Críticas: Contrarreloj

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Vuelve Nicolas Cage, y con él algo indispensable: su peluca.

Dirigida por Simon West, fogueado ya en mil batallas en esto del cine de acción con cintas como Con Air, The Mechanic o la propia Los mercenarios 2, que se estrenaba hace bien poquito, Contrarreloj nos lleva a varias facetas más de Nicolas Cage que hasta ahora desconocíamos, y es que nadie como el camaleónico actor (¿o eran sus pelucas lo camaleónico?) para interpretar en esta ocasión a un ladrón de guante blanco (bueno, no tan blanco) que, tras ser detenido al resultar inútiles sus ardides en el escapismo, posterior huída e incluso brega con varios coches policiales (y eso que era Nicolas Cage, si llega a ser otro, ni les cuento), saldrá dispuesto a redimirse con la sociedad y con una hijita que cualquiera diría que es semilla del propio Nic, por buena que la madre pudiese estar. Pero la redención no llega lejos, especialmente cuando un antiguo compinche (al que el bueno de Nic, queriendo salvar otra vida, voló la pierna –si es que… nadie como él para resolver conflictos–) decide secuestrar a su hija para que le sean devueltos 10 millones que años atrás robaron y nuestro prota tuvo que quemar para evitar una pena mayor.

Simon West se acoge con oficio a todas esas películas que, como bien indica su título, llevan al protagonista a contrarreloj, y nos deleita con innumerables persecuciones, peleas y muestras de que, como no, Nicolas Cage sigue siendo el puto amo, tan capaz de entrar a una comisaría de la que acaba de salir maniatando a dos agentes para conseguir información, como de hablar sueco como quien pela un plátano. Sí, sueco señores: ya pueden añadir una nueva «skill» a la extensa y maravillosa carrera de nuestro querido amigo. Como iba diciendo, sin embargo, el director de Con Air sabe recomponer todo ese puzle y urdir una cinta de acción que es hábil como ella sola, y aunque recurra a lugares comunes y tenga gazapos en el guión dignos de cualquier escuela elemental de guionistas, da la talla con el suficiente aplomo para que lo absurdo y estúpido de algunas situaciones se le pase por alto a un espectador que disfrutará con el resto de la cinta, si su cometido es desconectar y ver… a Nic ser el puto amo, para qué andarnos con chiquitas.

Obviamente, ante un héroe tan carismático y fabuloso (no, esto no es ironía), el guionista tenía que confabulárselas para encontrar un rival de su talla (ya me los imagino escribiendo el guión “oye, oye, que en esta sale Nicolas Cage, hay que hacer que el villano tenga personalidad y mole, sino parecerá un patán a su lado”… porque sí, lo han adivinado, Nicolas Cage firma para una película incluso antes de que haya guión. A ver si se pensará que va de 4 a 6 al año porque se los pasa leyendo guiones), y ante la incertidumbre de si conseguirían o no un actor que contrarrestase todo ese carisma que derrocha nuestro Nic (porque ya es parte de nosotros, no os quepa la menor duda), pues qué mejor que ponerle una pierna de Terminator al villano, cortarle cuatro o cinco dedos de la mano (para urdir un plan que, a todo esto, no se le ocurriría ni al más terrible de los villanos) y endosarle una peluca que nada tiene que envidiar a las de Nic con unas mechas que no aprobaría ni el mismísimo Llongueras consiguiendo, eso sí, que el malo maloso aterrorice hasta a la mismísima Carmen de Mairena. Ahí es nada.

De este modo, con Nic y un abyecto rival, poco más era necesario, y aunque West se las ingenia para que podamos pasar un rato de lujo con nuestro cubo de palomitas, el guión de Guggenheim (curioso que antes de esta escribiese El invitado, mucho más comedida; aunque con la teoría de que Nicolas Cage firma antes de que haya guión quede invalidada esta curiosidad: se los hacen a medida, como los trajes) mina en cierto modo las posibilidades de una cinta que al final termina siendo más delirante que trepidante, y que pese a delietarnos con uno de esos finales brutales donde uno deja a un lado cualquier posible concesión y ya decide acoger tan desinhibida propuesta sin más pega que atribuirle, no termina de dar el pego como ‘rara avis’, cosa que si se conseguía (por mentar otra cinta del excelso Nic) en Furia ciega de Patrick Lussier, y que sin duda le hubiese dado muy buen resultado a esta, por otro lado, divertidísima Contrarreloj.

Escrito por Grandine

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