Especial San Sebastián (II)

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Continuamos nuestro repaso a la 60ª edición del Festival.

Si en el primer artículo de este especial hablábamos de la difícil situación del Zinemaldia para poder seleccionar películas en su necesariamente exigente Sección Oficial (no deja de ser el único Festival con categoría A del país) debido a su coincidencia en el calendario con Venecia y Toronto, sus Escila y Caribdis propios, en éste debemos referirnos a uno de sus puntos fuertes, su cuidada organización. Ni un pase con retraso, múltiples facilidades para prensa y público, disponibilidad y cercanía de invitados, personal siempre dispuesto a echar una mano. Un Festival y una ciudad, en definitiva, volcados con este evento y en los que es un placer perderse. Supongo que siempre habrá quien encuentre motivos de queja pero a la organización, desde nuestro punto de vista, apenas se le pueden encontrar fallos. Pero bueno, dejemos el peloteo y sigamos con la cosa cinéfila.

El retorno del cine español

Vale, dicho así acojona un poco, como si Romero hubiera rodado un nuevo largo sobre muertos vivientes, pero sin duda ha sido uno de los hechos más comentados del Certamen y sobre todo porque, asómbrense, no sólo es un retorno en lo cuantitativo (Donosti siempre ha tenido una considerable cuota de pantalla dedicada a la producción nacional) sino que lo es también, así lo ha considerado al menos una buena parte de la prensa y un público entusiasta, en lo cualitativo. ¿Estamos de acuerdo con ese veredicto? Sí y no, ahora nos explicamos.

El “sí” es para Blancanieves una película con numerosas y destacables virtudes, como su inteligencia, su visión polifacética capaz de contentar a los que celebran su mirada irónica sobre los tópicos patrios, sobre la España de mantilla, peineta y pañuelo de lunares tanto como a los que reivindican esos mencionados clichés y celebran el film como una reivindicación de éstos. No es menor su éxito a la hora de contentar a cinéfilos y espectadores ocasionales, los unos seducidos por los guiños constantes a Wilder y Dreyer, Epstein y Buñuel (no hay nada que haga más feliz a un cinéfilo que poder demostrar su cinefilia y eso es así), los otros por su humor para todos los públicos y por la mirada, deslumbrante, de la pizpireta Macarena García. Pero el mayor de los triunfos de Blancanieves es la presencia de una Maribel Verdú cada vez mejor actriz, su personaje, caricatura de una caricatura, exaltación de la maldad grand-guignolesca, es una manzana sin veneno, un regalo para cualquier intérprete. Cuando en el Kursaal se leyó el nombre de Macarena García como ganadora del premio a la mejor actriz todos pensamos en Maribel, puede que las princesas ganen en los cuentos pero en nuestros corazones aún reinan las madrastras, sobre todo si son tan chics y sadomaso como la que nos ocupa.

La parte del “no”, aunque quizás sería más adecuado decir la del “casi”, le corresponde a El artista y la modeloCinta con la que Fernando Trueba vuelve a tocar algunas de las constantes presentes a lo largo de su filmografía, como el situar sus historias en la crucial década de los 30-40, siempre con la guerra como una sombra amenazante y muy cercana o mostrar su sensibilidad acerca de la confrontación entre la decrepitud de la vejez y la lozanía de la juventud ansiosa de vida (El año de las luces, Belle époque), Eros y Thanatos, vida y muerte en definitiva siempre en eterna pugna. Aquí esta dualidad es representada por un viejo escultor, al que da vida Jean Rochefort, que afronta su última obra y por una Aida Folch que servirá de modelo para su obra. Bien, con esta premisa ya se imaginarán que es fundamental la química entre los dos personajes principales y, por desgracia, no vemos mucho de alquimia por aquí, la innegable belleza de Aída Folch no consigue suplir sus carencias interpretativas y la emoción sólo aparece en los espectadores que se esfuerzan en buscarla. En su indagación sobre el proceso creativo, El artista y la modelo es superficial y poco arriesgada, lejos por ejemplo de las modélicas (en este sentido) La bella mentirosa o El sol del membrillo y cae en un error de importancia: mostrar la obra, supuestamente magistral, acabada. Un error que también evitaban las películas de Rivette y Erice. En definitiva, El artista y la modelo no siendo una película desdeñable tampoco luce como debería con los mimbres de los que hacía gala, aún así fue muy bien recibida y es que El retorno del cine español es lo que tiene, arrasa por donde va, ¿quién nos lo iba a decir?

De prisiones y libertades

Aunque la presencia del cine asiático era meramente circunstancial, para solaz de algún conocido cronista todo sea dicho, sí se coló en la Sección Oficial la última película de Bahman Ghobadi el director iraní responsable de Un tiempo para los caballos borrachosLas tortugas también vuelan y Nadie sabe nada de gatos persas. Rhino Season es quizás su obra más ambiciosa, tanto en lo que toca a un reparto encabezado por la siempre magnética Monica Bellucci como en sus ambiciones de transcribir en lenguaje cinematográfico la obra de un poeta iraní encarcelado durante 30 años por el régimen de los ayatollahs. Rhino Season es lo que pretende ser, el eco sobre la pantalla de una voz lírica mutilada por la prisión, por los abusos, por la pérdida familiar y es, sobre todo, fieramente fiel a si misma. Fondo y forma crean un todo armonioso al que muchos previsiblemente acusaron de pretenciosidad, como si fuera algo erróneo que el “cómo” se intente engarzar con el “qué”. Una lástima los discursos prefabricados que impiden fijarse en la desesperación que duerme en la garganta acallada del poeta, en los besos retenidos por la tela de la humillación, en saber que ahora las tortugas ya no vuelan, simplemente caen. El intentar protestar por su incontestable premio a la mejor fotografía ya nos parece, sencillamente, caer en la imbecilidad, el prejuicio y la ceguera. Al menos en Irán ponen capuchas, aquí hay quien lo hace voluntariamente, una lástima sí señor.

También en el Irán de la revolución islámica se sitúa Argo, el nuevo trabajo firmado por ese actor mediocre (hoy nos sentimos generosos) y director más que interesante llamado Ben Affleck. Argo cuenta la historia real de unos diplomáticos estadounidenses retenidos en Teherán durante el febril periodo revolucionario posterior a la caída del Shah y de la representación organizada por un agente de la CIA para intentar devolverlos a su país. Y aquí es donde entramos en materia y donde la cinta cobra interés porque Argomás que la historia de esos personajes encerrados, de su desesperación por la angustia de su confinamiento, es la historia de la farsa (cinéfila) organizada para rescatarles. La representación, la farsa, el cine en definitiva utilizados como elementos que nos salvan del terror, que nos alejan de la angustia y que constituyen además un moderno esperanto gracias al cual los diferentes pueden entenderse. Si además cuenta con momentos de suspense realmente bien conseguidos, unas divertidísimas interpretaciones de Arkin y Goodman y certeros toques de humor dirigidos a los que amamos esto de la pantalla grande ya se pueden imaginar el regocijo y que nos olvidemos, un poco al menos, de su tufillo patriótico tan frecuente cuando hablamos de los episodios nacionales USA… y es que el cine siempre será el cine.

Crónica de Martín Cuesta 

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