Críticas: Somos la noche

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Los tiempos modernos les han sentado mal a los vampiros. Y no, la cosa ya no viene por sagas tipo Crepúsculo o Underworld, productos alimenticios que conocemos demasiado bien como para caer en la tentación ni siendo fans del cine vampírico, la cosa gira más bien entorno a esas pequeñas películas enmarcadas en una cierta corriente que los seguidores del género si seguirán, y que ha dejado por el camino films anodinos o fallidos como Daybreakers, 30 días de oscuridad o Lesbian Vampire Killers. Eso sí, esta última como mínimo tenía la decencia de tomarse totalmente a cachondeo conociendo las premisas con las que podía juguetear, que van desde ese halo humorístico tan idoneo, hasta una vertiente más sangrienta y un despiporre cercano (en cierto modo) a un erotismo que ya se podía entrever en otras épocas.

Se estarán preguntando ustedes, como es lógico, a qué viene que les esté hablando de una cinta como Lesbian Vampire Killers si aquí lo que toca precisamente es hablar sobre Somos la noche, último film de un Dennis Gansel que triunfó con La ola y volvía ahora a través de un género nuevo para él, donde no se encuentra cómodo en ningún momento. Pues bien, si nos remitimos al film de Claydon es, precisamente, porque sin ser gran cosa en él se hallaba todo lo que le falta a una Somos la noche que se podría tildar sin demasiado esfuerzo de descafeinada y a la que no habría que añadir muchos adjetivos más para dejarla olvidada en algún rincón a expensas de que alguien sorprenda con algo que posea un poquito más de enjundia y humor; hecho este que, visto el trabajo de Gansel, no se antoja precisamente difícil.

Y es que si un título como Somos la noche pedía a gritos que el bávaro se remitiese a otras épocas donde cineastas como Jesus Franco o Jean Rollin otorgaron unas connotaciones eróticas de lo más adecuadas, la cinta dirigida por Gansel peca de todos los males habidos y por haber pero, en especial, de algo imperdonable del todo: no tener sangre en las venas. Porque en Somos la noche ya no se trata de si no hallamos ni pizca de humor, si los intentos dramáticos son más bien tirando a banales o si las secuencias de acción se esfuman demasiado rápidamente como para poder aportar algo de chispa a un conjunto desangelado, se trata más bien del hecho de encontrarnos ante una cinta que parece rodada sin demasiada pasión, con una rutina fuera de lugar concibiendo que el subgénero vampírico siempre ha requerido algo más para sorprender al espectador.

De lo poco salvable, podríamos destacar una ambientación que conjunta a la perfección con el tono del film, empleando esa música industrial y esas luces de neones para trasladar la frialdad con que juega en ocasiones al espectador, y el buen hacer de alguna que otra secuencia donde, a sabiendas de los medios con que se cuenta hoy en día, el alemán tampoco sorprende en exceso. En definitiva, si lo que buscan es un entretenimiento vampírico que posea la suficiente dosis de sangre y risas, su mejor opción es que se remitan a películas como Vampires de Vincent Lannoo o la hilarante Stuck, dejando Somos la noche en el cajón de sastre para uno de esos aburridos domingos lluviosos en los que uno no tiene otra cosa que hacer que ver como el agua lo empapa todo. Con Somos la noche la sensación no variará en exceso, pero por lo menos podrán saciarse con los inocentes chorretones de sangre que riegan estas producciones cuando poco más hay que ofrecer. Prescindible.

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