Críticas: Invasor

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La última película de Daniel Calparsoro es una muestra más de las nuevas vías que está explorando el cine español. Siete años después de su última película (Ausentes) y de su periplo por la televisión, vuelve a la pantalla grande el director de Asfalto. Una personalidad importante dentro del panorama nacional, que vuelve a acercarse a la temática bélica como ya hiciese hace diez años con Guerreros, aunque en esta ocasión la historia está abordada a modo de thriller, en la que la guerra de Iraq es más el trasfondo que la protagonista en sí misma. De nuevo estamos ante cine de género con sello patrio, un tipo de producciones que se reclamaban insistentemente desde muchos sectores. Y cada día hacemos más películas en este sentido y las hacemos mejor (en términos generales), pero tampoco acaban de llenar las salas. Más allá de tsunamis y de aventuras animadas de arqueólogos, no parece que ésta sea la fórmula mágica para la impenitente y eterna crisis de nuestro cine; o más bien habría que decir para la industria cinematográfica nacional. Y qué industria, se preguntará alguno, pues tampoco lo sabemos. Algún día tendremos algo parecido, esperemos…

Pero debates, subvenciones y milagros aparte, hablemos de Invasor. Un film que destaca por los nombres que constituyen su reparto, Karra Elejalde y Antonio De la Torre muy por encima del resto en cuanto a nivel interpretativo, y sobre todo por su pulso para las escenas de acción, con una gran labor de realización y montaje. Especialmente bien las secuencias de persecución, con un ritmo trepidante y que consiguen agitar la adrenalina del personal.

La película se desarrolla en dos lugares: Iraq, lugar en el que comienza la historia y a donde a volveremos a través de los flashbacks de sus protagonistas; y la ciudad de A Coruña, sitio de regreso de los soldados, que no de refugio. La interacción entre ambos bloques forman el esqueleto de la trama, estando muy bien tratadas sus transiciones, proponiendo novedosos e interesantes efectos visuales. Sin embargo, y a pesar de mantener bastante equilibrio en su narración en paralelo, el guión acaba por hacer aguas.

Es muy difícil creerse este mundo y contexto en el que intentan adentrarnos. Por un lado está muy atado a la realidad y por otro también es absolutamente inverosímil, y muy “peliculero”. Ésa indefinición no juega a su favor, creando más desconcierto que otra cosa y sin poder entrar de lleno en la atmósfera que genera la ficción. Y tal vez no sea un problema de los hechos que suceden y su verosimilitud en pantalla, también se debe a los personajes. Anteriormente destacábamos a Elejalde y De la Torre por sus interpretaciones,  que consiguen generar interés con sus personajes en el tiempo que están en escena. El primero es principalmente el que más eleva la calidad del film, pero cuya importancia es una espada de doble filo, ya que él representa la cara menos realista de la historia y le sitúa en una orbita muy diferente al del resto de personajes. Es un malvado muy malvado, posiblemente demasiado en este contexto.

La historia peca en muchas ocasiones de maniqueísmo y simpleza en su tratamiento, al topicazo del ejército estadounidense retratado como asesinos despiadados, hay que sumar al personaje interpretado por Bernabé Fernández. Cuya presencia viene a simbolizar el reverso del protagonista, estableciendo una especie de moraleja o mensaje final más que dudoso por lo tendencioso del mismo. Un personaje sin ningún recorrido dramático, descrito y tratado de manera muy superficial, que no aporta nada bueno al conjunto global.

Para terminar, y sin poder aplazar más el tema, tendremos que hablar de Alberto Ammann. El protagonista de Celda 211 no es precisamente uno de nuestros favoritos, dicho condescendientemente. Ni en la película de Daniel Monzón que le catapultó a la fama, ni en Lope o Eva nos había convencido en absoluto, y en esta ocasión no nos ha hecho cambiar de opinión. Será su dicción, o más bien la ausencia de ella, o su sempiterno ceño fruncido, pero no hay forma de que podamos empatizar con él.

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