Críticas: Magic Mike

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Incansable como siempre, Steven Soderbergh vuelve a estar entre nosotros con esta irregular aproximación al prácticamente inexplorado mundo de los strippers masculinos.

Mike (Channing Tatum) es un joven pluriempleado con una doble vida. Por el día se gana un dinero como peón en la obra. Por la noche, junto a un grupo de hombres, ejerce de stripper en un club propiedad de Dallas (Matthew McConaughey). Pero para Mike esa vida es solo una etapa de tránsito para alcanzar una soñada meta mayor: elaborar muebles artesanales de diseño únicos en un negocio en el que no rendir cuentas con nadie. Un día conoce a Adam (Alex Pettyfer), un joven perdido y sin rumbo que vive con su hermana Brooke (Cody Horn); al que acaba introduciendo en ese mundo noctámbulo de clubes abarrotados por féminas sedientas de fantasía, marcados abdominales y tórax aceitosos. Pero tras ese mundo acelerado y de luces chillonas puede emerger un reverso tenebroso…

Incombustible desde el anuncio de su falsa retirada, Steven Soderbergh no para de encadenar una película tras otra. Rara avis dentro de la industria, moviéndose por todos los terrenos, tocando todos los géneros y no teniendo escrúpulos en su apuesta por el cine comercial si eso le va a permitir abordar proyectos más herméticos y personales lo cierto es que Soderbergh, a pesar de tener una filmografía altamente irregular, es un cineasta verdaderamente interesante. Sin embargo, esa tendencia de “una para ti y otra para mi” que ha caracterizado los últimos años de la filmografía del autor de obras como Traffic (Steven Soderbergh, 2000) o la aproximación a la figura de Ernesto “Che” Guevara en su díptico Che: El Argentino (Steven Soderbergh, 2008) y Che: Guerrilla (Steven Soderbergh, 2008), parece que ha ido espaciándose cada vez más para pasar a integrarse en sus propuestas de carácter más comercial. Sirva su remarcable penúltima película, Contagio (Contagion, Steven Soderbergh, 2011), como buen ejemplo de ello.

Magic Mike parece seguir ese mismo camino, aunque el resultado de esa hibridación y la integración autoral en un argumento escaso, raras veces resulta armónica a lo largo del metraje. Y aunque una historia como esta puede dar lugar a unas elevadas dosis de clichés, lo cierto es que gente como Paul Thomas Anderson nos han demostrado que las historias de auge y caída en los submundos del espectáculo son capaces de dar lugar a obras de una inteligencia y brillantez incontestables, como se encargara de demostrar en la fantástica Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997). Película que, dicho sea de paso, saco a colación por mi falta de entendimiento en las razones por las cuales se está comparando con el nuevo trabajo de un Steven Soderbergh demasiado acomodado, más allá de centrarse en esos mundos del espectáculo menos ortodoxos: la industria del cine porno en Boogie Nights y los clubs de striptease masculinos en Magic Mike. Y más desconcierto provoca cuando la cinta que ahora nos ocupa acaba por caminar por un terreno demasiado transitado, previsible y generoso en tópicos.

Con un reparto sin demasiadas caras conocidas (a excepción de un desatado Mathew McConaughey) pero absolutamente entregado en los espectaculares números coreográficos, Soderbergh se adentra, desganado, en los altos y bajos fondos de un mundo que bordea el tabú, en un marco de crisis de la que también encontramos alguna que otra referencia (la contestación de Mike a la negativa de concesión de préstamo para su negocio a la empleada de un banco tiene poco desperdicio). También en la pérdida de cierta masculinidad. O quizás, del lugar que ocupa un hombre que ha pasado a estar dentro del escaparate. Pura mercancía de fantasía sexual en un mundo que no perdona. Perdido, desorientado y débil. Como Adam antes y después de sumergirse en ese mundo, cuando los adictivos excesos del mismo le superan y pierde el control. Como Mike cuando el amor parece pasarle de largo, la realidad frustra sus sueños o cuando el miedo le impide afrontarlos. Y ahí es cuando aparece Brooke, la mujer como guía, enérgica, agitadora de conciencias… Por eso resultante tan frustrante que Soderbergh eche mano del tópico de la femme fatale como acentuadora de la caída a los infiernos del hombre con el personaje de la novia de Adam. No es el único: estupefacientes, sicarios de la droga que reclaman pagos no cobrados, replanteamientos vitales de última instancia… Y como si al final tuviera prisa por acabar todo se resuelve a golpe de cliché y discurso de garrafón. Ese guiño amable al espectador con la canción final cantada por McConaughey, en referencia a la futura ampliación del negocio en Miami, resulta una vuelta a los orígenes de la película y a sus tonos cómicos que, visto el final, nunca terminan de cuadrar en un discurso en el que la voz del director se alza demasiado.

Escrita por Daniel Jiménez

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