Críticas: La pequeña Venecia (Shun Li y el poeta)

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La pequeña Venecia llega a los cines españoles con dos actores de la calidad de Rade Serbedzija y Zhao Tao en el cartel.

La inmigración es un tema cada vez más próximo a una población que ha pasado de verlo en la crónica televisiva o, incluso, escrita, a vivirlo al ver como, poco a poco, los inmigrantes regentan más locales y ocupan más espacios. Esa temática, que entronca directamente con lo social, podría ser uno de los principales pretextos para afianzar La pequeña Venecia, pero en cambio Andrea Segre prefiere escoger otras sendas y hacer de la historia de una mujer china que se ha visto obligada a emigrar a Italia y trabajar para pagar sus deudas con la mafia, que la mandará a hacerse cargo de un bar, donde conocerá a un apacible pescador que vive en el pueblo pesquero de Chioggia (llamado también «pequeña Venecia» en alusión al hecho de pertenecer a la costa veneciana y encontrarse, igual que la popular ciudad, suspendida sobre las aguas), uno de esos retratos que resultan de lo más cercanos por la proximidad con que Segre lleva esa historia de amistad y comprensión, que por el hecho de perfilarse directamente en el entorno de una temática que podría llevar a equívocos debido a que el cineasta transalpino no trenza un relato que se acerque a lo maníqueo o sensiblero, sino más bien al contrario.

Es así como un elenco en el que destaca la cabeza del croata Rade Serbedzija (al que siempre se recordará por su papel en Antes de la lluvia —Milcho Manchevski, 1994— y, en especial, por su aparición en Snatch, cerdos y diamantes —Guy Ritchie, 2000— como Boris «el navaja») y también el nombre de una de las actrices fetiche del popular cineasta chino Jia Zhang Ke, Zhao Tao, parece sentirse de lo más cómodo en esa pequeña Venecia que, gracias al director, cobra una entidad propia en determinados momentos de un film verdaderamente encantador.

Segre aprovecha el factor de las inundaciones para hacer de Chioggia un pequeño rincón que también posee su faceta más romántica, pues en el pueblo que retrata el italiano los habitantes no lidian con esas inundaciones, sino que conviven con ellas, y es que Chioggia es un pueblo que antiguamente era asolado por ese factor climático del que Segre se acoge a su faceta más, por decirlo de algún modo, amable, haciendo que los lugareños entren al bar o paseen por la ciudad en bici como si nada estuviese aconteciendo realmente por mucho que el agua les llegue casi a la altura de las rodillas.

La pequeña Venecia navega de este modo entre los recuerdos y raíces a través de las que tanto esa camarera china como ese viejo pescador italiano abren sus corazones mutuamente, al ver que al otro lado se encuentra una persona que en ocasiones se siente tan sola como ellos mismos. No es, aun así, un film que retrate ese factor y lo use como principal baza, más bien lo deja intuir y prefiere tomar otros derroteros a través de los cuales montar una historia donde, en sus últimos compases, sí se aposenta con más fuerza ese cine social para ofrecer una pizca de conflicto a un trabajo que, de otro modo, quizá habría resultado —hasta cierto punto— demasiado cándido teniendo en cuenta que tras de sí hay temas verdaderamente candentes y actuales, más crudos de lo que La pequeña Venecia nos podría hacer creer en un principio —pese a estar siempre presentes y planear sobre sus personajes una sombra—. Es así como Segre recupera no sólo elementos que tenían que cobrar peso antes o después, sino también la legitimidad de poder ofrecer una conclusión donde, a pesar de estar todo verdaderamente visto, se es consecuente con lo establecido hasta el momento para cerrar uno de esos íntimos relatos que encandilará a más de uno gracias a una honestidad y sensibilidad que parecen no conocer límites.

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