Críticas: La città ideale

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Luigi Lo Cascio se estrena en la dirección con La città ideale. El título remite, por un lado, a la polis soñada por Platón y, por otro, a Siena, ciudad de arquitectura armónica y perfecta, ciudad de Palio y geometría.

Michele Grassadonia es más ecologista que arquitecto. Ni fuma ni utiliza agua corriente. Le indigna el despilfarro y vive en una red de normas autoimpuestas. Hasta que un día, se da de bruces con la Ley.

La película plantea un dilema muy propio del estado de derecho: ¿qué es preferible, la verdad o la victoria? En leyes, la victoria es ley; la verdad es, a lo sumo, un adorno irrelevante. Michele no entiende esa aritmética, ni lo oportuno de la fórmula Miranda: “Todo lo que diga puede ser utilizado en contra suya.” Se va enredando en su discurso y, mientras habla, la tela de la araña judicial lo atrapa con más fuerza.

Lo Cascio contrapone el orden, algo neurótico, de la ciudad de Siena, con el caos de Palermo. Al menos, en teoría. Yo no logro sentir ese contraste, salvo en el letrado Scalici, interpretado de forma magistral por Luigi Maria Burruano. El abogado siciliano, con su presencia y voz, está entre lo mejor de la película. Transmite más que todos sus colegas sieneses.

Como en Buongiorno, notte, el protagonista tiene, de tanto en tanto, alguna ensoñación. Intuyo que Lo Cascio ha tomado ese recurso del film de Marco Bellocchio. También hay algo de El quimérico inquilino, de Polanski, en la composición del personaje principal (aunque la neurosis de Michele no llega hasta el delirio).

Las pinceladas de humor funcionan sólo a veces. No entiendo el rol de la mujer jirafa en esta historia. La dirección es sobria, funcional. La trama clásica del falso culpable se sigue con agrado, pero el ambiente kafkiano no está del todo conseguido. El dilema moral se plantea en términos algo infantiles (la pregunta con la que concluye el film es tan directa y obvia que chirría) y se echa en falta más metraje siciliano.

Cuando Michele se sienta a contemplar el panorama sienés, sentimos que a Lo Cascio se le escapa su verdadera geometría. La catedral de la Asunción preside la ciudad desde lo alto. Y, en torno, se despliega el color tierra de las casas.

Abajo –no la vemos– queda la Piazza del Campo, sede del Palio, la célebre carrera medieval. Un caballo –emblema de Siena– será una de las claves de la historia (o eso parecía, porque finalmente, da la impresión de no ser sino un MacGuffin). La serpiente de calles enroscadas que nace de la plaza no se percibe en la película. Sospecho que Lo Cascio quería utilizar su arquitectura –un laberinto de orden– como metáfora del sistema judicial. Un laberinto perfecto –mar de calles y de leyes– en que naufraga el individuo: el hombre no está hecho para el ideal. Una mala coincidencia basta para situarlo al margen de la Ley.

Por algo Platón expulsó de su República al poeta.

En contraposición, el caos de Sicilia posee la calidez de lo imperfecto. La llegada de Michele –o de Lo Cascio– a su ciudad natal, lo devuelve a sus raíces. Especialmente en la preciosa escena en que se sienta en el lugar que ya ocupara su difunto padre.

Veo en La città ideale destellos de buen cine y, por debajo, el potencial de un film mayor. Luigi Lo Cascio firma una primera obra digna y ambiciosa, pero no llega a deslumbrar.

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