Gijón, día 3

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Tercer día en el FICX, lluvia y multiculturalidad se adueñan de la ciudad.

Día multicultural ayer en el FICX, tocaba visitar la cinematografía de varios países, desde Israel, muy presente en el certamen de este año lo que ha originado diversas protestas de las asociaciaciones pro palestinas, hasta la lejana Australia, pasando por la siempre innovadora en esto del cine República Checa, día también para constatar que AnimaFICX es la mejor sección del Festival y el mayor (hay deslenguados que dicen que el único) acierto de la nueva dirección. Un día, en resumen, definitivamente interesante aquí en el lluvioso norte.

Érase una vez un país surgido del sentimiento de culpa de un continente ante el casi exterminio del pueblo que una vez habitó su territorio, un país que conoció la guerra desde el mismo momento de su nacimiento como estado, un país forjado por el sueño de jóvenes pioneros que huyendo de la pesadilla nazi crearon kibbutz, granjas colectivas donde el trabajo y los bienes eran repartidos de forma equitativa entre sus miembros. Apenas 60 años después de su nacimiento, ese país que ahora se lleva por delante la vida de niños con el pretexto de que mañana serán terroristas, se muestra tan cansado y superado por la vida como la pareja de ancianos retratados en la película encargada de abrir la Sección Oficial del FICX en su tercera jornada, Epilogue. El fracaso del idealismo que transpira este matrimonio de seguidores de Dov Ber Borojov, ya evidenciado desde la secuencia inicial es, en el fondo, el fracaso del país en su empeño de conquistar el futuro. Mientras transita por estos caminos llenos de significado la película de Amir Manor brilla con luz propia, cuando insiste en subrayar lo que ya nos había contado de manera más soterrada y hábil se pierde en aquello de lo que pudo ser y no fue, vaya, como Israel.

Siguiendo con países, su historia y con utopías fracasadas tocaba ver Alois Nebel, obra de animación rotoscópica (¿se acuerdan de Waking Life y A Scanner Darkly?) en un país con tanta tradición en esto de la animación como la República Checa ¿o deberíamos decir Checoslovaquia?. Precisamente en ese periodo de finales del S. XX donde se produjo el tránsito de una a otra sitúa la película su marco narrativo con referencias, eso sí, al final de la II Guerra Mundial y a la huída/expulsión de los alemanes de los Sudetes que a su vez habían ocupado el territorio tras aquel bochornoso acuerdo de Munich. La cinta de Tomáš Lunák juega y se sumerge en ese flujo temporal para narrarnos un cuento de vejaciones y venganzas, de seres atrapados en bolas de nieve, tan estáticos e inmutables como las vías de tren que son testigos de su tragedia. El gran acierto de la película es el adecuadísimo blanco y negro (no tendría ningún sentido ninguna nota de color contando lo que cuenta), el uso de la niebla como metáfora de la memoria, todo lo referente a su plano formal resumiendo. Una obra, en definitiva, bastante por encima de la media de lo que llevamos visto en el FICX y que subraya que esta sección de AnimaFICX creada por el nuevo equipo directivo es, con mucho, lo más atrayente de este Festival, los aciertos deben ser aplaudidos, ya saben, noblesse oblige.

Para cerrar el día tocaba Snowtown, peli australiana y que nos recordaba a otra que también pasó por el FICX hace un par de años, la inquietante Animal Kingdom. Ambas juegan a deconstruir el entorno familiar, convirtiendo lo que normalmente es refugio y calidez en amenazante paseo por el filo de la navaja, ambas también hacen del retrato descarnado de sus personajes su nota identificativa. En lo que ambas divergen es en sus intenciones y en su capacidad de impacto, si aquélla conseguía que la inquietante Jacki Weaver protagonizara nuestras pesadillas con sus húmedos besos, ésta es más bien un quiero y no puedo en sus pretensiones narrativas. En su obsesión por el feísmo, por la suciedad física como epítome de la suciedad moral de sus personajes las ideas que quizás una vez existieron se diluyen quedándose todo en un viaje en el que no tenemos muy claro cual es el destino, en una imagen acertada representando ¿la nada?. Lo mejor de la sesión es un Daniel Henshall que conforma a un psicópata con carisma, capaz de crear una sensación de cercanía y al segundo siguiente que descubramos en su mirada el brillo atroz del fanatismo. Creo que no nos vamos a ir de cañas con este tipo, no señor.

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