Críticas: Ruby Sparks

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El retorno de los directores de Pequeña Miss Sunshine se erige como una propuesta recomendable de cara a este otoño.

El dúo formado por Jonathan Dayton y Valerie Faris cosechó un inesperado éxito a nivel mundial hace justo seis años, cuando aquella joya titulada Pequeña Miss Sunshine logró conquistar taquillas y corazones allá donde se estrenó. Sentando en cierto modo un precedente –sin romper moldes, pocos con esa fórmula habían llegado tan lejos en la década– tan halagado como peligroso, aún hoy son numerosas las películas que se estrenaron intentando aplicar con resultados desiguales y muy a menudo desastrosos esa receta que busca contentar a públicos de todo tipo usando como medio una serie de personajes repletos de debilidades y teóricamente cercanos así como un trasfondo a menudo excesivamente forzado e impostado. Había motivos para afrontar esta Ruby Sparks con cierta inquietud por comprobar si nos encontraríamos con otra de esas cintas en las que las referencias quedan encajadas con calzador y los rasgos peculiares o diferentes funcionan como mero vehículo para mostrar un completo catálogo de las mismas.

Por suerte aquí tenemos todo lo contrario, una historia que sorprende por su sobriedad carente de grandes ínfulas al enfrentarnos a una madura reflexión alejada de las típicas comedias del palo. Y todo a pesar de que el cóctel podía resultar temible: escritor con pasado de niño prodigio y crisis creativa, recién abandonado por su pareja, amor idealizado en sus sueños que cobra vida, familia descompuesta tras la muerte del padre… Ruby Sparks se presta perfectamente a ser otra comedia romántica indie que atraviese los lugares comunes ya conocidos por todos hasta llegar a una meta no menos previsible, pero sin embargo consigue exprimir y dosificar ese punto de partida con sorprendente lucidez. El guión de la deslumbrante Zoe Kazan gira en torno a una única idea pero sabe desarrollarla y abrirla convenientemente. Se revela capaz de combinar la diversión con la melancolía, de dejar siempre un hueco para que el espectador se identifique con la premisa y quede satisfecho con unos puntos de giro que, lejos de provocar que la propuesta pierda fuelle por reiteración, potencian esta característica. La tremenda química –son pareja en la vida real– entre un buen Paul Dano y la mencionada Kazan, descubrimiento al que sin duda hay que seguir la pista, hace el resto de cara a conseguir una complicidad que se antoja imprescindible. Y los secundarios, entre los que cabe destacar al siempre carismático Steve Coogan, aportan el contrapunto necesario –aunque quizá acabe resultando algo caricaturesco el de Antonio Banderas, en la parte más floja–.

Provista incluso de un cierto encanto cada vez más infrecuente de hallar en territorios tan trillados, la película de Dayton y Faris arranca como una comedia que germina a partir de la sorprendente aparición del personaje ficticio en la vida cotidiana de los incrédulos personajes. Este recurso se integra perfectamente en el conjunto y de manera paulatina seremos testigos de su avance hacia algo mucho más maduro y serio, que cuando cuaja logra inducir una inteligente reflexión sobre la reciprocidad en las relaciones de pareja, la conveniencia de desarrollar un amor platónico o la personalidad introvertida del creador. A este respecto hay un par de secuencias especialmente notables, de las que es preferible no desvelar demasiado. Y no resulta excesivamente descabellada –mátenme– la comparación con la obra de autores como Charlie Kaufman que ya se ha dejado caer en algunos círculos, aunque obviamente haya que tomar las distancias debidas y aquí el planteamiento sea muchísimo menos complejo y arriesgado en la forma y el fondo.

Es muy posible que, ahora que se aproxima la temporada de premios y tantos nombres saltan a la palestra, los de Zoe Kazan y esta Ruby Sparks queden ocultos por completo entre títulos de aspiraciones y calados diferentes. Pero sería un craso error asignar un tratamiento de comedia menor a una película que acaba cumpliendo con creces sus objetivos y regala un broche final que, pese a poder interpretarse también como un complaciente guiño, anima a replantearse con más fuerza su tesis y otorga un sentido especial a lo ya visto. Y es que, si un día cualquiera despiertas junto a una Ruby en tu habitación, intentar adaptarla a tus pretensiones tal vez no sea la mejor idea.

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