Sitges, día 8

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Asia, capital Sitges en la 8ª jornada del Festival.

Cuatro cinematografías con personalidad propia, cuatro maneras diferentes de entender y plasmar el séptimo arte: del impacto del thriller coreano lleno de pulsiones de Kim Ki-Duk a los momentos detenidos en el tiempo del tailandés Apichatpong Weerasethakul, de la sensibilidad y el humanismo del anime nipón firmado por Mamoru Hosoda a esa especie de videojuego filmado de chinos voladores que es Tai Chi 0, título que por cierto está muy bien elegido en función de la nota que se merece. Cuatro estilos propios en definitiva que hoy, ya con el Festi agonizando se han enseñoreado de Sitges, ya mismo os contamos que tal fue nuestro paseo asiático.

Mother

Empezábamos el día con la flamante vencedora del último Festival de Venecia que no es otra que Pietá, del director coreano Kim Ki-Duk, uno de los más conocidos fuera de su país por la buena acogida festivalera de películas como La isla, Hierro 3 o Primavera, verano, otoño, invierno y… primavera. El amigo Kim Ki ha pasado por varias etapas en su carrera y con Pietá sufre una especie de regresión a su primera época, ésa llena de violencia y pasiones desatadas. Alguien podría acusarla de ser excesivamente barroca, de un exceso de sangre y lágrimas no aligeradas por el tamiz de la vergüenza, de sus pretensiones casi operísticas en cuanto a mostrar los desbordados sentimientos de sus protagonistas pero lo cierto es que Corea, o al menos lo que conocemos del país a través de su cine, es muy de aria de Cavalleria Rusticana, así que al final aceptamos su tortuosamente melodramático transcurrir como se aceptan las rarezas de un viejo amigo. La regresión de Kim Ki no es sólo temática y parece recuperar el pulso que echábamos en falta en sus últimas producciones, será el inspirador canto del Arirang o los leones de oro aunque estos fueran, que se lo pregunten a Michael Mann si no, más por compromiso que por otra cosa. En resumen, que se deja ver con ganas aunque tanto premio nos parece un poco excesivo.

Los (des)entretenidos

Reconocerán hasta sus más cabreados detractores, esos que acuden sistemáticamente a ver sus películas con el único afán de destrozarlas, que pocos cineastas hay en la actualidad tan reconocibles para lo bueno o lo malo como el tailandés Apichatpong Weerasethakul. Esculpidor de momentos, de paisajes de tiempos desdoblados, fabulista de un realismo mágico donde los espíritus son algo tan cotidiano como la comida diaria, Weerasethakul presenta con Mekong Hotel una de sus obras más radicales, ferozmente antinarrativa, innegablemente personal, recreando con un grupo de personajes un antiguo guión del propio director, Ecstasy Garden. Toda esta representación de una representación se engarza con los muros de la casa y los personajes que la habitan, Mekong Hotel es un eco, un bucle que forma un todo con los deseos de vidas reencarnadas de sus protagonistas y con una balada de guitarra que se repite constantemente, Apichatpong no hace una sola concesión a la comercialidad, cuenta lo que quiere contar de la única manera que puede ser contado, los que busquen facilidades y poses para la galería que se vayan a ver Lo imposible, ¿qué demonios hacen aquí? ¿buscar oportunidades para lanzar puyas en Twitter? ¿exigir que su opinión sea el patrón por el que se mida cualquier valoración posterior? ¿llamar hipócrita a cualquiera que es capaz de hacer un análisis que supere el simplismo de “vaya tostón”? Hay un montón de alusiones encerradas en el contenido de este Mekong Hotel: la espiritualidad, la vida y la muerte y la difusa frontera que separa ambas, un edificio que representa todo un país o al menos el alma de un país. El continente son 52 minutos divididos en unos 20 planos fijos (no hay un solo movimiento de cámara en toda la película) y un único corte musical de tema y variaciones así que ya saben, no la vean y si la ven digan algo más inteligente que: “Es aburrida”, seguro que son capaces.

1 grado de separación

Tras el minimalismo argumental-formal de Apichatpong tocaba historia de animación “con sentimientos”. No tan alejada del Ghibli más realista y apegado a la tierra, el de La tumba de las luciérnagas, Mamoru Hosoda y su Wolf Children se separan un grado del mítico estudio de animación japonés liberándose de lastres dramáticos en su búsqueda de positividad y ligereza. Puede sorprender que hablemos de una propuesta realista cuando en su sinopsis se menciona la existencia de hombres-lobo pero en realidad esto nos parece más una excusa argumental, una metáfora para aludir a la doble condición de la naturaleza humana, a la bestia que todos llevamos dentro, a aquellos que sienten la llamada de la selva resonando en su interior. Toda la película gira en torno a esta dualidad representada por los dos niños Yuki y Ame, dos caminos divergentes ante una misma cuestión, dos formas de entender el mundo y de aceptarse a sí mismos. Cabe preguntarse si Hosoda no es (contra todo pronóstico) excesivamente radical en este punto ¿no es posible la convivencia de ambas naturalezas? ¿es necesario elegir un camino y descartar el otro?, parece que lo que sucede con el padre da una clara respuesta a estas interrogantes, si así fuera sería lo único radical en esta mirada amable, humanista, ecologista y definitivamente agradable del autor de La chica que saltaba a través del tiempo y Summer Wars.

Los nombres adecuados

Sí, un cero, perdón por el chiste fácil. ¿Cómo abordar Tai chi Zero? Sobre lo de su 3D no vamos a hablar porque ya el concepto y su forma de usarlo nos parece despreciable como norma general y no sólo en esta película, además es un debate muy sobado y poco que no se haya dicho ya podríamos aportar. Sí que podríamos hablar del aburrimiento, tan alegremente otorgado al amigo Apichatpong y a su Mekong Hotel y probablemente tan olvidado aquí y eso que la trama podría condensarse en una línea y que avanza a paso de tortuga reumática pero claro hay coreografías de lucha y eso es entretenido, alguien lo dijo un día y desde entonces es una verdad indiscutible, al menos el tailandés no busca el aplauso del espectador medio. También podríamos mencionar lo de los títulos de crédito, esto es muy apasionante, hablemos de ello con detalle: los títulos de crédito duran como una hora y cada vez que aparece un nuevo personaje a lo largo del film un simpático letrerito nos aclara que Chu Li (por ejemplo) el actor que interpreta a Cho Chinh ha sido 18 veces campeón de kung fu del barrio de Tonh Tinh en el extrarradio de Shanghai, eso sí que es una información pertinente y sobre la cual se puede establecer un debate interesante a la salida del cine y no lo de Cosmopolis, putos gafapastas. Si a todo esto le añadimos las viñetas estilo Batman de los 60 con sus Bum!, bang!, ouch! ocupando media pantalla y los sutiles toques de humor como un chino caminando por una pared (hilaridad en la sala, intento de ovación incluido) ya se podrán imaginar la clase de fiesta que es Tai chi Zero. Por cierto, somos fans de Hero, Tigre & Dragón y La casa de las dagas voladoras, lo siento por los buscadores de comentarios facilones, un abrazo para ellos.

Crónica de Martín Cuesta

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