Sitges, día 3

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Tardes que arreglan mañanas, tercer día en Sitges.

Si ayer os hablábamos justificando (hasta cierto punto) la presencia de una película como John Dies at the End dentro de la Sección Oficial de Sitges, pocas excusas pueden encontrarse para salvar la nueva película de Nicolás López o el cross-over con la serie de Blood-C que nos hicieron pasar una mañana entre estúpida y aburrida. Daba la impresión de que la parte competitiva se había convertido en un cajón de sastre donde cabía todo y no precisamente bueno, pero con una película más que resultona y una pequeña joya llegada de Sundance se arregló el día y de que manera pero comentémoslo con más detalle que para eso nos pagan (?).

Lo insufrible

Prólogo con 18 escenas de fiestas rave a la chilena, con 259 planos detalle cada una de la bamboleante y agraciada anatomía de Natasha Yarovenko. Qué buena está sí y qué pardillo es Eli Roth, el pobre no sabe ligar jajaja y su amigo el Pollo, qué tremendo conflicto familiar, esto de tener un padre rico es lo peor. Bravo, bravo y mil veces bravo Nicolás López, gracias por atenerse a todos los tópicos ya asentados por las trescientas películas del mismo signo que antecedieron a Aftershock. No innove usted, no lo haga porque alguien le  podría acusar de salirse de las estrictas normas del género. Imagínese usted que crea un personaje con un mínimo de interés, eso sería el horror: las tías buenas y cachondas, la hermanita responsable, los guiris despistados y el fiestero que oculta un pasado, todo como debe ser, el cánon es la clave para ganarse la simpatía de la plebe ¿verdad?. Luego llega el terremoto y las carreras, la disaster-movie convertida en slasher, pero el cánon cual titán sigue ahí, inamovible, una montaña de roca viva y eterna. Tal vez podría preocuparse del raccord pero eso es para academicistas degenerados, o de que su guión tenga un mínimo de coherencia pero eso es para intelectuales pervertidos, lo que cuentan son las muertes molonas, la víscera, el orden correcto en los fallecimientos. Usted sí que sabe, insisto. Seguro que dentro de dos década alguien le pone la etiqueta “de culto” a su película, cosas del cánon y de la falta de talento, de la pátina que deja el tiempo, es cuestión de esperar y tener paciencia.

Rebooting time

En 2001 un mediometraje anime llamado Blood: El último vampiro tuvo cierta repercusión en los amantes del género, consiguiendo distribución internacional y presencias festivaleras varias. Lo cierto es que, gracias a este relativo éxito, tuvimos ocasión de ver el proyecto original que si bien no hacía historia dentro del mundo del anime al menos alcanzaba un justo aprobado gracias a los oscuros matices de su guión. Lamentablemente no podemos decir lo mismo de esta puesta al día, que más que reboot es una nueva adaptación usando a la misma protagonista y que, además, no es una obra unitaria puesto que para la total comprensión de su enmarañado libreto debe ser complementada con el visionado de la serie del mismo nombre. Si a esto sumamos que la animación resulta, en el mejor de los casos, meramente funcional y que apenas aparecen, a lo largo de sus más de 100 minutos de duración, los efectivos golpes de humor o el erotismo soterrado tan habituales en las producciones niponas del mismo cariz, obtenemos como resultado que Blood-C: The Last Dark no cumpla con los mínimos deseables para satisfacer a los espectadores casuales atraídos por el imán festivalero y mucho menos, obviamente, a los devoradores habituales de anime que, estamos seguros, se sentirán francamente defraudados.

La cámara-ojo

Elijah Wood volvía a caminar con su composición en Maniac por las vías de la psicopatía ya holladas con su caracterización en Sin City y su actuación, sopresivamente para algunos, es cuanto menos notable, a tono con el resto de la película dirigida por Franck Khalfoun. Curiosamente, siendo su personaje el sol en torno al que orbita el resto de la obra, sus apariciones a lo largo del metraje están debidamente espaciadas, esto se debe a que el corpus del relato se establece en base a una cámara subjetiva, testigo silencioso de la confusión mental de nuestro (anti) héroe y que sigue la senda de obras como El fotógrafo del pánico, un claro antecedente de la cinta que nos ocupa. Ésta no es, desde luego, la única mirada al pasado que se permite el Señor Khalfoun, la película está completamente empapada de un atractivo espíritu setentero tanto en su llamativa banda sonora como en los tonos mates de su fotografía, un homenaje en toda regla que no por el hecho de serlo carece de originalidad. Maniac es, en definitiva, una película valiente que no se acomoda en los lugares comunes por todos conocidos para generar suspense y mal rollo, una sorpresa de las más agradables en lo que llevamos de Festival.

Están locos estos roman… yankees

Hace apenas una semana en el Festival de Donosti pudimos ver un documental que hablaba (sin hacerlo directamente) de la paranoia instalada en la sociedad estadounidense tras el shock colectivo que supusieron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Gracias a The Imposter, que así se llamaba la mencionada película, observábamos el estado vital de un país, reflejado en unos personajes determinados, tan obsesivamente empeñado en la sospecha más delirante como capaz de caer en la inocencia más pueril, un estado en suma eminentemente bipolar. La magnifica Compliance, última película de la jornada aquí en Sitges, explora aún mas en esta dicotomía esquizoide y nos deja haciendo cábalas acerca de hasta que punto ese coctel mefistotélico que forman el miedo y un estado tendente a recortar las libertades cívicas de sus ciudadanos tiende a crear seres lobotomizados con apariencia humana, criaturas orwellianas que uno achacaría al sueño más demente si no supiera de su conexión con la realidad. Sobre el argumento nada les voy a contar, descúbranlo por ustedes mismos y luego fíjense en la cara de pasmados que les queda, la misma pintada en el rostro de este estupefacto cronista. A veces los “no puede ser” se convierten en un “es” y no hay nadie que pueda evitarlo, olvídense de su sofá, no hay nada que pueda salvarles de la incomodidad de esta obra.

Crónica de Martín Cuesta

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