Especial San Sebastián (III)

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Tercera parte de nuestros resúmenes donostiarras.

En cualquier Festival que se precie siempre hay esa película, ésa en la que un director de renombre nos deja patidifusos, la que causa un alborozo incrédulo entre los corresponsales de prensa. No se trata de que sea mala o buena, términos que son, al fin y al cabo, meramente subjetivos, es algo que va más allá, que supera cualquier capacidad cognitiva. Todos tenemos días buenos, días malos y días “de esos”, en este certamen también hubo una de esas cintas y venía firmada por el director transalpino Sergio Castellitto, estamos casi seguros que durante el rodaje Castellitto tuvo una serie continuada de días “de ésos”, es la única explicación posible, nadie podría hacer algo así en un día normal. Pero en fin, vamos al tema si es que somos capaces.

El abismo y la gloria

Vale, lo reconocemos, la cosa daba un poco de repelús ya de entrada, una película del director de No te muevas, adaptando una novela de su mujer sobre la Guerra de Bosnia y con Penélope Cruz en plan estelar. Y los primeros minutos acrecientan ese sentimiento y uno se pregunta qué coño le pasa a Emile Hirsch para haberse convertido en una especie de sosias de Tom Cruise en el programa aquel con Oprah (“Yuhuuu, Penélope te quiero yipi yipiheiii” juraría que dice) y no da crédito a la trama de drama culebronero con ovarios atontados, flashbacks mal insertados y música de radiofórmula de provincias pero vale, es una película mala sin más, quizás muy mala, lo aceptamos. Pero de repente llega un punto en el que todo el mundo empieza a gritar desaforadamente y a comportarse como auténticos majaderos en esta especie de Punto Pelota cinéfilo y todo se desborda y llega el observar al compañero de butaca para ver si hay en sus ojos la misma mirada de “¿dónde coño está la cámara oculta?” y luego llega la risa, primero tibia, luego desbordada, finalmente dueña absoluta de la sala. Y con una frase, la frase del Festival posiblemente (“Kurt Cobain is dead”) llega la ovación atronadora, los vítores, el triunfo del fracaso. Volver a nacer es una de esas películas que se juegan a una el ridículo o la gloria, en esta ocasión, sobra decirlo, salió cruz, discúlpenme la agudeza.

Y como somos partidarios de hablaros en términos contrapuestos pasamos raudos de lo ridículo a lo excelso, de lo vacuo a lo trascendental, de la risa irónica a la sonrisa cómplice. Dans la maison o En la casa fue la película ganadora de la Concha de Oro y lo fue consiguiendo una extraña unanimidad que agrupaba a jurado, crítica y público. Quizás por su socarronería tan francesa (en la senda de los Renoir, Buñuel o Chabrol) con las obsesiones burguesas sobre el arte, las posesiones materiales, el afán de aparentar o tal vez por su mirada sobre el nacimiento y desarrollo del proceso creativo nacido de la mentira, de la necesidad de parir una realidad alternativa como sustituta de la deplorable verdad diaria o puede que por ser coherente con la filmografía de un director como Ozon, siempre indagando en las relaciones de dominación y sometimiento inherentes a nuestra sociedad, el caso es que Dans la maison conecta con el público a muy diferentes niveles, ésa es la clave de su éxito. Y quien pase de todos estos rollos de críticos pesados, tercamente obsesionados en buscar segundas lecturas, siempre puede verla como un thriller perverso, y con Kristin Scott-Thomas… ¡a ver quién da más!

Atentados y atentadas

Otra de las triunfadoras del Festival (Mención especial del Jurado) fue la película libanesa El atentado, les situamos en escena: un renombrado médico árabe, ejemplo de convivencia entre palestinos y judíos, ve como sus convicciones y su pequeño mundo de cristal se rompe en pedazos cuando descubre la participación de su esposa en un atentado suicida. Ya se imaginarán que aquí nos movemos en terreno pantanoso, el riesgo es obviamente emitir cómodos juicios éticos sobre una situación de la que sólo conocemos una parte, la que nos llega por noticiarios y películas, por libros y documentales en el mejor de los casos. El problema es que necesariamente tenemos que posicionarnos ante lo que vemos puesto que el film es el primero que toma partido y lo hace, nos parece, de una forma sibilina. En ningún momento la película de Doueiri justifica abiertamente los atentados, pero sí cuestiona (eso nos parece) rechazarlos sin conocer la dura realidad de los territorios ocupados. Parece que el defender la vida humana como principio fundamental sea caer en un podrido liberalismo, en una absurda y casi traicionera equidistancia. Reconociendo al Sr. Doueiri el derecho a dar a su trabajo el tono que crea necesario, esperemos que también respete el nuestro de considerar cualquier acción que conlleve la pérdida de vidas inocentes como un acto condenable. Ah, y sus flashbacks son de lo más cursi, que también hay que decirlo.

Y pasamos de los atentados a las atentadas, perdón por el chiste fácil pero así es como se siente el grupo de jovencitas enfurecidas que protagonizan la última cinta del estimable director francés Laurent Cantet. Alienadas por la sociedad profundamente machista de los  USA en la década de los cincuenta criada a los pechos de Eisenhower y el Rock’ and roll, estas Thelmas y Louises adolescentes deciden rebelarse y crear una sociedad secreta que rechaza cualquier contacto, que no sea violento, con el género masculino. Marxismo aplicado a la lucha de géneros, en definitiva. El problema es que Cantet falla en la creación de empatía, en que seamos capaces de entender las acciones en ocasiones meramente vandálicas, realizadas por las protagonistas de su film, y es un problema grave, puesto que con 143 minutos suponemos que había tiempo suficiente para indagar más en los porqués ya que sin estas premisas los personajes se convierten en meros espantapájaros, marionetas de una voluntad que imaginamos pero que nos es continuamente negada. En fin, Cantet es un autor que nos ha dado suficientes pruebas a lo largo de su filmografía de su buen hacer, por lo que nos limitaremos a considerar a Foxfire como un paso en falso en su notable carrera, seguro que para la próxima acierta.

Crónica de Martín Cuesta

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