Críticas: En campaña todo vale

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Will Ferrell y Zach Galifianakis se disputan el poder en la nueva comedia de Jay Roach.

El peculiar humor que habitualmente desprende Will Ferrell hace que prácticamente su sola presencia baste para provocar la carcajada en quien firma esta crítica. Verle en el papel de un político, cuando ya han pasado varios años de sus mejores trabajos de la mano de Adam McKay, resultaba como mínimo estimulante para su legión de seguidores –en España, por cierto, no tan numerosa como debería–. Si a su lado aparecía el nombre del carismático Zach Galifianakis, prácticamente lo más destacable de Resacón en Las Vegas o Salidos de cuentas, las opciones de contemplar una divertida sátira superaban las de tener que aguantar algo como el destrozo que perpetró Jay Roach en 2010 con el remake de La cena de los idiotas. Pero entre sus trabajos más cercanos, además del mencionado, aparecían dos exitosas películas para televisión ya ambientadas en épocas de elecciones y campañas: Recuento (2008) y la muy reciente Game Change (2012). Aquí, por primera vez, podemos ver al director de Los padres de ella y la saga Austin Powers combinando ambos estilos en una comedia que transcurre en el mundo de la política, la que a priori podía parecer la evolución más natural de su cine.

En campaña todo vale comienza aparentando ser una parodia sin reparos de la política americana para acabar instalada en el terreno de lo amable e ingenuo. La acción arranca con el congresista Cam Brady (Ferrell) a punto de proclamarse vencedor por cuarta vez de las elecciones de Carolina del Norte al no tener rival en las mismas. Es entonces cuando Marty Huggins (Galifianakis), un gañán sin más relación con la política que su padre, resulta elegido por una serie de intereses mercantiles –extranjeros, claro está– para arrebatarle el poder y así tener a alguien fácilmente manipulable ocupando el cargo. A continuación seremos testigos de las trabas que se intentan poner ambos personajes en su carrera y de este enfrentamiento, aunque bastante desaprovechado y más bien disperso en varias secuencias lúcidas, surge el punto fuerte de una comedia que pierde en el camino una gran oportunidad pero funciona para pasar un rato agradable si se cumple el requisito innegociable de simpatizar con sus dos protagonistas.

El principal hándicap de En campaña todo vale es la desmesurada inverosimilitud del trasfondo tan actual en el que están superpuestos los gags. Inicialmente esto puede asumirse hasta cierto punto, al tratarse de una exagerada parodia, pero acaba lastrando la propuesta al provocar que el retrato político avance hasta unas cotas que de ingenuas terminan resultando inaceptables en los tiempos que corren, en las que los malos son unos pocos y la integridad del resto no es apenas cuestionada. Este tramo final peca de ingenuo e incoherente con una propuesta sostenida en su totalidad gracias a los momentos que nos brindan Ferrell y Galifianakis, protagonistas de alguna escena que desemboca en risas –como la del bebé o la aparición inesperada de Uggie, el perro de The Artist–. Otro de los puntos más divertidos es el retrato de las familias de los candidatos, que entroncan con la mejor tradición de las comedias que ha protagonizado Ferrell. Se evita así la dependencia excesiva de un enfrentamiento directo que propicia momentos impagables, pero termina naufragando una vez ha conseguido la complicidad del espectador al sustentarse en unas premisas difícilmente asumibles, como la reacción de los ciudadanos y los medios ante los incidentes de los que son testigos en la lucha por el poder. No hablo de que sea disparatada, que debe, sino de la pérdida de todo atisbo de coherencia al pisar un terreno que indefectiblemente exige un mínimo.

Lejos de ser engullido por sus defectos, el engranaje de En campaña todo vale acaba funcionando gracias a un duelo cómico de altura, en el que la victoria es como cabía esperar para un Will Ferrell por momentos pletórico. Entre ambos actores salvan un producto aceptable del que se podía haber extraído mucho más jugo, pero del que esta vez preferimos quedarnos con lo positivo y recomendarlo a todo aquel que guste de un tipo de comedia demasiado explotado pero casi nunca suficientemente valorado por la crítica.

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