Cara o cruz: Reality

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Dos visiones sobre la obra de Matteo Garrone, ganadora del Gran Premio del Jurado en el último Cannes.

Cara por Sofia Pérez Delgado:

Tras haber pasado por diversos festivales, con notable éxito en el Festival de Cine Europeo de Sevilla que se celebra estos días, llega a las pantallas españolas Reality, el último trabajo del italiano Matteo Garrone, director de Gomorra, un fiel reflejo de la era en la que vivimos. La historia gira en torno a Luciano, un pobre pescadero napolitano cuya mayor aspiración es entrar en el programa televisivo Gran Hermano para salir de una vida que a él le parece mediocre. La obsesión enfermiza del protagonista, aquí llevada al extremo para buscar un mayor impacto, es la metáfora de una sociedad en la que sólo importan los valores superficiales, y la notoriedad y la riqueza a toda costa, da igual el motivo. Pero Garrone va más allá de la mera crítica a la cultura televisiva y sus consecuencias, llevando a cabo un estudio sociológico más profundo en torno a la necesidad que tenemos todos de estar integrados y formar parte de un grupo, ya sea como miembro de un reality show o de una comunidad religiosa, para sentirnos completos e incluso engrandecidos. El director vuelve a escoger el estilo hiperrealista de cámara en mano para contar la historia, con un retrato de ambientes casi documental, pero también algunos planos secuencia impresionantes. Cuenta además con un elenco de actores que brillan por su naturalidad, especialmente del protagonista, el debutante Aniello Arena, antiguo sicario de la camorra preso en la cárcel de Volterra (escenario que los hermanos Taviani escogieron para la coetánea César debe morir), condenado a cadena perpetua por el asesinato de dos personas. Sin terminar de ser redonda en su forma, Reality es una película que quiere hacer pensar y crear sensaciones, una historia supuestamente cómica que en su interior esconde una realidad profundamente trágica.

Cruz por Sergio de Benito:

Lo que cuenta Matteo Garrone en Reality no puede resultar más actual y significativo: en estos tiempos el individuo, lejos de rechazar la mediatización de su existencia como sucedía en El show de Truman –o el corto español Te lo mereces (Felipe Jiménez Luna, 1996), de resultado menor pero sospechosamente parecido a la posterior obra de Peter Weir, se aferra desesperadamente a esa posibilidad como tabla de salvación. Aquí se comienza retratando acertadamente, con una lograda estética semidocumental, una realidad social que sirve como perfecto caldo de cultivo para el surgimiento de ídolos de barro construidos a partir de la más absoluta nada. Pero pronto la opción estilística de Garrone, con la que tan buenos resultados consiguió al explorar los suburbios de Nápoles en la notable Gomorra, acaba por revelar un desequilibrio entre forma y fondo que provoca que un punto de partida más que estimulante en cuanto a su contenido se resquebraje. Lo grotesco está muy presente en el retrato de los familiares de Luciano –que le inducen a buscar el éxito fácil– y el concursante al que escoge como modelo, uno de los puntos fuertes, pero al introducirnos en su realidad laboral y la deriva que toma pierde fuelle. Es entonces cuando comienza a malograr el equilibrio entre ambas partes, haciendo que se perciba una burlesca exageración de dicha realidad que no casa muy bien con la triste peripecia del protagonista. Esta perenne indefinición tonal, oscilante entre la comedia costumbrista y el drama social, lastra una propuesta que resulta interesante pero también parcialmente fallida, estirada en exceso y con una secuencia final brillante si la aislamos del conjunto pero que en cierto modo chirría con lo desarrollado hasta entonces.

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