Críticas: La isla de los olvidados

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Con dos años de retraso llega a nuestras carteleras este épico drama de Marius Holst. En él se nos narra la historia real de la sublevación de los jóvenes internados en el correccional de menores de la isla de Bastoy, Noruega, en 1915.

En una pequeña isla de Noruega, Bastoy, se encuentra un correccional de menores dirigido con mano de hierro por el despótico director Bestyreren (Stellan Skarsgard) y su mano derecha, el cruel prefecto Brathen (Kristoffer Joner). Un frío día de 1915 llegan a él dos jóvenes nuevos reclusos, Erling (Benjamín Helstad) e Ivar (Magnus Langlete). Uno, un rebelde y corpulento marinero acusado de asesinato; el otro, un retraído y misterioso muchacho de débil constitución física. Despojados de sus identidades y pasados a ser considerados meros números, Erling entabla una rápida amistad con Olav (Trond Nilssen), un obediente recluso que, después de sufrir seis años en ese terrorífico lugar, está a punto de conseguir la ansiada libertad…

El mar abre y cierra la película de Marius Holst. Punto de fuga, metáfora de libertad y vida, pero también de reclusión y muerte. El plano general de un mar embravecido por el chapotear agonizante de una ballena que parece salida de las imágenes del Moby Dick de John Huston (Ídem, John Huston, 1956) complementan una voz en off que relata precisamente eso, la caza de una ballena que tardó todo un día en morir mientras de su lomo arrastraba tres arpones, negándose a ser capturada y a no poner tan fácil el precio de su vida. Es la voz del joven Erling la que escuchamos y puede que las vivencias de un momento destacado de su misterioso pasado, como supuesto arponero en un ballenero, lo que veamos en pantalla. No deja de ser curioso, sin embargo, el aparato referencial que se pone en marcha con las imágenes que abren la película y que remiten directamente a la obra literaria de Melville. Porque, como pronto descubriremos, esa evocación, en apariencia existencial, no es más que un sentido relato tejido entre el propio Erling y Olav en la que convertir en fantasía (a través de referencias literarias de una obra que quizá algún día alguien leyó al joven marinero) la triste realidad que les rodea y cuyo misterioso destinatario parece ligado a la carta que el propio Erling guarda con tanto recelo. Los momentos en los que forjan ese relato corresponden, no en vano, a los pocos momentos de íntima felicidad que puntean la película. La creatividad artística como mecanismo de huida hacia adelante para hacer frente al horror cotidiano. La obstinación de Erling por romper las normas, su negativa a callar ante la crueldad ejercida en ese lugar y sus intentos de fuga parecen emparentados con esa ballena blanca que evoca en un relato que incluso, inconscientemente, el propio director del lugar se encarga de alimentar al equiparar esa pequeña isla al de un navío ballenero. Un ballenero, eso sí, condenado a la inmovilidad y al ostracismo, donde el horror y la crueldad se quedan entre los muros que el mar proporciona.

Y aunque de esa dualidad del mar tan presente podamos extraer la idea de estatismo, represión (de allí llegan las fuerzas militares encargadas de reprimir la posterior sublevación) y muerte, no es menos que al final prevalezca la idea del mar como vida y libertad en la que incluso la muerte puede ser entendida como signo de liberación. Ya sea a través del suicidio (cuya acción enciende el mecanismo subversivo hasta sus últimas consecuencias) o a través de la muerte poética.

Ese rol protagónico que el mar adquiere en la película de Holst es quizás lo más sugerente y estimulante de una (excesivamente) dilatada película que, aún con una buena factura técnica capaz de regalarnos momentos tan remarcables como la llegada casi fantasmal del barco que transporta las fuerzas militares encargadas de reprimir la revuelta, no escapa de los transitados terrenos a los que el subgénero carcelario parece predestinado, como tampoco es de ley obviar una cierta (y tramposa) manipulación en el punto de vista del relato. Todo nos suena, las situaciones nos resultan tremendamente familiares y a los personajes ya los habíamos conocido antes con otros rostros, otros nombres y en otros lugares. Sin embargo, el hecho de que Holst haya internacionalizado un oscuro episodio histórico del pasado de Noruega del que poco conocíamos es siempre digno de alabar, demostrando que los demonios que el hombre es capaz de retroalimentar no conocen ni tiempos ni fronteras…

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