Críticas: Cosmopolis

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David Cronenberg se atreve con la inadaptable novela de Don DeLillo en una de las películas más controvertidas del 2012.

Que una rata se convierta en moneda del curso legal, citando un poema de Zbigniew Herbert, y que David Cronenberg decida comenzar la adaptación de la novela homónima de Don DeLillo con semejante cita no es producto del azar. Nada en la vida del protagonista de Cosmopolis estaba medido por la casualidad o la asimetría hasta que su vida se convierte en una carretera de un único carril. Vivimos en un mundo que no llama a las cosas por lo que realmente son. Ni a los banqueros ni a los especuladores financieros les llamamos ratas, pese a comportarse como tales. Eric Packer es un vampiro en el doble sentido de la palabra —la otra opción fue Colin Farrell, que reciente y curiosamente interpretó a un vampiro en el remake de Noche de miedo—. El chupasangres de Crepúsculo es también un vampiro de las finanzas, una rata del neocapitalismo capaz de arrasar con toda su fortuna y la de sus inversores mientras atraviesa con su limusina-nave-espacial la ciudad más cosmopolita del planeta. No llega a los 30 años pero sabe que ha llegado al fin de su camino: «Siempre fui más joven que todos a mi alrededor… y un día eso comenzó a cambiar». Una rata alejada de lo sentimental que ha dejado de sentirse vivo e inicia un proceso de auto-destrucción de su propio imperio para experimentar los cambios. Pero pese a esa caída a los infiernos… la nada se impone sobre el gran todo.

Cosmopolis nos descubre que la filosofía de nuestro tiempo es el dinero y el camino hacia la auto-destrucción. Juega al desconcierto entre un discurso irritante y una estética que divaga entre el hipnotismo, lo soporífero y lineal. El sexo es divisado como elemento de éxtasis, el dolor y el placer unidos como motores del movimiento. El discurso de la nueva-carne de Cronenberg parece distante: los referentes pasados no son palpables, designio tal vez de ser la primera película que rueda en digital. Se fornica dentro de coches pero no existe el magnetismo de Crash, hay un viaje interior del protagonista como el que desarrollaba Sabina Spielrein en su carruaje a una clínica de Suiza en Un método peligroso pero todo sucede en apenas un día. Entre la fábula sobre el Apocalipsis, el caos y el capitalismo, se erige un cuento errante en la realidad: «Durante el día rodábamos esas escenas de disturbios y por la noche había gente real que quería ocupar Wall Street», declaró el director. La vigencia de la obra de DeLillo, por lo tanto, sigue dominante, tangente a un sistema financiero que ha comenzado a mutar. El odio hacía las ratas financieras y la nueva peste de nuestra civilización también.

Cada vez entiendo menos las reacciones del público. ¿Qué esperaban de Cosmopolis? ¿Sabían que la novela de Don DeLillo era ‘así’? Supongo que el odio de los espectadores a esta película se debe a que pensaban que iba a ver un crossover de Crepúsculo y Wall Street repleto de acción, con explosiones, romance, dinero y balas. Repito: ¿sabían que la novela de Don DeLillo era ‘así’? El libro fue criticado en su momento y dividió a propios y extraños en 2003. Casi una década después sigue permaneciendo vigente en los hechos que relata: con ‘American Psycho’ de Brett Easton Ellis, publicada en 1991, enlazaríamos correctamente con las cardinales del capitalismo reflejados en personajes fríos que podrían ser androides despojados de cualquier carnalidad pese a oler a puro sexo, dinero y poder. Hacía tiempo que Cronenberg no resultaba controvertido tanto para sus fans como para la crítica especializada. Después de eXistenZ y Crash halló un equilibrio entre el público general y en análisis más exhaustivo que inició Spider, se enderezó con Una historia de violencia y Promesas del Este como díptico vinculante sobre la violencia… y ahora establece junto a Un método peligroso uno nuevo sobre la evolución de la filosofía a través de los Siglos XX y XXI.

El nihilismo y la auto-destrucción del ser una vez ha consumado los objetivos que designan la sociedad del éxito. El joven protagonista no es más que un provecto anciano en sus entrañas: habla como un rey sabio en ese trono de cuero de su limusina, mientras avanza lentamente por una ciudad que parece desmoronarse pero seguirá siendo eterna. Mientras su imperio se tambalea y puede perderlo todo, nada importa: su propósito es cortarse el pelo y su pregunta ante el colapso es saber dónde aparcan por las noches todas las limusinas. La alineación en la sociedad contemporánea y el poder del capitalismo son temas dispuestos en las ruedas del lento camino sin retorno. Un capitalismo egocéntrico y nihilista al que le da lo mismo si el mismísimo presidente de los EEUU paralice su ciudad. Un mundo de autómatas y estéril, frío y distante, con olor a sexo, poder y dinero. Un mundo de conversaciones y teorías sobre una realidad que conduce a la paranoia y suicidio de lo volátil. La tecnología y el capital cada vez parecen más inseparables: el dinero se mueve en cientos de millones de números y cifras que bailan en pantallas virtuales. Todo es virtual, al fin y al cabo; incluso nuestras propias vidas impresas y digitalizadas en datos y números. Pero Cosmopolis está configurada por la asimetría: en el peinado, en la próstata, en la propia cinta y narración, en los títulos de crédito… de Pollock a Rothko, de la abstracción y el caos al misticismo y experiencia religiosa. La oscuridad de un mundo prisionero, de una cinta asimétrica y desigual, condenada irremisiblemente al más absoluto culto. Cosmopolis es una obra posmoderna, brutalmente terminal y engendrada desde la vida y la muerte del capitalismo… Tal vez también del cine como lo conocemos y reneguemos comprender.

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