Críticas: Diaz. No limpiéis esta sangre

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El italiano Daniele Vicari firma con pulso irregular una interesante crónica cuyo estreno en España, previsto inicialmente para esta semana, acaba de ser aplazado sin fecha.

Diaz: No limpiéis esta sangre nos presenta los hechos acaecidos en Génova en julio de 2001, con motivo de la reunión del G8, cuando la violencia policial contra los activistas allí presentes –definidos como “el primer movimiento de masas que no pide nada para sí mismo”– desató la que según Amnistía Internacional y desde la propia promoción de la película se califica como “la más grave suspensión de derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial”. Unos datos, quizá, excesivamente subrayados aquí en detrimento del contexto que originó las reivindicaciones que desembocaron en el principal suceso que se nos narra: el violentísimo e indiscriminado asalto a la escuela cuyo nombre sirve de título, en la que se refugiaban 90 manifestantes de condiciones y nacionalidades dispares entre sí.

La puesta en escena posee la inequívoca virtud de introducirnos rápidamente en el tenso ambiente que se respiraba en la ciudad italiana, en el epicentro de todo lo que sucedió aquella semana, durante un arranque que sin embargo dista de ser lo más lúcido de la película por culpa de un retrato de los manifestantes rebosante de clichés y que a menudo bordea involuntariamente lo más simple y caricaturesco. Pero Diaz no tarda mucho en descubrirse demasiado dispersa en su afán por buscar el mayor número de puntos de vista sobre los sucesos: el de los manifestantes más radicales, el de las víctimas colaterales, el de un periodista que se ve envuelto al intentar cubrir imparcialmente los hechos o incluso el de los propios mandos de la policía antes y durante las cargas. Todos ellos acaban convergiendo en el abuso de la autoridad por unos motivos sociopolíticos que hasta cierto punto se sobreentienden, pero en los que apenas se profundiza como sería debido –se muestra la manipulación de los medios y los altos cargos o la acusación de “comunistas” a los manifestantes, pero nunca el clima político del momento o las verdaderas reivindicaciones de los detenidos–.

En su debe está igualmente el abuso de la banda sonora en pasajes dramáticos que no terminan de encajar bien con el tono adoptado en el resto del metraje, que incluye también fragmentos reales de aquellos días –la experiencia como documentalista de Daniele Vicari, autor de la interesante La nave dolce en este mismo 2012, resulta muy palpable en este trabajo–. Además, se recrea innecesariamente en efectismos como el de la botella cayendo a cámara lenta, que viene a subrayar repetidas veces un supuesto germen ya suficientemente explicitado. Así se malogra solo en parte Diaz: No limpiéis esta sangre, una propuesta que sin embargo acaba venciendo por la contundencia de un mensaje que asusta, y mucho más en estos tiempos: el de la impunidad de las autoridades y su posibilidad de utilizar la violencia contra cualquier ciudadano. En este sentido merece mención aparte la aterradora secuencia del asalto. También hace hincapié en los tremendos abusos y humillaciones de todo tipo que sufrieron los detenidos aquella noche, que por momentos provocan escalofríos antes de que el chicle acabe por sentirse estirado en exceso cuando ya nos encontramos cerca del desenlace.

La película de Vicari queda como un trabajo necesario, contundente, muy digno de ver y cuyo estreno en España resulta tristemente oportuno en unos días en los que el papel de la autoridad policial en reivindicaciones sociales se encuentra más en tela de juicio que nunca; tratándose de un asunto que, en mayor o menor medida, posee la incontestable capacidad de asustar por su cercanía. Diaz podía haber sido mucho más que una esmerada crónica de los vergonzosos hechos, su principal virtud, que puede considerarse fiel pese a cargar las tintas por momentos y cumple con creces su objetivo capital. Es una lástima que no haya logrado ir más allá, aunque merece sobradamente una oportunidad… y más en unos tiempos demasiado necesitados de esa mezcla, cada vez más complicada de hallar, entre contundencia y veracidad.

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