Críticas: En la mente del asesino

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Rob Cohen deja a un lado los The Fast and the Furious y xXx para trabajar junto a Tyler Perry y Matthew Fox en la nueva entrega de Alex Cross.

Para aquellos que no lo sepan, Alex Cross es un investigador de homicidios y psicólogo que protagoniza las novelas de James Patterson de las que ya se han llevado a la pantalla varios de sus best sellers como El coleccionista de amantes (Kiss the Girls, Gary Fleder, 1997) y La hora de la araña (Along Came a Spider, Lee Tamahori, 2001), ideales para coger el sueño.

En esta nueva y soporífera entrega, Alex (Tyler Perry) irá a la caza de un asesino en serie que lleva el nombre de Picasso (Matthew Fox) ya que le gusta dibujar a sus víctimas a la par que el dolor que insufla en ellas, tortura mediante. Sin embargo, esto solo sirve como excusa, ya que pronto se les olvidará al guionista y al director que están en una de psicópatas para pasar a la caza del hombre pura y dura cuando la cosa se sale de madre y todo acaba en el terreno personal. Ello no debería ser un inconveniente si durante el primer acto no hubieran hecho tanto hincapié en la recreación de los asesinatos de Picasso ya que, al cabo de nada, esto se abandona para que el asesino pase a ser un francotirador que no calla mientras apunta. En el lado de la ley y el orden, Alex Cross y su afilado sentido de la deducción logran sorprender con su dudosa perspicacia y uno se pregunta para qué tanto departamento de investigación si este tipo nada más salir a la calle es capaz de averiguar a golpe de barrido visual toda escena del crimen que ni la médium Anne Germain, oigan.

Con este panorama argumentativo, el director Rob Cohen, que había logrado lo que a priori parecería imposible seduciendo a la taquilla con títulos como The Fast and the Furious (2001) o xXx (2002), se convierte en un Tony Scott de provincias para empezar haciendo un thriller y acabar con una de acción. Y ahora vuelvo a insistir: eso tampoco debería suponer un problema si el director combina los géneros con orden y concierto para llevárselos a su terreno, sin embargo esto tampoco sucede: ni la atmósfera, ni el tono, ni los actores, ni la puesta en escena, ni el montaje, están al nivel que cubra los mínimos de la producción comercial para gozo y disfrute del espectador. Y si bien es cierto que el guión es un pestiño, también lo es que muchos otros directores han sabido llevarse soberanos bodrios a su terreno dando una lección de puesta en escena en los ocasionales divertimentos que rellenan algunas filmografías, como pueden ser La habitación del pánico (The Panic Room, David Fincher, 2006) o Indomable (Haywire, Steven Soderbergh, 2011). Así que, Cohen, perdiste tu oportunidad tomándote demasiado en serio esta franquicia de serie B. Y es que, si no la levantó el carisma de Morgan Freeman, ¿qué podemos esperar de dos actores como Tyler Perry y Matthew Fox? Sinceramente, solo cabe esperar un horizonte de dolor, mucho dolor… en la sala.

Si de algo puede servir esta película es para ver cuánto pueden haber influido las series de televisión en el cine, cuán verdaderos pueden llegar a ser los tatuajes de Matthew Fox que ya lucía en la serie Perdidos y cuánto puede llegar a recordar al Travis de Taxi Driver tanto en su caracterización como interpretación. Imposible encontrar algo más.

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