Críticas: El lado bueno de las cosas

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Fotograma de El lado bueno de las cosas (Silver Linings)

Ganadora del Festival de Toronto y de los Satellite Awards, es momento de sentar en el diván a una de las máximas candidatas a los principales premios del año.

Vivimos en un mundo designado por etiquetas, un mundo loco que al parecer únicamente cuadra y es cuerdo a los ojos de los más desequilibrados. De aquellos que han tocado fondo y se han quedado sin nada… ni siquiera con uno de los bienes más preciados, gratuitos y universales: el amor. David O. Russell vuelve a inmiscuirse en el ámbito dramático familiar, después de la exitosa y premiada/nominada The Fighter, para lanzar una nueva lección de humildad y consecuencia. Da lo mismo que el director de Flirteando con el desastre se enfrente a un filme basado en hechos reales o una adaptación literaria —en este caso de Matthew Quick, autor de ‘Un final feliz’—, siempre llevará el material dramático a terrenos cinematográficos y narrativos propios.

Fotograma de El lado bueno de las cosas (Silver linings playbook)

En El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook) juega con absoluto control y sentido del tiempo y la elipsis con la comedia dramática romántica. Ya lo hizo incluso mejor en esa locura hecha película y titulada Extrañas coincidencias, apartada y menospreciada por público y crítica. El propio O. Russell sabe y es consciente que corretea en ese mundo de etiquetas en el que tendrá que pasar por plataformas y sendas vistas-y-repisadas hasta la saciedad y lugares comunes del subgénero sensiblero. Conoce de antemano que tendrá que finalizar su película con un beso y un travelling circular, que deberá tensionar la narración con un anticlímax para hacer palpitar más fuerte nuestros corazones, que estará a obligado a endulzar una historia cruda y con los condimentos que proporcionan la superlativa química entre los esplendidos y sobresalientes Bradley Cooper y Jennifer Lawrence. Pero el director no esconde nada y se lanza al abrazo de una peculiar ‘show movie’ —o su entrepierna—. Se formaliza, aparte de ser la resolución a los conflictos de sus personajes, sobre la necesidad de tener ‘un final feliz’ contraponiendo elementos en el guión como ‘Adiós a las armas’ de Hemingway y ‘La costa de los mosquitos’. Sobre todo en esa frase con la resume Tiffany (Lawrance) la novela de Paul Theroux y que da título y sentido a la propia película: «Humanity is just nasty and there’s no silver lining». En ese resquicio de esperanza en un mundo asqueroso y falta de humanidad decide navegar O. Russell a través de sus errantes personajes, náufragos de un mundo que les ha apartado a una isla emocional perdida.

Fotograma de El lado bueno de las cosas (Silver linings playbook)

El director y guionista deja que la elipsis en los ensayos y la suma de los elementos, a lo Olive y su abuelo en Pequeña Miss Sunshine, nos den una impresión esquiva al número gran final. Como si nos convirtiese y nos designara al punto de vista de los propios padres, amigos y familiares que presenciaran atónitos el resumen de la propuesta. Tendremos la cena romántica menos romántica de la comedia romántica, sexo y pasiones orales con dos de los intérpretes más sexys del panorama internacional que hacen creíbles y humanos sus papeles, persecuciones y escapes en plena calzada y una curiosa puesta en escena desde la transformación de los personajes en sus prendas de vestir —del luto al radiante blanco, de la ropa-fanática-informal-deportiva-con-bolsa-de-basura-por-bandera a la elegante etiqueta— hasta una fotografía enmarcada del bipolar protagonista por los suelos. Pero, aparte de la perfecta encarnación de un puñado de excelentes secundarios y un brillante De Niro, el filme realiza paralelismos entre las salas comunes de los psiquiátricos y los salones familiares norteamericanos. Como si los propios espectadores nos convirtiéramos en pacientes de una terapia de grupo hecha película. Presenciaremos que la locura en un mundo de locos y fanáticos por los deportes y las apuestas ilegales y agresivas terapias con heavy metal para mantener a raya el estrés, es simplemente una etiqueta. Un designio que la sociedad aplica a sus manzanas podridas para reafirmar su cordura por impropia que sea en eventos y fanatismos deportivos, con o sin ‘yuyu’ por medio.

Tal vez una pizca de locura sea la resolución para plantar cara a un mundo loco y caer en la mentira y el amor la mayor de las medicinas. Deseamos creer en algo y seguir la corriente a esa locura que es la vida. O. Russell nos vende la farsa como terapia para que el espectador en esta oscura etapa de crisis aplauda ante un simple aprobado. Una fábula y alegoría de los tiempos que vivimos sin moralina innecesaria como sucedía en el caso de Win Win (Ganamos todos) de Thomas McCarthy. Porque en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook) el truco es el propio público: juez y verdugo de su propia locura y cómplice de la mentira que se proyecta delante de sus ojos.

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