Gijón, día 2

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Resumen de todo lo que dio de sí la segunda jornada del FICX.

Segundo día en Gijón y nos alegra decir que la cosa va cogiendo color, al menos en lo que asistencia ciudadana se refiere. Si el viernes echábamos en falta ese ambientillo característico propio de la Plaza de San Agustín que parecía algo así como un paisaje tomado de un plano de Lawrence de Arabia, hoy se atisbaban algunas colas y algún que otro corrillo cinéfilo, además de la típica chavalería haciendo sus botellones y gritando con el aterrador chillido de los corderos degollados (aún se despierta por las noches escuchándolos, ¿verdad Clarice?). También hay más casilleros de prensa, sin nombre eso sí, que así resolvemos los problemas en Gijón: ¿que la gente murmura que hay menos acreditados? pues ponemos un armario vacío que hace bulto y alguno ni se fijará en si los huecos están asignados, en fin, vaya cojonazos.

PD- Ya tienen nombre los casilleros, nos encanta que nos leais amigos, para mañana una mariscada en La zamorana voy a pedir, a ver si cuela.

The Patience Stone era la película encargada de abrir jornada en la Sección Oficial, la cinta afgana, candidata por su país para optar al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa es valiente en su denuncia de la abominable situación de las mujeres en el país de los talibanes y… ahí se acaban todas sus virtudes, y es que en el film de Atiq Rahimi pesa como una losa su innegable origen literario. Su poco imaginativa puesta en escena, su obsesión por explicitar verbalmente todos y cada uno de los pensamientos de su protagonista someten a la narrativa puramente cinéfila a un coma tan profundo como en el que está sumido el marido de nuestra heroína. Hacer una película es narrar una historia, contar unos hechos utilizando el poder de las imágenes, cuando estos hechos deben ser subrayados continuamente por una voz que los explique y les dé sentido es que algo falla en su conjunto. No sabemos si su director tiene poca fe en su capacidad para filmar o en la nuestra para comprenderle pero es tan arriesgado en su denuncia como conservador en los medios para propagarla, habrá quien opine que viniendo de donde viene y reivindicando lo que reivindica el film debería ser juzgado con benevolencia pero a nosotros ese paternalismo tan occidental nos parece una forma soterrada de racismo, como si el cine afgano, iraní, etc. no pudiera ser capaz de alcanzar cotas más altas algo que es, huelga la aclaración, radicalmente falso.

Resulta curioso como los Festivales acaban creando películas a su imagen y semejanza, hay desde hace muchos años “película Cannes”, hay cintas que asociamos inmediatamente como hijas de Sitges y existen, desde hace no tanto tiempo, “Sundance films”, recopilar estas últimas es algo en lo que el Festival de Gijón estaba especializado y a lo que el cambio en la dirección no parece haber afectado porque Teddy Bear, la película del danés Mads Matthiesen es ante todo e indudablemente un producto 100% Sundance donde obviamente participó, ganando además el premio al mejor director internacional. Seres disfuncionales en lo afectivo luchando por su integración social, tratamiento honesto y sin indeseables excesos emocionales de los traumas de sus protagonistas, búsqueda del realismo narrativo mediante el uso de la cámara en mano… todo en la cinta danesa son rasgos distintivos del sello Sundance y eso es bueno y malo, bueno porque no encontramos nada molesto en su sinceridad y concreción y malo porque tampoco topamos con ningún hallazgo que nos sorprenda. Teddy Bear transcurre con la apacibilidad de un canal de aguas mansas, tan mansas como el amable bonachón de su protagonista del que, pese a su previsible falta de expresividad, algo que en definitiva es necesario para la historia que cuenta, nos acabamos encariñando y que nos ayuda a aprobar este cuento de gigantes apocados y madres dominantes.

En todo Festival tiene que haber una peli “de ésas”, si en Donosti fue la de Castellito (“Kurt cobain is dead”) y en Sitges aquello de El Peix Sebastiano, Gijón ya tiene su película Hors catégorie, la dirige Emilio Ruiz Barrachina que ya apuntaba maneras con su peculiar visión de la vida de Jesús de Nazareth en la chanante El discípulo y rogamos a todos los santos que esta suicida mezcla de drama costumbrista, Freaks de Tod Browning, croqueta tex-mex, cine social de denuncia antimigratoria y postcapitalista, unos 500 tuits de @ifilosofia puesto de ácido hasta las cachas, Mamá quiero ser artista, María, llena eres de gracia, Un hombre llamado flor de otoño y todo ello sazonado con la banda sonora más naif que un ser humano pueda imaginar haya sido concebida con la sanísima intención de no tomarse en serio nada, principalmente a ella misma. La película tiene la sutileza de Gabourey Sidibe tocando la tuba en pelotas a las 5 de la mañana en la sala de cuidados intensivos de un hospital psiquiátrico, detalles tan jodidamente hilarantes como ese Juanjo Puigcorbé travestido para mantener fidelidades maritales que todo debe ser una inmensa broma. Si es así no podemos más que descubrirnos ante la mordacidad y la mentalidad salvajemente kamikaze del amigo Barrachina, que debe ser consciente de la manta de palos que le va a caer y se la trae al fresco… si el tema va en serio, en fin, que Dios nos asista a todos. ¿Un 10, un 1? Yo que narices sé, vaya preguntas que me hace, señora.

3 Responses to Gijón, día 2

  1. Lucía dice:

    A mí lo de que 'La venta del paraíso' esté en Oficial me indigna bastante. No fui capaz de aguantar hasta el final. "Carballadas"

  2. Vix dice:

    Lo en "La venta del paraíso" me dormí un siestón, mi cabeza no daba más de si…de lo peor que he visto en años.

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