Críticas: Una vida mejor

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Guillaume Canet y una nueva mirada sobre la crisis.

Dice Steinbeck en su De ratones y hombres que <<nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza>>. Los protagonistas de la novela tienen sueños, ambiciones, y se permiten creer que se cumplirán y que saldrán de la mediocridad y de la crueldad del mundo en el que viven. Creer que su vida puede cambiar. Aunque en lo más profundo de su ser sepan que eso nunca va a pasar, ya que en el camino van  a encontrar innumerables impedimentos. Eso mismo les ocurre a los protagonistas de Una vida mejor, una joven pareja que, contra todo sentido común (no tienen dinero ni trabajo estable), decide comprar un local para convertirlo en un restaurante. En un principio parece que lo tienen todo pensado y que no habrá ningún problema, pero pronto se dan cuenta de que no son capaces de afrontar los pagos, y sus deudas con el banco alcanzan niveles desorbitados. En estas circunstancias, cada uno de ellos se verá obligado a tomar medidas drásticas para poder salir adelante.

La crisis económica es un tema cada vez más recurrente en el cine actual, pero mientras que el cine americano tiende a hacer películas con un carácter más informativo y documental,  el modelo europeo trata el tema desde un punto de vista más orientado al drama humano e individual. Así, Una vida mejor se encuentra en la línea de películas como las españolas Vidas pequeñas o Cinco metros cuadrados. El director y guionista francés Cédric Kahn realiza una dura crítica al capitalismo, y al sistema de libre mercado. Nos muestra cómo los protagonistas se ven se ven envueltos una espiral de préstamos, créditos, intereses y deudas que les conduce a una situación caótica y les convierte en prisioneros de la banca (algo que recuerda, salvando todas las diferencias formales, a lo que nos contaba Rodrigo Cortés en su ópera prima, Concursante).

Pero en Una vida mejor también hay mucho de defensa de la propiedad a toda costa, de orgullo herido, un orgullo que lleva al protagonista a tomar una decisión que sabe que traerá consecuencias a las que no podrá enfrentarse, y le arrastra a ese desesperante estado del que no puede salir. En este sentido, la película también quiere transmitir un mensaje: hay que tener carácter para luchar por lo que es de uno, pero también hay que saber rendirse a tiempo, valorar más a las personas que a lo material, y aprender a disfrutar y a ser feliz con las pequeñas cosas, como se ve en uno de los mejores momentos de la película, en la que el protagonista y el niño van a “ver” un partido de fútbol. Y aquí es donde la película es más esperanzadora y arroja algo de luz sobre la situación.

La película está protagonizada por Guillaume Canet, uno de los actores (además de director más solventes del cine francés actual, que tan pronto se desenvuelve como pez en el agua en una comedia (hace poco pudimos verle destacando sobre todos sus compañeros de reparto en Los infieles), como carga con todo el peso de un duro drama con un personajes lleno de matices y de claroscuros como es este. La da perfectamente la réplica su compañera Leïla Bekhti, actriz a la que sobre todo se ha podido ver en comedias románticas, pero que hace suyo completamente el personaje más trágico de toda la película. Más irregular está el niño, Slimane Khettabi, cuya interpretación está más basada en la improvisación, algo que da lugar a momentos muy frescos y espontáneos (la escena de los ronquidos), pero también a otros carentes de las fuerza necesaria.

A primera vista, podría parecer que Una vida mejor es un drama sentimental con el tema de la crisis de fondo, y no va desencaminado quien así lo piense. Pero en mi opinión, la crisis no es sólo algo que sirve para enmarcar la historia, sino que es la estructura que la configura, y los problemas personales de los protagonistas son una proyección de los problemas generales del mundo. Por sí solas, la historia de amor o la relación del padre y el hijo no nos dicen nada. Eso al fin y al cabo es cine, y lo hemos visto miles de veces. Lo que realmente le toca la fibra sensible al espectador es el terrible sistema en el que vivimos, que no nos alcanzar nuestras aspiraciones, y que nos tiene atrapados, como a ellos. Porque es algo que puede pasar, y está pasando. Esa es nuestra realidad.

Reseña de Sofía Perez Delgado

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