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PTA domina los recursos de su estilo. The Master tiene calidad. Pero su cine no acaba de llegarme. La cinta pierde fuelle y fuerza a medida que avanza el recorrido. Nos atrapa, de entrada, con la estampa de Quell y el drama de su psique devastada. Logra interesarnos con los pormenores de su relación con el líder de la secta. Pero, poco a poco, la historia deja de importarme. Al acabar, me siento frío, tan frío como ese soberbio plano del recinto inglés en que Lancaster Dodd recibe a Freddie. La inmensidad oscura de la sala aleja a Freddie del Maestro. Y yo me alejo de su cine.

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