Especial San Sebastián (IV)

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Completamos el repaso a la sección oficial.

Otro de los elementos más destacables de San Sebastián y su Festival al que todavía no nos habíamos referido son sus cines, las salas en las que pasamos la mayor parte del tiempo durante estos días y que se asemejan al arquetipo de la ciudad en la que se encuentran: una mezcla de modernidad, representada por la espectacularidad de la sala 1 del Kursaal y de teatro tradicional, como el recientemente renovado Victoria Eugenia (tan coqueto él) o el Principal, lugar de proyección habitual de los pases de prensa. No queremos olvidarnos de las multisalas que también hemos conocido estos días: los cines Príncipe, Trueba y Antiguo Berri componen una amplísima panoplia en la que el cinéfilo puede perderse durante las jornadas que dura el Zinemaldia.

Del negro al amarillo

Aunque ya existía desde hace tiempo un código propio del género negro en el cine y la literatura de los países nórdicos, véase por ejemplo las novelas de Henning Mankell protagonizadas por el sobrio inspector Wallander, ha sido a raíz del multitudinario éxito de la Saga Millennium de Stieg Larsson cuando este modo de entender el thriller se ha extendido cual melanoma no necesariamente benigno por la epidermis de nuestro querido séptimo arte. San Sebastián, en esta 60ª edición, también resultó afectado por la invasión vikinga y presentó dentro de su sección oficial El hipnotista, dirigida por Lasse Hallstrom en lo que suponía el retorno del cineasta sueco a su país tras triunfar en Hollywood con pelis como Las normas de la casa de la sidra o Chocolat. Parece que el retorno de Hallstrom a Suecia era poco deseado por su parte porque El hipnotista da la impresión de ser una película de encargo, hecha a desgana y que no aporta nada que no hubiéramos visto antes en numerosas producciones del mismo cariz. La resolución de sus conflictos es tan obvia y los caminos por los que circula tan trillados que tuvimos la percepción que su director quería quitársela de encima cuanto antes mientras esperaba por producciones de más enjundia. Sorprende y mucho que fuera elegida para la sección competitiva del Zinemaldia y aún más que un país con unos cineastas tan interesantes como Suecia elija un producto tan desmañado y poco estimulante para representarle en los Oscars, dando la impresión de haberse fijado más en el nombre que en lo que éste traía anexo.

Mucho más curiosa aunque no necesariamente mejor resultó la china All Apologies, una de las escasas concesiones al cine oriental en este Festival. All Apologies puede resultar sorprendente al espectador ocasional de cine chino que piensa que este se limita a las dos vertientes de Zhang Yimou, es decir, películas de gente que salta: Hero, La casa de las dagas voladoras y dramas históricos de corte intimista: El camino a casa, La linterna roja. Pues bien, la película dirigida por Emily Tang sigue un camino diferente, un poco en la estela de Jia Zhangke, mostrar los problemas sociales que surgen a raíz de la enorme expansión económico-industrial de la pujante economía china, así podemos ver nuevos barrios surgidos en los márgenes de las grandes ciudades con un proletariado que apenas tiene tiempo para resolver sus cuitas familiares, sin capacidad para su desarrollo personal. Puede sonar apetecible contado así pero lo cierto es que All Apologies resulta exagerada, sobreactuada, excesiva en su dramatismo, casi intolerablemente chillona (no tanto como Volver a nacer aunque superar la Castellitada en capacidad pulmonar es imposible), vicios en definitiva que corrompen sus virtudes, que las tiene, la más destacada esa mirada a la China de hoy, la de los barrios obreros. casi siempre oscurecidos por el megadesarrollo de sus colosales infraestructuras.

La película que cerraba la sección oficial resultó ser un caso bastante curioso: una ópera prima de un actor que ya es un mito y que debuta en la dirección a la bonita edad de 75 años. Dustin Hoffman realiza con El cuarteto una de esas obras que podríamos llamar de humor prostático, una comedia amable con un grupo de antiguas glorias del bel canto que pasan sus últimos días en una pintoresca residencia en medio de la campiña inglesa y que se emparenta con obras del mismo cariz como la reciente El exótico hotel Marigold o incluso con un clásico moderno como CocoonYa se puede imaginar que lo mejor es el festival actoral de unos genios de esto como Billy Connolly, Maggie Smith o Michael Gambon cada uno, al igual que la representación final que cierra el film, con un momento de gloria adjudicado por el bueno de Dustin para el lucimiento personal, lo menos bueno, claro, es su tono excesivamente amable y la inevitable sensación de Deja vu que recorre todo el metraje. En cualquier caso, un debut más que digno para el veterano actor y una cinta que por entretenida resultó óptima para echar el telón a esta edición del Zinemaldia y dar un momento de reposo a este cansado cronista.

Crónica de Martín Cuesta

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