Sitges, día 2

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Segundo día de Festival, desde ya el día de Holy Motors.

Tras la pequeña debacle del primer día del festival hoy tocaba vendetta. Por pura lógica en un certamen tan masivo como el de Sitges, no sólo en lo que se refiere a su volumen si no también en cuanto a obras que llevamos tiempo deseando ver, antes o después se tenía que colar una cinta de esas que justifican un festival, ya saben, de ésas que te agarran desde el inicio y que te agitan como una coctelera repleta de Martini. Leos Carax lo ha hecho y lo demás… bueno, ¿qué importa lo demás?

Villanos de opereta, guión de baratillo

El inicio de la jornada no es que fuera maravilloso (tampoco lo era en sus expectativas), tocaba ver la ópera prima de Juan Carlos Medina, Insensibles, una cinta a caballo entre el drama histórico y el thriller con toques de fantástico. Dos épocas diferenciadas con dos historias convergentes: la de un doctor en la actualidad que, tras sufrir un shock por una pérdida familiar, busca en sus antecedentes familiares la verdad sobre su pasado y la de unos niños aquejados de una enfermedad que les priva de su sensibilidad ante el dolor durante los años previos a la guerra civil… y ya supongo que los mayores amantes del tópico entre nuestros queridos lectores se estarán preguntando, ¿otra sobre la Guerra Civil? Pues en parte sí y además en su peor parte, es decir, aquella que huye de mostrar rasgos humanos en los personajes negativos y que hace del arquetipo fácil su seña de identidad. No podemos culpar tan solo al exiguo guión de tales fallas, las pobrísimas actuaciones ayudan a devaluar un producto ya de por sí bastante falto de recursos. En cuanto a la parte “moderna” de la historia tampoco resulta efectiva, especialmente en cuanto al aparente motor que le da origen y que deviene en sencillo macguffin y que al ser precisamente esto, un macguffin, se le otorga una importancia mayor de la necesaria. Insensibles es, en definitiva, un producto destinado a no crear escuela pese a algunos detalles positivos como una cuidada ambientación o la actuación, la única destacable del conjunto, de un siempre interesante Alex Brendemühl.

El mundo es el escenario

Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé y en todas partes dejé memoria amarga de mí.

El inicio de Holy Motors presenta al propio director de la película, Leos Carax, accediendo a una sala de cine a la que llega por un pasillo oculto, un extraño rincón de la memoria. Esta especie de prólogo nos sitúa en el contexto, todo va a girar en torno a la representación y sus contornos pero Carax rompe el tópico: el cine, el arte ya no se encuentra en las salas, todo el mundo se ha convertido en un escenario, tanto que la personalidad en el sentido clásico del término se ha diluido, el yo se ha convertido en el nosotros, las fronteras entre lo que somos, lo que creemos ser y como los demás nos ven se han descorporizado hasta hacerse casi intangibles. Todo esto se nos muestra a través de una especie de Leopold Bloom parisino (soberbio Denis Lavant) embarcado en su propio viaje existencial y en el que será banquero y vagabundo, amante y asesino, noble y salvaje, ángel y demonio. Durante dicho viaje nos plantearemos donde termina el hombre y donde empieza el personaje y las motivaciones que nos llevan a ser quien somos, a cuestionarnos si existe la casualidad en las elecciones que tomamos. Holy Motors es visceralmente radical en sus planteamientos y no da concesiones a lo narrativo, es una de esas películas en las que te debes dejar llevar por su rabia, aceptar el reto que plantea Carax, les aseguro que si lo hacen así el viaje puede ser inolvidable.

Sitges movies

Dicen los que entienden que existen las películas de género Sitges e incluso nos han dado su fórmula, su clasificada receta, reza así: tómese una parte de horror movie estilo 80, añádase su zumo de casquería (brazos cortados y ojos vaciados son siempre recibidos con ovaciones), no deben faltar abundantes golpes de humor en la mixtura para darle textura al conjunto, adórnese el resultado con algún guiño cinéfilo. Ya habrán adivinado que John Dies at the End, de Don “Phantasma” Coscarelli cumple al dedillo con el patrón que les hemos dado y, por lo tanto, fue entusiásticamente recibida por un público entregado desde el mismo momento que el director americano subió a recoger el premio “Máquina del tiempo” con que el Festival le homenajeaba. Esto de los vítores y los aplausos casi en cada escena hace subir los ánimos de cualquiera y la verdad es que John Dies at the End sería una de esas películas que causan la misma impresión que un vaso de nada si la vieran ustedes en su ámbito diario pero aquí, ya les digo, hasta consiguió que un normalmente sobrio cronista jaleara alguna de sus autoconscientes bromas, será la magia del cine, serán los aires de Sitges.

Crónica de Martín Cuesta

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